Latinoamérica y un cine con el que hay que contar

Frank Padrón • La Habana, Cuba

Hay una producción atendible, en algunos casos elevada, pero el gran problema con el cine latinoamericano que se hace en el minuto actual, sigue siendo la distribución: prosigue la casi total ausencia de mercados, la prácticamente nula exhibición excepto en festivales y semanas de cine, algo que me confirmaba el colega Pedro Zurita, responsable de la Videoteca del Sur que difunde nada menos que en la cosmopolita New York, la obra de la región y experto en el tema.

Mas, como de todos modos ese cine es y está, lancemos una mirada a lo visto y valorado en la reciente edición del Festival habanero, al margen de premios y reconocimientos, enfatizando en obras que por algún motivo resultaron significativas.

Un positivo NO y mucho más

Una de las mejores obras que se apreciaron en este festival fue NO, del chileno Pablo Larraín (Post Morten) el cual, partiendo de un excelente guion de Pedro Peirano se ubica en la convocatoria al referendo que en el país austral en 1988, mantendría en el poder a Pinochet tras 15 años de dictadura, o por el contrario, lo derrotaría. La cinta focaliza sobre todo la campaña política orquestada por ambas disyuntivas que, como es sabido, llevó a la victoria la opción negativa, que expulsaba al dictador de la Casa de gobierno y de inmediato convocaba a elecciones libres.

Imagen: La Jiribilla
No

 

Si bien es cierto que la publicidad en función de movidas gubernamentales como las que aquí apreciamos son muy importantes para llevar a cabo las mismas, no lo es menos que lo verdaderamente decisivo es el estado de opinión, el magma social que las respalda y que, en definitiva, definirá el lugar al que se incline la balanza.

Los criterios en torno a cómo armar y diseñar una campaña de ese tipo informan el filme, con las contradicciones y choques de criterios entre ortodoxos y (pos)modernos —representados por René Saavedra, un hijo de exiliado que llega a Chile y encabeza el apoyo publicitario al NO—, quienes aprovecharían los minutos brindados por la TV oficial para promover los motivos que sustentarían su postura; los otros, los del SÍ, sucedían en la programación con sus spots pro-gubernamentales.

Apoyados sobre todo —o únicamente— en el desarrollo económico que vivió Chile durante la dictadura pinochetista, los partidarios de que continuara el mismo orden se vieron aplastados por la enorme mayoría que, integrada por los muchos afectados, familiares de víctimas y desaparecidos, artistas e intelectuales progresistas, estaban hastiados de crímenes y despotismo militar.

El filme es explícito en los entresijos de la campaña de ambos signos; expone puntos de vistas y actitudes y devela el carácter manipulador y tendencioso de toda operación mediática, incluso aquellas mejor intencionadas; en la mirada de Larraín se aprecia un dejo de ironía acerca de la publicidad en general, sus trampas y recursos: no casualmente el inicio y el fin de la historia se enmarcan en proyecciones de spots no precisamente políticos sino meramente comerciales, los cuales son antecedidos por la misma introducción sobre la base de la frase hecha y un aire evidentemente demagógico.

La recreación del ambiente político en el Chile del momento, aquellos días de tensión y definiciones, la aludida inmersión en el mundo de la publicidad y los medios, su función dentro de la vida social y política de un país con tal complejidad como era este en ese momento; el elaborado diseño caracterológico —con la mirada bien insertada a la vida personal del protagonista—, los contrastes entre personalidades incluso dentro del mismo “bando”, o la imparcialidad y el desapasionamiento con que se presentan unos y otros (desde la violencia, la indolencia y la soberbia del autoritarismo oficialista hasta el seudosufrimiento burgués de varios líderes pro-democracia) son virtudes de un texto que no evita digresiones y ciertos alargamientos de escenas, sin que ello le haga perder un instante de interés, dada la fuerza de sus imágenes y la vehemencia dramática del relato.

