Lezama Lima: “el pelotero bizantino”

Norberto Codina • La Habana, Cuba

A  Pepe Rodríguez Feo, por nuestras tánganas beisboleras
 

Un aficionado apasionado al beisbol fue ese personaje inolvidable que es Pepe Rodríguez Feo. Como todo incondicional a su equipo que se respete, y con posibilidades económicas, durante años tuvo un palco alquilado en el Gran Stadium del Cerro. Siempre que los azules perdían un campeonato, no importa si el Almendares antes o después los Industriales, tenía la peregrina teoría de que algo turbio o sospechoso había ocurrido, pues en buena lid su equipo favorito no podía perder.  Pepe aseveraba indignado que “un amigo de un amigo que tiene un primo en “el ministerio” me confirmó que todo estaba arreglado”. De las muchas anécdotas de esa afición del reconocido editor, crítico y traductor, traigo a colación dos.

Antón Arrufat recuerda, como buen observador que siempre ha sido,  que cuando lo conoció personalmente —después se convirtió en su amigo entrañable— aquel intelectual de apariencia aristócrata, aún joven, delgado y de buen porte, “al sonreír dejaba ver un diente partido, que supuse de una caída o un pelotazo siendo niño”.

En cierta ocasión Fayad Jamís, estando muy apremiado de dinero en vísperas de un viaje a Francia, y conociendo que Pepe, generoso por excelencia, coleccionaba pintura cubana contemporánea, fue a venderle un cuadro. “Llegué a su casa y creo que estaba viendo la pelota por la televisión”, dice Fayad, y se encontraba tan absorto en el juego que tomó la obra pensando que era un regalo, le dio las gracias, y punto. Muchos años después, con la confianza que otorgan el tiempo y la amistad, Fayad lo sacó de su error.

El ya fallecido Helio Orovio —“Oprobio” le llamaban sus amigos—, en su habitual estilo de especular y burlarse de todo, y amante de la música, el béisbol y el esplendor de las mujeres negras, me comentó en una ocasión que el recordado Rodríguez Feo, a propósito de nuestras “tánganas beisboleras”, le había dicho: “Ese muchacho no hace más que hablar de pelota”, refiriéndose a mí como un caso imposible. Ese comentario, que imagino en el tono ríspido que caracterizaba a Pepe, a la vez cercano o áspero, generoso o majadero —podía prestarte con calidez un libro o una película o saludarte con un desplante (según el humor del momento)—, mucho tenía que ver con nuestras apasionadas discusiones en torno al pasatiempo por excelencia del cuban1. Eran, al decir de alguien que lo conoció bien como Arrufat, sus “maneras que ha mantenido hasta hoy y son nuestra delicia actual”.  Orovio lo sabía todo, o casi todo, y lo que no lo inventaba. Con razón Alfonsito Quiñones lo bautizó como “la caja negra de La Habana”.

Luis Marré, poeta conocido por su preferencia por los autores franceses, y alejado de poses “populistas”, me escribe de su afición beisbolera que compartió con Rodríguez Feo, su amigo y editor:

“En mi lejana juventud, cuando era estudiante de contabilidad, los profesores se indignaban porque cuando sonaba un estruendo de trompetazos y gritos en el flamante estadio de El Cerro, desatendíamos a la clase. En el receso, todos corríamos para el bar de la esquina a averiguar quién había lanzado un home-run. Yo era “fan” del Almendares; pero me hice enemigo del base ball cuando vendieron a mi ídolo Roberto Ortiz.

Mis tiempos de almendarista coincidieron con los años de la revista Ciclón. Rodríguez Feo, que era un fanático de la pelota, me invitó varias veces a ver los juegos en el estadio.

En mi vejez he vuelto a ser fanático de la pelota. Ahora rabio cuando pierde Industriales”.

