Las memorias vacías de Solange Bañuelos

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba

Fue recogiendo el pelo pegado a la pared. La noche antes había sido en grande, se repetía, en grande, en grande. Material de sobra, ahora a trabajar. Está bueno de vagancia en esta casa. A pinchar que la cosa está mala, se decía y un mechón húmedo se le enredaba entre los dedos. Vendrían los días en que sería puro ejercicio del deber: pinchar, dar duro, a golpe de sexo y cuchillo. Tanta quejadera no resolvería las cosas. Flores de papel y mucho maquillaje, brillo por la cara, atrás y alante brillo. Radiante tendría que lucir para conseguir algo. Las cosas comenzarían a fluir y ella pondría más de su parte para conseguirlo. Eso estaba de más.

Había decidido portarse bien. Debo portarme bien, no debo molestarlo, es mi culpa, lo provoco, se decía siempre. Si la felicidad para Lenon era una pistola caliente, para ella era una cabeza caliente, caliente por la mano de golpes que recibiría para poder ser feliz. Quizá menos infeliz de lo que habitualmente somos sin darnos apenas cuenta de ello.

Ya en el periódico la gente sospechaba. Qué tipa. Y a Manolo los ojos le saltaban. Qué tipa de qué. Escribía sin parar, a toda hora, una especie de amanuense con delantal y rolos. Ambos trabajaban juntos en un periódico local. Durante el día almorzaban y en la noche Marisa preparaba un té o un cortadito con galletas o pan. Eran más o menos felices. Como todo el mundo. Llevaban juntos más de cinco años y nunca habían hablado de niños. Ella siempre lo deseaba, pero él, en conversaciones con otros, dejaba claro, a ella también por supuesto, que no los resistía. El típico hombre que se ablanda enseguida cuando los ven, cuando descubren que un detalle de su rostro se refleja, minúsculo, en la carita de sus hijos. Así pensaba ella pero nunca lo dijo.

Pura practicidad, pragmatismo a pulso. Hombre ejecutivo, de grandes ideas y de corazón apretado. Hay que hacerlo, tenemos que hacerlo y resolver las cosas cueste lo que cueste. Siempre esperando las gracias. Se venía cuando las cosas le salían bien. Y se venía constantemente, porque era un hombre de éxito.

En el periódico a Marisa le reconocían varios reportajes y crónicas que se leían con avidez. A la gente le encantaba sus artículos dominicales sobre los personajes del batey donde había pasado su infancia: Plácido, Berenjena, Herminia, Tesita.

Cuando Marisa comenzó a compilar sus crónicas dominicales en un libro, el primero, Crónicas dulces, Manolo no cabía dentro de sí. Se vanagloriaba diciendo que Marisa Estévez era su mujer, que son buenísimas, que nadie hace ese tipo de periodismo, que su mujer había salvado el periodismo del hastío, de la superficialidad, que le había devuelto al periodismo la literatura que muchos años atrás le habían arrancado de golpe. Y etcétera. Qué orgullo de hombre.

Marisa se alegraba. Notaba, sin embargo, que había algo raro en él, algo que no encajaba con la realidad de su casa, la intimidad de su cuarto, su baño, su cocina, a la hora de comer, de almorzar, de desayunar. Algo raro.

Pero en casa no se hablaba de trabajo. No se mencionaba nada con respecto a las crónicas dominicales, ni al libro. De hecho, Marisa se enteraba de las opiniones de su marido sobre sus artículos, de la misma forma y en el mismo minuto en que lo hacían los demás. Era solo un espectador sorprendido. Eso.

El éxito de Marisa crecía. Ya no solo escribía crónicas, sino cuentos. Cuentos austeros, acumulados en su imaginación durante muchos años. Escritos en el sueño, en la vigilia agazapados. Por primera vez, Marisa los llevaría a la impresión del papel. Era algo que Manolo no imaginaba, y después se dio cuenta de que tampoco lo hubiera deseado, al menos no de la forma en que sucedieron las cosas. Pobre Manolo.

Nuevas amistades llegaron. Asistían a fiestas en casa de gente de cultura, a diferencia de la “fauna” que ellos frecuentaban. Gentucha arrinconada en el Círculo de Periodistas, bebiendo, hablando, vistiéndose como supuestamente se visten los periodistas, tomando té frío con menta o ron, tratando de levantar a las estudiantes ingenuas que pasaban por allí, y las no ingenuas que levantaban a tipos maduros que pensaban enseñarle cómo escribir la mejor crónica o el mejor reportaje.