Gael García Bernal, actor mexicano que se ha convertido en toda una celebridad incluso fuera de América Latina (ha rodado ya en Europa y EE.UU.) logra un desempeño comedido y concentrado, sobre la base de sutilezas y estudiadas transiciones. Un equipo de notabilísimos colegas chilenos le secundan (Jaime Vadell, Sergio Hernández…) dentro de los cuales resalta Antonio Castro (Tony Manero, también de este director) en la piel de un siniestro y calculador director televisual de orientación derechista. Un punto alto, sin duda, en la carrera ascendente de Larraín, y del nuevo cine chileno.

Imagen: La Jiribilla

Tras una inexplicable vuelta a la capital argentina, con una historia sazonada por elementos de thriller (Desaparece el gato, 2011) Carlos Sorín regresa este año a sus Historias mínimas ambientadas en la agreste y solitaria Patagonia, por el estilo de esa que iniciara en 2002  toda una serie a la que se sumaron, con mayor o menor fortuna, Bombón el perro (2004) y El camino de San Diego (2006). Esta vez, Días de pesca (2012) nos trae el rencuentro de un padre ex alcohólico y divorciado, con su única hija quien vive junto con la familia en el apartado paraje; pese a la cordialidad del recibimiento y la aparente armonía, flota en el ambiente una tensión que explotará en cualquier momento.

Sorín se ha especializado en el minimalismo de relatos que, sin embargo, esconden fuertes dosis de indagación sico-ontológica; aquí, por ejemplo, asistimos al caso de ese personaje que va entrando en la curva de una madurez la cual implica enfermedades, acaso arrepentimiento y una elevada dosis de soledad. Aficionado a la captura del tiburón, el protagonista va a descubrir algo más que grandes escualos en el mar que rodea el sitio.

El director argentino nos entrega esta nueva historia donde, como es habitual en su obra, solo aparentemente, no pasa nada o muy poco; quienes logran pulsar los matices y los subtextos de sus relatos, hallarán significativas reflexiones sobre las relaciones familiares y humanas en general. Días de pesca no es la excepción. Una puesta en escena cuidadosa y sencilla, y la actuación estudiada y elegante de Alejandro Awada contribuyen a ello.

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Días de pesca

 

Como el teatro así llamado, existe un “cine de la crueldad”, dentro del cual la cinta mexicana Después de Lucía (2012), del mexicano Michel Franco (Daniel y Ana) es un lúcido exponente. Precedida ya por importantes galardones (en Cannes —donde obtuvo premio al mejor largometraje en la sección Una cierta mirada—, en Chicago, que le adjudicó su Premio Especial del Jurado…) y seleccionada para representar a su país ante el Óscar y el Goya, la obra lanza una dura crítica al llamado bullying (acoso escolar) como peligroso fenómeno social no solo en México sino en toda la sociedad contemporánea (otro filme que en los últimos años trató de modo impactante el abuso colectivo fue Un crimen americano (2007, Tommy O´Haver).

Procedente del interior (Puerto Vallarta) y tras perder a su madre, la adolescente Alejandra se instala en la capital junto con su padre, con el cual establece una relación más bien distante. La indiscreción de un colega con el cual hace el amor una noche, torna la vida de la joven un infierno dentro de la escuela, al ser objeto de burlas, humillaciones y maltratos por parte de toda la clase, a los que ella responde con indiferencia y casi ausencia.

La cinta muestra desde sus inicios una austeridad narrativa que sobrecoge: todo se presenta con firmeza de trazos fílmicos, con economía de recursos y regodeándose en la violencia que se respira por cada fotograma sin alardes ni morbosidad, más bien exhibiéndola en su pasmosa realidad.

La sicología de los personajes centrales (padre e hija que pasan de la depresión que genera la pérdida familiar a la peligrosa apatía que los convierte, sobre todo a ella, en víctimas); la insania del ambiente escolar, caracterizado por el consumo de drogas, los celos y la envidia, devenidos extrema crueldad; la ineficacia de las autoridades, tanto escolares como policiales, son atrapados y proyectados por el preciso y riguroso lente de Franco, al que solo hay que reprochar cierta molesta tendencia al alargamiento excesivo de los planos, incluso después de que estos han proyectado su carga semántica.

