Paula Alí:

La receta de los cien puntos

R. D. Rojas • La Habana, Cuba

Nació en Candelaria, pueblo de Pinar del Río del que no siempre las muchachas lograban salir a “buscar fortuna” y convertirse en actrices. Era 1959, y eso lo dice casi todo. En síntesis, los acontecimientos sucedieron así: Paula Alí llegó a La Habana, logró trabajar de extra en la televisión, se hizo modelo, participó en algunos comerciales y llegó al Teatro Martí, justo cuando Edwin Fernández montaba una obra en la que fue incluida. Marcó el reloj alrededor de dos años, y fue el grupo Teatro Estudio, con Berta Martínez en Contigo pan y cebolla, el que le descubrió su amor por las tablas. Y entonces el reloj, ese que siempre tiene prisa para hacer pausas, recorrió 20 años que, con el perdón de Gardel, sí son algo.

Imagen: La Jiribilla

Cualquiera diría que tanta síntesis sobre Paula es inmerecida. Y es cierto. O que ese fue el camino necesario para llegar a Teatro El Público, interpretar La Celestina y quedarse allí, hasta el sol de hoy. Eso también es cierto. Pero más que nada se trata de llegar a La película de Ana, uno de los últimos trabajos cinematográficos de la actriz.

Le hice una de las preguntas de rigor en estas ocasiones, si había trabajado otras veces con Daniel Díaz Torres, solo para que respondiera con una frase obvia: “Sí, cómo no”. Cómo iba a ser de otra manera, me regañé en silencio. Y ella siguió:

“Primero coincidimos en una película cubana-española que él iba a dirigir, Regreso al paraíso. Todo cambió y la película fue dirigida por la parte española, pero se quedaron con el elenco que había escogido Daniel. Luego, trabajé con él en Lisanka, y ahora en La película de Ana.

“Un día me encontré con él y más o menos me contó el argumento de la película. A mí me encantó; me parecía interesante y original, otro punto de vista desde el cual analizar la temática de la prostitución. Además, me gustó mucho el elenco, porque Laura de la Uz y Yuliet Cruz son muy buenas actrices.

“Con Daniel uno trabaja muy cómoda; él te explica todo lo que quiere. Es una persona que siempre mantiene un espíritu alegre, muy arriba. Nunca lo he visto realmente bravo. Siempre está tratando de que todo fluya con mucha empatía entre todos los actores. Además, es muy claro y directo; te da libertad para trabajar.

“Lo que más me gustó es lo impredecible de la película; lo difícil que resulta para el espectador imaginarse lo que va a suceder. Lo primero es que está basada en hechos reales, y eso le da mucha riqueza. Claro, hay elementos de ficción, porque nunca nada es tal cual; de lo contrario, fuera un documental. Por eso sorprende lo que le pasa a Laurita, que estuvo formidable; hasta ganó el premio Coral en la última edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, algo que pocas actrices cubanas tienen el honor de ostentar”.

Aunque si se trata de ostentar, Paula Alí tiene con qué. Pero no lo hace. Ni un segundo. Más bien se dispone a hablar de su personaje, que para eso estoy en la terraza de su casa.

“Esta es una familia de clase baja, que vive en un barrio marginal. Aunque ellos, sobre todo el personaje de Laura y el de su esposo, son intelectuales. Él es un director de cine que hace documentales sobre la temática rural y agrícola, lo que quiere decir que artísticamente no ha logrado nada importante. Ella es una actriz sin mucho talento, que está tratando de salir adelante, y su mejor actuación es cuando hace el papel de Ana.

“Mi personaje es la madre de Laurita. Ella tiene otra hija, interpretada por Yerlín Pérez, casada con un hombre que se fue del país y está de visita en la casa. Esa situación se agrava por el estado de pobreza en el que viven. La familia tiene un refrigerador que usan para guardar cualquier cosa menos comida, porque no sirve, y tienen que hablar con una vecina para que les guarde el agua fría, en fin… Tienen una situación económica muy fea.

