La violencia sublimada

Ángel Alonso • La Habana, Cuba

Si alguna organización o comité contra la violencia de género resolviera censurar la difusión de aquellas obras que ensalcen, consciente o inconscientemente, cualquiera de las múltiples vías (sicológicas, físicas…) de violencia contra la mujer, simplemente nos quedaríamos sin Historia del Arte. Los museos más importante dejarían de exhibir gran parte de sus colecciones, las famosas editoriales que reproducen con alta fidelidad importantes cuadros  en sofisticados catálogos quebrarían, los estudiantes de las escuelas de arte perderían por completo las referencias históricas de la pintura, la escultura, el grabado… Serían arrancados y destruidos los mármoles de Rodin cual estatuas de Lenin en la agónica URSS de finales de los 80, acusados de contener una mirada machista. Las majas de Goya fueran lanzadas al fuego, tanto la desnuda como la vestida, más voluptuosa aún. ¿No ha sido acaso una tradición la representación de la mujer como objeto de deseo, como bien de consumo? ¿Y no es acaso esa condición de objeto para ser mirado, deseado y poseído, un acto de violencia sublimado? Pero no nos inquietemos, pues las teorías feministas no proponen una venganza y mucho menos una censura. Estarían traicionando entonces su propia esencia, su propia propuesta de horizontalidad y pluralidad, estarían legitimando la misma jerarquía centralizada y fálica a la que se oponen.

Por cruel que haya sido el pasado este no puede cambiarse, y ese acervo cultural, rastro del pensamiento macho, está colmado de tesoros innegables. Así como admirar la grandeza arquitectónica del Coliseo Romano no significa que aprobemos la existencia de los gladiadores, la emoción que nos provoca la tradición pictórica del desnudo femenino no nos convierte automáticamente en legitimadores del poder masculino. Se trata de aguzar el modo en que afrontemos las obras, de tener una conciencia de los cánones a que obedecen esas imágenes. Según la época y la geografía, el desnudo femenino delata múltiples formas de ejercer el poder mediante la exaltación de la belleza. La violencia de género implícita no demerita estas obras en modo alguno. No demoleremos las pirámides de Egipto aunque no queramos más faraones, tampoco los sacrificios humanos empequeñecen la grandeza de Mesoamérica y la admiración ante su legado cultural no significa que validemos el esclavismo. Ser sensibles ante una obra de arte no significa que compartamos la ideología de su autor, podemos extasiarnos dentro de una iglesia gótica, perder nuestra mirada en el interior de las inalcanzables cúpulas y hechizarnos ante las representaciones policromadas de Cristo sin ser para nada cristianos, porque la fruición estética va más allá de la identificación ideológica, pertenece a otra dimensión y posee una longitud inconmensurable.

Desde la supuesta costilla arrancada a Adán o desde el surgimiento del homosapiens según Darwin, la violencia de género ha estado presente y naturalizada. Esto es algo que ha ocurrido en todas las civilizaciones, desde las más orientales hasta las más occidentales (incluyendo a las que han derivado en occidentales por medio de la fuerza).  No es extraño entonces que las artes, realizadas tradicionalmente desde el pensamiento y las manos de los hombres, representen sus intereses y puntos de vista, no podría ser de otro modo cuando el papel de la mujer en la sociedad ha sido tan restringido. Se  habla mucho de la Historia del Arte como huella del pensamiento humano, pero en realidad esta se ha cimentado bajo los intereses del poder y este poder, aun con sus contradicciones internas, ha sido siempre masculino.

La toma de conciencia de este fenómeno es, históricamente hablando, bastante nueva, y son tantas las aristas del problema que su superación solo sería posible a través de cambios radicales en la vida de cada persona,  cambios que implicarían, además, la oposición a casi todo lo que aprendimos desde niños: patrones de conducta que continúan legitimando gran parte de los medios de comunicación, la publicidad, la industria cinematográfica y hasta muchas enaltecidas obras de arte.