Las actuaciones (Tessa Ia, magistral en su joven permanentemente hostigada, Gonzalo Vega como el padre y buena parte del equipo adolescente) complementan la cuerda rigurosa que mantiene el filme en su factura, y al que no afecta para nada el efectista final, que sin duda desconcertará a muchos pero que no hace otra cosa que coronar un trayecto motivador y sugerente. 

Hoje (Hoy) es lo nuevo de la cineasta brasileña Tata Amaral (Antonia) y sigue a una mujer que en los procesos de mudanza a su flamante y cómodo apartamento, recibe la visita de su compañero, un uruguayo muerto en los días de la dictadura; se establece un diálogo en el cual se mezclan recuerdos y reproches, ternura y despecho, se reviven los duros y sangrientos días de aquel régimen que instauró el terror, la violencia y la muerte, y donde perdió la vida.

Con una perspectiva teatral (en cuanto a la tenaz dialogicidad de la  pareja protagónica, y sus escasos movimientos en apenas un par de habitaciones de la casa) que se ve saludablemente dinamizada por la irrupción de los obreros que ayudan a Vera en la instalación, Hoje contagia al espectador con la fuerza del intercambio verbal que sostienen los personajes centrales, la intensidad de las pasiones que se ponen en juego, la autenticidad y fuerza de los sentimientos cruzados, en los cuales la inevitable carga política que los condiciona para nada eclipsa la entereza y contundencia de lo humano que en realidad define el relato.

Es por esto que lo reducido del espacio o la concentración dramática en apenas dos personajes no obstaculiza en lo absoluto el feliz desarrollo de los caracteres y el despegue afortunado de una historia que cala hondo y toca fibras sensibles en todos, por lo cual genera evidente resonancia.

El hábil montaje, la discreta y por ello eficaz música y la notable labor de una cámara que suma los objetos y rincones del apartamento, sensibles catalizadores de la acción, complementan esta pieza de cámara que, en tono menor, ofrece una historia conmovedora desde su sencillez, en la cual, el desempeño de los intérpretes juega un rol superlativo: Denise Fraga y el actor uruguayo César Troncoso asumen y proyectan sus papeles con autoridad y convicción.    

El discreto encanto de las óperas primas

Las obras iniciales de los jóvenes realizadores son siempre un punto de referencia de lo que constituye el presente y el futuro del cine en la región. Veamos algunas de las más significativas:

Valga anotar la presencia destacada de la mujer en las óperas primas, las cuales arrastran sus inquietudes y peculiaridades como objeto de estudio. En Rania, de la brasileña Roberta Márques habría que destacar otro aspecto y es la descentralización que hace también el cine respecto a los grandes centros urbanos (léase, en el caso del gigante sureño, Río, Sao Paolo o Bahía) otrora absolutos puntos de atención de los realizadores; la cinta que compite en esta edición del Festival se ubica en un polo no menos rico pero que desde los tiempos del Cinema Novo parecía un tanto desactivado: el Nordeste.

Imagen: La Jiribilla
Rania
 

Así, Rania es una adolescente que aspira a ser bailarina en su natal Fortaleza, concretamente dentro de la comunidad balnearia donde vive: Santa Terezinha, pero a la vez decide conquistar el Primer Mundo; los sueños y la dura realidad, un club donde el dinero y la diversión se mezclan con la danza, las relaciones de la joven con su familia, amigas y amores centralizan un filme donde habría que agradecer la notable hechura de los personajes, la sabia inserción de estos al contexto, y más de un momento donde la cámara logra captar con belleza la magia y la fuerza del lugar y los personajes.

Sin embargo, Márques pierde terreno en excesivos circunloquios, demora las acciones innecesariamente aterrizando con frecuencia en el tedio y se regodea en ciertos pasajes que pudieron quedar en la sala de edición; de cualquier manera, hay aquí una nueva realizadora a la que hay que seguir.

Joven y alocada (2011) de la chilena Maraialy Rivas, gira en torno a Daniela, adolescente rebelde que lucha a todas por librarse de una madre tiránica, y la denominación evangélica —de franco signo fundamentalista— a la que ambas pertenecen; dominada por una sexualidad variada e impetuosa, la protagonista comparte sus amores entre dos compañeros de trabajo, hombre y mujer.