Esos tipejos eran la cuerda que formaba no solamente el Círculo de Periodistas, sino el de amigos de Marisa y Manolo. Pero Marisa ahora escribía sobre esos mismos tipos, y lo hacía con una desfachatez aplastante, que al propio Manolo le apenaba.

Es hora de que te estés quieta. Quieta o todo esto se va al carajo. Hasta cuándo vas a estar hablando de nuestros amigos, qué cojones te está pasando. Si me descuido un poco, empiezas a hablar de nosotros, de mí con igual desparpajo. Qué coño tienes.

Manolo sabía de lo que estaba hablando. Sin saberlo.

Marisa ya tenía algunos apuntes, mentales siempre, sobre ellos. Comenzó a escribir, no un cuento, que lo escribe cualquiera, sino una novela, la novela de la vida de una mujer que se había hecho a puñetazos. Y que terminaría a puñetazos.

Escribía de madrugada, de noche, en el baño, en la cocina, en la guagua, en la redacción, en la tienda, en todos los lugares y a cualquier hora. No podía dejar de hacerlo, transcribía su vida diaria con el ímpetu que le faltaba para vivirla. Curioso.

Marisa terminó su novela y la envió a un concurso con un jurado internacional. Aquellos escritores no leían la prensa nacional y mucho menos estaban al tanto de las crónicas dominicales de Marisa Estévez, qué coño es un batey, se preguntarían ellos. Lógico. Y aquella misma lógica hizo de Marisa Estévez la ganadora del concurso. Tres mil dólares gracias a la vida insulsa, aburrida con su marido. Tres mil dólares que compartiría con él. Cifra que, pensaba con entusiasmo, haría de esa vida algo fuera de lo común, especial. Una existencia llena de confort, buena comida, sonrisas y muchos taxis.

A Manolo le tocó publicar la  nota de prensa que informaba sobre el premio a Marisa Estévez por su novela Las memorias vacías de Solange Bañuelos, por tratarse de un libro que “recrea de manera desgarradora y con un lenguaje poético las duras condiciones de una mujer contemporánea, atrapada entre los deberes conyugales y la pasión por la vida y su profesión. En resumen, la chejoviana vida de Solange Bañuelos, la madame Bovary de nuestro siglo.”

Manolo hizo del argumento del jurado su propio argumento cuando en la noche la lanzó al suelo y la arrastró desde el dormitorio hasta el minúsculo patio del apartamento. La machacaba con la misma fuerza e impulso que Mauricio, su supuesto doble en la triunfadora novela, le acababa la vida, día tras día, a Solange Bañuelos.

En ese instante, mientras se sentía el tra-tra de la cabeza de Marisa contra la pared, Manolo recordó habérselo advertido. Te lo dije, te lo dije, te lo dije, y con ese mismo ritmo, Manolo la pateaba, le escupía. De repente, Marisa, doblada sobre el suelo, tuvo una gran revelación: el segundo tomo de Las memorias vacías de Solange Bañuelos. En una pequeña tregua que Manolo le permitió, Marisa intentó convencerle que podría obtener, dentro de un año, tres mil dólares más. Sígueme pegando, más. Ahora aprieta el puño, duro, durísimo, encájalo en mi mejilla, debo ser realista, muy realista a la hora de describir qué se siente cuando te aplastan la cara contra el frío piso de la madrugada.

En su imaginación, Marisa ya había recorrido algunas páginas del segundo tomo. Solo bastaba esperar un año más. Entendió de súbito, mientras su pelo se pegaba en las paredes, dejando el rastro de sí misma, que debía cambiar de procedimiento. Por el bien económico de ambos, sus anotaciones debía hacerlas en una pequeña libreta que guardaba en la gaveta del armario. Tenía la sospecha de que los apuntes mentales podrían ser inexactos.

Cuento incluido en el libro inédito Las memorias vacías de Solange Bañuelos.
Maité Hernández-Lorenzo: Periodista y crítica de teatro. Directora de Comunicación e Imagen de la Casa de Las Américas.

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