Lam y Picasso, deuda y saldo

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

La asociación de la obra de nuestro Wifredo Lam con la del genial Pablo Picasso tiene su fundamento no solo en el conocimiento mutuo de ambas figuras cenitales del arte contemporáneo —por demás, representantes del territorio iberoamericano—, sino en el modo en que afrontaron la relación entre la experimentación figurativa y la herencia cultural identitaria recibida.

El Picasso que encuentra a Lam antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial y de que el insigne sagüero regresara temporalmente a Cuba para crear sus cuadros más extraordinarios, viene de de haber recorrido en primera fila todos los caminos de la vanguardia.

De los ya de por sí deslumbrantes períodos azul y rosa, Picasso pasa decididamente a transgredir los cánones de la composición valiéndose de la multiplicidad de los planos, de la geometría, de la sugerencia simbólica. Ha atravesado las turbulencias surrealistas sin quedar anclado en los tópicos del movimiento, y en los años 30 del pasado siglo XX ha conseguido un lenguaje personal, fácilmente identificable, que Lam tiene en cuenta en la etapa final de su formación, no como única referencia, puesto que el cubano bebe de las fuentes del cubismo y el surrealismo pero a la vez, sobre todo de su estancia española, se conecta con el legado de Goya y de Velásquez. Otros dos íconos del arte europeo le llaman la atención, según confesó después: Brueghel y Bosch.

Con esa carga, llamémosle técnico-expresiva, se entrega a su obra mayor, la cual llega por el propio peso de la experiencia y del mundo interior que ha ido fraguando y que emergería en el momento justo, cuando en Cuba, de nuevo en contacto con sus raíces en los primeros años 40, cobra conciencia artística de su mestizaje, del proceso cultural que lo ha llevado a él y a muchos afrodescendientes a pertenecer a un mapa transculturado.

Para él, África no es una revelación, como lo fue para los vanguardistas europeos que en el período entreguerras “descubrieron” las máscaras y las esculturas africanas y comenzaron a incorporar los elementos de lo que llamaron el arte negro. Para Lam, lo africano, como lo chino o lo español, era parte consustancial del ser cubano que era. Como también la Santería y su relación con los símbolos de la cristiandad resultaba natural en el contexto al que pertenecía.

Al pintar “La jungla” y “La silla”, obras capitales de la década de los 40, logró una admirable síntesis de las influencias recibidas del surrealismo, pero de manera muy particular conseguía expresar orgánicamente y con destacada originalidad, la carga mítica de su identidad afrohispanoantillana.

De ahí en adelante, como ha dicho la poeta y ensayista Nancy Morejón, la del sagüero será “una cosmovisión única, donde transita una África transculturada por la cultura iberoamericana, la china y la cubana... imágenes que sugieren más que definen, objetos como evocaciones, nunca retratos, frescos de civilizaciones fragmentadas, claves y secretos de Lam que aquí podremos descubrir”.

Picasso, que estuvo muy al tanto de la evolución de Lam, a quien había ayudado a introducir en los ambientes del surrealismo, no dejó de asombrarse de lo que el cubano estaba logrando y que decantó también como lenguaje personal al regresar a Europa.

Sobre ello escribió, no sin dejar traslucir los tintes del egocentrismo, el poeta y teórico del surrealismo, André Bretón: “Es muy probable que Picasso haya encontrado en Lam la única certeza que podía tener, la de un hombre, que al contrario de él, había seguido un camino inverso para alcanzar, partiendo del maravilloso primitivismo de sus raíces, el más alto grado del conocimiento”.

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