Letra y música en sugerente fascinación

Guille Vilar • La Habana, Cuba

Desde una fecha tan lejana como 1965, la canción “Yesterday” ha quedado como testimonio del ecléctico concepto de rock instaurado por The Beatles, género donde prácticamente no existen fronteras capaces de delimitarlo. No obstante, a veces se tiende a confundir determinado tipo de rock de moda, el death metal por ejemplo, como la muestra definitoria de semejante manifestación musical de nuestro tiempo. En realidad, el rock es mucho más que la exaltación vocal del intérprete apoyado en la saturada estridencia de guitarras eléctricas. Puede ser eso; pero a la vez, tocar rock es asumir una sensibilidad que define actitudes diversas para abordar la música contemporánea sin que este se manifieste de un modo explícito, necesariamente.

Imagen: La Jiribilla

Por supuesto que en el caso del rock cubano, hubo una época donde el mimetismo propio de quienes dan los primeros pasos en lo relativo a versionar los éxitos de los grupos anglosajones de los años 60 y 70 del pasado siglo, era tomado como una salida de emergencia con tal de no quedar fuera de dicho entorno sonoro. Por suerte, el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, Silvio Rodríguez y Síntesis, fueron figuras decisivas como parte de un abarcador conjunto de músicos envueltos en el proceso de otorgarle al género, paulatinamente, un sentido de pertenencia de inconfundible identidad. Al mismo tiempo, hacia los años 80, jóvenes trovadores sintieron la necesidad de hacerse acompañar por grupos de instrumentistas como una propuesta imprescindible para contextualizar el mensaje de sus canciones desde la mayor multiplicidad de variantes posibles en la música de nuestros días, donde el rock ocupa una posición preponderante.

Tal es el caso de Carlos Varela, autor de canciones cuyas letras cuestionan conflictos existenciales de nuestra realidad cotidiana y para las cuales, al cabo de 30 años, ha patentizado una indiscutible maestría en lo relativo al soporte musical escogido para dichas canciones. Quizá entre sus principales méritos encontremos que el alto rango profesional adquirido le ha facilitado apropiarse de un sonido tan personal que no permite se le confunda con el de otros, aunque para nada oculta sus influencias. A estas alturas del juego, Carlos Varela cuenta con un vasto repertorio, donde numerosas canciones aparecen marcadas por la impronta del rock, pero digerido por la voluntad de hacerlo suyo, imposible de encasillar dentro de un estilo.

Del mismo modo que los Rolling Stones tocan una música que no lleva apellido porque son dueños de ese sonido, otro tanto ocurre con el sello Carlos Varela. Puede que determinados acordes de las guitarras, ciertos giros melódicos recuerden pasajes del estilo que singulariza alguna conocida modalidad del rock, pero la grandeza que nace de querer alcanzar lo auténtico, le otorga el privilegio de una mayor creatividad.

Si nos guiáramos por la expectativa tradicional que conlleva el término rock, piezas como “Robinson solo en una isla” y “Leñador”, clasifican entre lo más evidente que ha tomado Varela del enérgico acento del rock, con esa energía que le imprime un dramático aliento a cada pieza. Sin embargo, puede que el apoyo instrumental tenga un aire relajado, pero la intención del canto se manifiesta dentro del más genuino espíritu del rock como ocurre en “25 mil mentiras sobre la verdad”, “Lucas y Lucía” y, sobre todo, la canción “Siete”, pieza que de ser interpretada de otro modo, no hubiera tenido el vibrante entorno que la caracteriza.

Como resultado de la utilización de instrumentos de vientos en su banda, el funky tomado de los músicos negros norteamericanos, encontró una renovada presencia en piezas como “Todos se roban”, mientras que “La política no cabe en la azucarera” se aproxima al rock latino por ese sabor que nos resulta tan cercano. Mundos sonoros provenientes de culturas europeas, resultan una obligada referencia en piezas como “Jaque Mate”, “Desde aquel día que lo dividieron todo” y “Como me hicieron a mí”, canción donde se percibe que The Police figura entre los distintos afluyentes de los cuales ha bebido Varela en el proceso de búsqueda del lenguaje propio. En tal sentido, la presencia del universo del folk rock norteamericano encabezado por la legendaria figura de Bob Dylan y sus seguidores como Jackson Browne y Tom Petty es donde nuestro trovador rinde merecido tributo al honrar al género desde su esencia misma. Los temas “Pequeños sueños”, “Como un ángel” y “Foto de familia” ejemplifican este acercamiento suyo tan peculiar al folk rock, pero con la misma naturalidad con que él puede marcar la clave de la rumba, porque no se copia aquello que de tanto sentirlo, te pertenece.

Imagen: La Jiribilla

Obviamente, capítulo aparte requiere la polémica, si todavía quedara algo de esta, sobre si con el solo hecho de tocar rock en nuestro país, ya es rock cubano, pero queda pendiente un análisis profundo de la obra de Carlos Varela en cuanto a develar aquellas señales de cubanidad oculta; por ejemplo: en la canción “Habáname”, se puede marcar la clave de un guaguancó, de acuerdo con los criterios del musicólogo Danilo Orozco.

Al cabo de tres décadas, la obra de Carlos Varela ha tenido la coherente evolución que solo la pátina del tiempo otorga a quienes han sabido aprovecharlo desde la fecundidad del talento. Si trascendente ha sido el legado de los textos de sus piezas, la música que las acompaña ha trasmitido la sugerente fascinación que complementa a la canción como obra de arte.

 

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