El autor y su obra

La tenacidad sostenida de Gerardo Fulleda León

Dainerys Machado Vento • La Habana, Cuba
Viernes, 21 de Diciembre y 2012 (8:58 am)

Dice la escritora e investigadora Inés María Martiatu que en la creación dramática de Gerardo Fulleda León se hallan las claves de varias expresiones escénicas que a ella se le antoja clasificar como Teatro Popular, Teatro del amor posible y Drama histórico. Mientras, en las mismas piezas, el destacadísimo editor Esteban Llorach descubre al lenguaje como arma para ganar todas las batallas del arte. Una idea redondeada por el escritor Francisco López Sacha al decir que en las obras de Fulleda es notable que “el mayor lenguaje del teatro es la palabra” y que su autor “tuvo que sostener esa batalla todo el tiempo”, a pesar de transformaciones conceptuales y estéticas experimentadas por la escritura dramática en las últimas décadas.

Resultaba simpático que los tres intelectuales hablaran con detenimiento y pasión de la obra de Fulleda, como si él mismo no los escuchara, como si no estuviera sentado al centro de la mesa en el pequeño teatro de la biblioteca pública Rubén Martínez Villena, donde el miércoles 19 de diciembre se le dedicó el espacio El Autor y su Obra, auspiciado por el Instituto Cubano del Libro.

Acaso por esa aparente indiferencia, Fulleda solo sonreía ante algunas de las historias contadas por sus compañeros. A ratos su rostro parecía sorprendido. Escuchaba atento cada interpretación acerca de sus creaciones, como si para él fueran también descubrimientos. No dijo mucho cuando le tocó su turno —el último— al micrófono. Para entonces tanto Martiatu, como Llorach y Sacha habían expuesto un sinfín de claves personales, contextuales e históricas que atraviesan y distinguen las piezas más sobresalientes del autor.

La querida de Enramada, con su retrato social representado en conflictos personales; Ruandi y las explícitas lecciones que imparten sus niños-personajes sobre la valentía y el amor, y Plácido y Los profanadores, como testimonios de una Cuba más cercana incluso que la enmarcada en el tiempo de las piezas, fueron de las obras más reverenciadas por los invitados. Betún, Voy por cigarros, y otros conocidos títulos de la dramaturgia infantil y para adultos también fueron mencionados en varias oportunidades como ejemplos del excelente y amplio quehacer dramático de Fulleda.

Contó Martiatu cómo cambió la vida del escritor al ser admitido en el Seminario de Dramaturgia, organizando en 1963 por el Teatro Nacional de Cuba. Según dijo, le dio “acceso a un ambiente donde todo su talento podía desarrollarse”. Allí conoció a José Mario, con quien, según rememoró la escritora, “se lanzó a una de las aventuras editoriales más interesantes de la época, como fue ediciones El Puente”. Su colaboración en otros espacios culturales, como el suplemento Lunes de Revolución, se amplió también por esos años, propiciando su inserción en un importante grupo de intelectuales cubanos, asociados principalmente a la refundación de la identidad nacional.

Las preocupaciones de Fulleda al respecto parecen seguir reflejándose en “cómo el santiaguero contribuye a formar desde sus textos un lector espectador, ciudadano arraigado en su cultura y potencialmente dedicado al programa de su sociedad”, que al decir de Esteban Llorach es uno de los principales “valores de apertura” de su creación.

Con no poca efusividad comentó el Premio Nacional de Edición 2003 sobre la posibilidad que le ha dado Fulleda de leer en dos oportunidades su monólogo, aún inédito, titulado La pasión desobediente. La pieza recrea las confesiones de la polémica Tula durante los últimos meses que estuvo en Cuba al lado de su esposo agonizante. Llorach la bautizó como “un hito cualitativo en la ya descollante dramaturgia de Fulleda”, un inmenso reto para la actriz que lo represente, una obra que “revista la historia cubana desde de una perspectiva de interpretación de los hechos, más que de exposición”, una variable histórica que se hace constante en la creación del autor de Plácido, y que le ha permitido un diálogo particular con su lector-espectador.

Cuando tocó el turno a Sacha advirtió que hablaría de dos temas fundamentales en la creación de Fulleda: “el valor de su escritura teatral y el valor moral para conducir esa escritura por más de 53 años contra viento y marea”. Es que a su entender, el creador de La querida de Enramada asume el teatro como literatura dramática, revelación del carácter. No es fortuito que el homenajeado desarrollara ese trabajo de la escritura “contra el criterio de que el teatro pudiera ser solamente una relación escénica o una búsqueda plural de lenguajes escénicos”.

Llamativa resultó la lectura de Sacha sobre Los profanadoras, una pieza que se representa a la imperfecta e incipiente sociedad cubana, en el momento en que son fusilados los ocho estudiantes de medicina, el 27 de noviembre de 1871. Comentó que es “probablemente la obra que inicia esa mirada a la historia de Cuba”, a la cuál descubrió como una analogía del proceso que permitió que en los años “70 del siglo XX—como en los sucesos del siglo XIX—, una facción se aprovechara de los intereses y necesidades de toda una nación”.

Aseguró que tales dimensiones de la nacionalidad cubana, atrapadas con maestría también en su Plácido, permiten celebrar a Fulleda como “defensor de los principios del arte”, alguien “que nos da también una identidad y una condición”.

“Hablaron de facetas en mi obra que creía bien ocultas —confesó Fulleda—, por eso creo siempre en los demás, y me gusta que mis obras las dirijan otros”. “El teatro para mí es un lugar imaginario, la interpretación reflexiva de la realidad”, dijo conmovido y agradeció la presencia de múltiples amigos y amigas presentes en el espacio.

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