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Joven y alocada

 

Mediante un contagioso sentido del humor, y sumando a la puesta en pantalla el mundo de la computación (el título del filme es el lema bajo el cual Daniela firma y chatea en su sitio digital), la narración en Joven es dinámica desde sus minutos iniciales, al punto de llegar a hacer honor al título: alocada, pero solo es un recurso de la realizadora para aparentar una frivolidad y un frenesí que oculta no poca espesura y densidad en tanto invitarnos a compartir ideas y criterios en torno a la libertad individual, la “salvación”, las camisas de fuerza en que se tornan las malas interpretaciones de doctrinas cristianas y un tema tan inquietante sobre todo en estas etapas de la vida: el erotismo, elemento que aunque abundante y crudo, aparece absolutamente justificado y perfectamente enfocado en el filme.

Una edición también energética y nerviosa (mas eficaz dentro de los presupuestos fílmicos) enlaza diferentes tiempos, mientras las intervenciones in off del personaje central condimentan muchas de las acciones; a ello se suma la actuación matizada y dúctil de Alicia Rodríguez, seguida por un elenco no menos profesional.

Cornelia frente al espejo, del argentino Daniel Rosenfeld es otra que sobresalió. Basado en el cuento homónimo de su ilustre coterránea Silvina Ocampo, el filme confronta en un viejo caserón a varios personajes que pudieran ser fantasmas: el límite entre sueños y pesadillas es difuso, también el que separa la vida y la muerte, aun cuando la protagonista anhele que alguno de los hombres que atraviesan el umbral la priven de la vida; una mujer con la que intercambia y revive viejas ternuras, un ladrón, una niña que confunde esculturas con muñecas y un policía que dice haber besado a Cornelia sin que ella lo recuerde, activan el diálogo donde se filosofa en torno a lo humano y lo divino; el peso que siempre tiene el pasado, el erotismo, el porqué de continuar (o no) viviendo son algunas de las cuestiones que debaten estos hombres y mujeres, en un trayecto que alude un tanto al de la Alicia de Lewis, aunque este sea mucho más turbio pues el país al que se aspira no es nada maravilloso.                       

Imagen: La Jiribilla
Rania

 

La primera virtud que descubre el espectador es la vitalidad y el vuelo literario, que trasunta, por supuesto, la escritura de esa gran narradora de principios de siglo en Argentina, de quien su colega Borges comentó que escribía con “cierta crueldad inocente u oblicua”, algo que conserva el texto fílmico. 

Sin embargo, el director Rosenfeld (quien se encarga de otros tantos rubros) no se ha estancado ni dormido en los laureles, confiado en la eficacia de la letra que tiene entre manos, y complementa la misma con una puesta donde la evidente carga verbal no impide una eficiente puesta en cámara; se esmera en la edición, de modo que no se aprecian costuras entre los bloques que llenan los distintos personajes, alternos, como quiera que nunca más de uno aparece en pantalla con la protagonista.

La escenografía, con la pátina fantasmagórica y lúgubre de los interiores, o la luminosidad en el jardín que llena los minutos finales, para lo cual la fotografía (Matías Mesa) desempeña  magistralmente su labor, o la música (Jorge Arriagada) que discreta pero funcionalmente subraya, de vez en vez, los enunciados de los actores, también sobresalen.

Lo cierto es que, en su primera y notable primera experiencia, el joven director argentino ha sorteado una literariedad férrea que pudo restar soltura a su filme, el cual no se siente empacado o hierático a pesar del peso que detenta la palabra hablada. La también coguionista Eugenia Capizzano (Cornelia) en un esmerado desempeño y sus no menos virtuosos colegas Leonardo Sbaraglia, Eugenia Alonso y Rafael Spregelburd, asumen y proyectan con sólida estatura histriónica la complejidad de sus roles.

Documentando

Dos líneas se encuentran en el documental: una, tradicional, “clásica”, la otra, abocada a la ficción, o como también se conoce, de “puesta en escena”; en ambas se encuentran logros y falencias.