Es quizá en las Artes Visuales de hoy en día donde encontramos mayores intentos de subvertir estos patrones. Ya es una tradición que las teorías más avanzadas de una época encuentren eco en las Artes Plásticas, así pasó con el sicoanálisis en relación con el Surrealismo y así está pasando desde los años 60 con las teorías feministas, estas derivan en eje conceptual de obras contemporáneas como las de Nancy Spero o Mary Kelly.

Existe cierta conciencia actual de que “tiene que haber otro modo”1, también en Cuba, que no escapa a la fuerte tradición de un arte misógino. Cuba bebió de la pintura europea y así los faunos perseguidores de ninfas pintados por Rubens derivaron en los bandidos de “El rapto de las mulatas” (Hay más de Rubens en Carlos Enríquez de lo que parece a simple vista). Esta pintura tan cubana y tan viril resulta paradigmática dentro del tema que estamos tratando. Su título remite al mitológico “Rapto de las Sabinas”, antigua leyenda que narra cómo los romanos se apropiaron por la fuerza de las mujeres de la población La Sabinia durante los juegos deportivos organizados en Roma en honor al dios Neptuno. La sensualidad de la pincelada encarna el ímpetu sexual de la escena, tratamiento pictórico que ensalza la violencia del rapto. Vislumbramos bajo el tormentoso cielo un inminente acto de violación con algo de asentimiento por parte de las víctimas, una de ellas rendida boca arriba sobre el galopante e iracundo caballo, ofreciendo sus voluminosos pechos sin hacer más que una pretendida resistencia con sus manos, la otra también sonríe satisfecha de haber sido vencida, protegida por el firme y dominante abrazo del macho que la somete. Se trata de la aceptación solapada en la que un no parece significar un (el sueño del violador), en la que el terror queda justificado por una pasión afrodisíaca.

Imagen: La Jiribilla
“El rapto de las mulatas”, Carlos Enríquez

 

El cuadro nos estimula a muchos y —seamos sinceros— no a pesar del acto violento que representa sino a causa de este, pues hay en él una ensoñación en la que se idealizan nuestros más oscuros y vehementes apetitos. (“¿Cuántas veces al día merecemos la muerte?”diría Silvio). Nos enerva el deseo de estar allí, protegidos por la inmunidad de la manigua, en un ambiente salvaje, tan salvaje como la excitación que sospechamos tendrán estas criaturas2 bajo la amenaza de los machetes de los bandidos, pues nos han inculcado que a ellas les gustan “los buenos” pero les excitan “los malos” (“Mom, Im in love with a criminal”, canta Britney Spears a estas alturas) y están como extasiadas en esta aventura, hipnotizadas, enamoradas pero no de los bandidos sino de la violencia misma con que ellos arremeten, pues aquí la violencia es una manifestación de libertad y la manigua es el paraíso ideal para esa liberación verde, sensual, ilegal…

Abordar desde el cuestionamiento los diversos modos en que se ejerce la violencia de género es una preocupación actual en el terreno de las artes visuales en Cuba, un ejemplo de esto fue la exposición Interna Cognición realizada durante noviembre y diciembre del año 2010 en la Sala Villena de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) y que formó parte del Coloquio Tiene que haber otro modo al que nos referimos anteriormente. En las palabras al catálogo de dicha muestra se señalaba:

“Desde la praxis artística es posible fomentar la disertación sobre un tema tan delicado como el de la violencia de género; no resulta complejo encontrar obras que la representen,  lo difícil es encontrar las obras que la enfrenten sin renunciar a esa libertad intangible que las define como arte. (…) No encontrarían lugar en nuestra exposición representaciones gratuitas de la violencia donde esta se legitimase impunemente, sin un sentido de denuncia, pero con esta concepción también debíamos tener mucho cuidado, pues la denuncia corre el riesgo de la hipocresía, del fácil y cómodo camino del panfleto. Queríamos ante todo una exposición de valores artísticos irrefutables; correr el riesgo de la ambigüedad de las imágenes resulta siempre más provechoso que lo explícito de los mensajes de propaganda.” (3)