“Esa mujer está luchando en ese escenario de confrontación entre una hija que es actriz, aunque no sea buena, y otra que es manicura y desea irse del país con el marido. Además de eso, salir adelante en medio de toda esa pobreza se le hace muy duro, y no ve las posibilidades, se siente encerrada en ese entorno. Hay un momento en que a mi personaje le ofrecen ayuda para comprar un refrigerador y ella dice: ‘pues la ayuda va a tener que ser completa’. Es, también, una madre que no tiene marido —su marido la dejó con sus hijos y ha tenido que luchar sola—. Sí, porque ni siquiera se fue del país, sino que se fue para Las Tunas. Es un personaje que está agotado, que ya no tiene ganas de luchar y, si de ella dependiera, la familia no saldría nunca de esa situación, porque ya no tiene fuerzas.

“Esta es la lucha de la gente por sobrevivir, que es muy dura. Nosotros hemos pasado momentos muy duros en Cuba, sobre todo los del llamado periodo especial, que es el ámbito en que transcurre la película. Es bueno saber y comprender lo que le sucede a las personas, porque esa es nuestra realidad. Y ojo, no es toda la realidad, porque en Cuba hay cosas maravillosas también, que funcionan muy bien, que nosotros tenemos y no las tienen en otros lugares del mundo”.

“¿Cómo es ser actriz en Cuba?”, dije de pronto, presionando, ingenuamente, para que me diera una definición, una receta. Incluso fue muy amable, pero, de nuevo, solo habló de sí para introducir a otros.

“No todos los actores son iguales. En mi caso, siempre he vivido de mi profesión, pero no he sido solamente actriz de televisión; decidí hacer todo lo que pudiera: teatro, cine, televisión, giras por el país con espectáculos… No me he sentado en mi casa a esperar a que me llamen. Siempre he tenido mucho trabajo, pero es por esa misma razón, porque he hecho de todo. Estuve mucho tiempo haciendo teatro, antes de los 80, cuando las personas del teatro no podían ir a la televisión.

“Algunos lucharon mucho contra esto, porque no es lo mismo formarse en un medio como el teatro, donde puedes estar dos meses estudiando un personaje, a formarse en uno donde a los 15 días ya debes tener un personaje preparado. El actor de teatro, durante las doscientas funciones de una obra, por ejemplo, le agrega cada día algo nuevo al personaje, caza las imperfecciones, se da cuenta de lo que no funciona. Hay una frase que dice que el teatro es la escuela, la televisión es la fama y el cine, la memoria. Y creo que tiene razón. De hecho, hay actores que nunca han ido a una escuela de arte dramático, pero se formaron en el teatro, y gracias a eso han podido triunfar. Hoy, muchos jóvenes no quieren hacer teatro. Otros, sí lo hacen, y yo los admiro por eso. Pero a quienes solo les interesa trabajar en la televisión para ganar más dinero, ese mismo dinero les va a pasar la cuenta en talento y experiencia.

“Todo depende de la persona, de la edad, de su físico, de su talento, de su esfuerzo… Un ejemplo es la propia Laura de la Uz, quien no es una actriz de una belleza cinematográfica, al menos según los patrones de belleza impuestos por las grandes industrias, pero ha logrado imponerse por su gran talento, por su manera tan seria de asumir el trabajo”.

Ella lee varias veces el guion, y todos los materiales que le den. Varias. No se aprende las letras, sino que intenta comprenderlas. Es de las que opina que, si uno cree en su personaje, “él solo camina”. La Celestina de Carlos Díaz, por ejemplo, fue un reto: aquella mujer saltaba suiza mientras actuaba, y eso que “ya no era tan joven”. Pero si hay que hablar de intensidad, no puede faltar Ana, la madre de Luz Marina en Aire Frío que hizo en los 80 bajo la dirección de Abelardo Estorino.

Ya al final, sí que hubo una receta, una de cien puntos, como una nota impecable. Y es una pena que no todos puedan seguirla con éxito: “El misterio de la actuación está en no escenificar el ‘resultado’ del personaje, como las costuras, lo superficial, sino captar la esencia, que es siempre lo más complejo”.

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