Futuro del pretérito: ¡Tropicalismo ahora!, por ejemplo, se sitúa entre los primeros. El filme de Ninho Moriais y Francisco Cesar Filho emprende un análisis a la distancia de lo que constituyó uno de los movimientos artísticos y sociales más importantes del pasado siglo en Brasil, revolucionando la música, las letras, las artes plásticas y la propia sociedad, y cuya influencia llega al presente; dentro de un método muy gustado por ciertos documentalistas allí —mezcla de textos dichos y representados por actores, música en nuevos arreglos e intérpretes, testimonios y material de archivo— se trata de un esclarecedor ensayo fílmico que no deja duda acerca del por qué se trató de toda una movida cultural verdaderamente trascendente incluso para toda América Latina.

Putos peronistas, cumbia del sentimiento, del argentino Rodolfo Cesatti, radiografía el movimiento así llamado el cual da continuidad al Frente de Liberación Homosexual de los años 70; abanderados por la perspectiva inclusiva de Perón, Evita y sus actuales seguidores, Kitchner y Cristina, la organización trasciende la perspectiva de género para erigirse en un grito de alerta desde la exclusión (también) social: discriminados por diferentes y pobres, estos gays, lesbianas, trans e incluso no pocos heteros, exhiben ante la cámara sus reclamos y conquistas, en un trayecto dinámico y emotivo, donde se mezclan con acierto humor y gravedad, para sumarnos desde la complicidad y el apoyo.

Dos maneras de trabajar el género las ofrecen los títulos Çego Aderaldo-el cantor y el mito, de Brasil, y El etnógrafo, de Argentina,  y cuyos resultados estéticos son diametralmente opuestos. En el primero, dirigido por Rosemberg Cariry (La saga del Guerrero Luminoso) se sigue a quien es considerado el máximo representante de la poesía cantada y lo que por aquí llamamos “repentismo”; el segundo, que realizó Ulises Rosell, presenta a un antropólogo y representante legal de la comunidad Lapacho Mocho quien llegó a El Chaco salteño hace más de tres décadas para estudiar la cultura wichi; ambos, como se ve, rastrean singulares e importantes personalidades para sus respectivos imaginarios, pero el método (y claro, el “pase de raya” final) los separa: el primero mezcla felizmente testimonios, cantos y narración, el ritmo no se detiene y mientras recibimos un convincente retrato del biografiado, participamos, a la vez, de un notable filme; el segundo, por el contrario, extravía el pulso con un insufrible didactismo, no se ahorra el mínimo detalle (lo que importa y lo que no) y concluye invitándonos al bostezo y el rechazo.

Beco, del brasileño Bruno Jorge, resulta un contundente testimonio en torno a las condiciones infrahabitacionales en que mal viven muchas familias en la ribera del río Negro, de Manaos, auténtico basurero sobre el que los hombres y mujeres elegidos por la cámara disertan en torno a temas fundamentales de sus vidas… lo más atractivo del filme es el tratamiento sonoro que mezcla lo natural con la elaboración, así como una fotografía a ratos efectista pero de cualquier manera dramáticamente certera, lo cual refuerza el conmovedor “lienzo múltiple” del contexto y sus moradores que diseñan la cámara y tales rubros.

Flor en Otomí (México, Luisa Riley) es una bien armada biopic en torno a Deni Prieto, miembro de una organización guerrillera en Neplanta que en 1974, a los 19 años, fue asesinada por el ejército mexicano; aunque desde una perspectiva tradicional, el filme rezuma profesionalidad en su armadura morfológica: excelentes montaje, fotografía y música, notable alternancia de participaciones que  revelan aspectos significativos de la vida biografiada —tanto en lo político como en lo más personal— suman un sólido recorrido por esta valiosa y casi desconocida luchadora que es también el retrato de toda una época.

Olhe para mim de novo (Brasil, Claudia Priscilla, Kiko Goiffman) se proyecta como un road movie dentro del árido mas apasionante nordeste en el gigante sureño. Sylvio Luccio fue una mujer lesbiana transexualizada en hombre que narra sus vivencias en pleno proceso de transición genérica; con una construcción morfológica esmerada, un crescendo dramático que emula el de los