Y es que el arte es visceral, incorpora lo que realmente somos y no lo que queremos ser. Si no hay un cambio esencial, interno, en el orden social, entonces en el terreno de las artes visuales solo encontraremos la crítica a la representación establecida y no una nueva representación.  Un gran porciento de las obras que abordan los temas de género lo hacen a través de la parodia de los estereotipos pero es muy poco común encontrar una representación alternativa a estos estereotipos. Ana Mendieta fue tal vez una de las primeras artistas cubanas (ya sabemos que era cubano-americana pero insisto en llamarle cubana) capaces de despojar de su tradicional sentido erótico al cuerpo femenino desnudo, y no es arbitrario que lo haya hecho con su propio cuerpo; la obra plástica producida por mujeres es altamente autobiográfica. Es este un fenómeno interesante a estudiar, desde Frida Kahlo hasta Cindy Sherman. ¿Acaso la introspección es intrínsecamente femenina? ¿O será que precisamente por estar tanto tiempo privada de influir en la sociedad la mujer priorizó su mundo interior y aguzó la mirada en esa dirección? En la exposición aquí citada muchas de las artistas participantes (Aimée García, Cirenaica Moreira, Lisandra Isabel García…) presentaron obras en las que se autorretrataban o utilizaban su propio cuerpo como modelo para resolver sus propuestas, mientras que las obras de los autores hombres miraban la realidad desde afuera (Jorge Delgado encaraba el tema mediante las pictografías de las sociedades matriarcales, Alain Gutiérrez captó a través de su lente una riña callejera entre dos mujeres que los hombres miraban sin intervenir…)

Los artistas afrontan los temas que les afecten para bien o para mal (Goya pintó la guerra porque le dolió en su propia carne, Van Gogh la pobreza y Warhol el estrellato y el dólar), entonces no es extraño que los temas de la violencia de género sean mayormente sacudidos por las mujeres y  los gays, pues el hombre heterosexual no ha sentido en su propia vida este tipo de discriminación. En esta exposición que hemos referido las obras más comprometidas contra la violencia de género fueron las de Yadira Sanz y la artista recientemente desaparecida Ileana Alonso. Ileana nos presentó una escultura digna de recordar, consistía esta en una foto circular que representaba un rostro golpeado y estaba embutida en una campana de vidrio. Tenía la elegancia de un ready-made, pero con una carga demasiado terrenal como para confundirla con Dadá.

 

Notas:
 
1. Título del Coloquio realizado por el Programa Género y Cultura del Grupo de Reflexión y solidaridad Oscar Arnulfo Romero (O.A.R.) en la Sala Villena de la UNEAC, noviembre 2010.
2. En la página sobre este cuadro de la enciclopedia cubana ECURED aparece el siguiente comentario de José Antonio Portuondo sobre Carlos Enríquez: “… fue uno de los más talentosos renovadores de la plástica cubana y, entre ellos, el amante más fiel y constante de la tierra cubana y sus criaturas, de sus leyendas y costumbres, en las cuales está la raíz de un auténtico arte cubano”. Supongo que dentro de este concepto de “criaturas”, también se refería a las mulatas.
3. Fragmentos del texto de Ángel Alonso “Interna cognición frente a la violencia de género”, para catálogo de la exposición Interna Cognición, curada por Paulina Márquez y Ángel Alonso, Sala Villena, UNEAC, noviembre-diciembre, 2010.

 

Comentarios

me parece excelente por desestructurador de conceptos mentales preetablecidos y de esquemas en la apreciacion de las artes, abogo por esa libertad en el analisis.

Esta página es de maravilla espero que también al igual que yo les gustes muchos chaoooooo.

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