Muestra de esa temprana afición de Rodríguez Feo es un pasaje de su primera carta dirigida a José Lezama Lima, que forma parte de una larga y entrañable correspondencia2, fechada un domingo 21 (¿de qué mes?) de 1945, en el Central América, propiedad de su familia:

“Hoy, aceptando el rol campestre, fui a presenciar un juego de pelota entre Contramaestre y Central Vertientes, cuyo resultado fue 1 a 0 a favor de nosotros después de doce innings y un home-run de un negro más grande que un caballo, de Contramaestre.

Casi medio siglo después Pepe comentaría esa primera carta que le escribió a su amigo:

“A cuarenta y dos años de escrita mi primera carta a José Lezama Lima, no se me escapa la ironía de que esté fechada un domingo 21 de 1945 y desde el central “América” —hoy “América Libre”—,3 y entonces propiedad de la familia Fernández Castro, uno de cuyos miembros era mi madre. Al releerla hoy descubro en ella como una prefiguración de aspiraciones futuras […]. Hasta el juego de pelota entre los muchachos del pueblecito de Contramaestre y la novena del central Vertientes tiene su final “encantador” al batear “un negro más grande que un caballo” el home-run de la victoria”. El pasaje muestra fielmente la condición social del joven que un año antes, con el dinero que le proporcionaba el sudor de aquellos trabajadores, fundaba junto a Lezama Lima la revista Orígenes.

El autor de Paradiso, pese a sus lecturas enciclopédicas, el asma galopante y su inmensa humanidad, era igual que su corresponsal Pepe Rodríguez Feo, un seguidor convencido de la pelota. Varios ejemplos en su escritura lo atestiguan, como esa sabrosa imagen, tan criolla y lezamiana, de “pelotero bizantino”. O en uno de los pasajes de Tratados de La Habana, donde su desbordada imaginación nos entrega lo que pudiera considerarse la narración posmoderna de un partido de pelota:

“Los nueve hombres en acecho, después de saborear una droga de Coculcán, unirán sus destinos a la caída y ruptura de la esfera simbólica. Un hombre provisto de un gran bastón intenta golpear la esfera, pero con la enemiga de los nueve caballeros, vigilantes de la suerte y navegación de la bolilla. Jueces severísimos se reúnen, dictaminan, y se ve después silencioso a uno de aquellos caballeros defensores, abandonar el jardín de los combates. La esfera de cristal en manos de uno de aquellos guerreros, tiene fuerza suma para si se toca con ella el ajeno cuerpo, cincuenta mil hombres de asistencia prorrumpen en gruñidos de alegría o rechazo”.

Solo una persona entendida en las reglas y claves del juego, que lo haya visto y practicado a plena conciencia, puede lograr una descripción que, no obstante el barroquismo del lenguaje y las audaces metáforas,  puede trasmitir la dinámica, como una gran coreografía, del partido y sus protagonistas, de manera alucinada y al mismo tiempo orgánica.

El muy leído periodista Ciro Bianchi Ross, que lleva en su nombre la impronta de persas, italianos y judíos, como bromeaba una recordada amiga, ha dado razón en varios libros y artículos de las distintas facetas de Lezama, y por lo singular de su evocación cito tal cual esta anécdota del adolescente en traje de pelotero:

“[…] el joven Lezama gustaba también de los deportes, sobre todo del béisbol  y era un buen field de la novena del barrio hasta el día en que sus compañeros lo buscaron para un partido contra el equipo de la barriada vecina. “No, hoy no salgo, me voy a quedar leyendo”, les dijo. Había comenzado a leer El banquete, de Platón, para hacer de la lectura a partir de ahí —tenía quince años— su ejercicio, su fanatismo más importante.”

La versión de esa anécdota la dio el propio Lezama en una entrevista que le hizo Rosa Ileana Boudet, y que apareció originalmente en la revista estudiantil Alma Mater en septiembre de 1970:

“Yo tuve un momento en mi vida que lo considero significativo, esos momentos que se pueden considerar como una revelación. Yo recuerdo cuando yo tenía quince años, los compañeros míos de barrio me vinieron a buscar para jugar a la pelota, entonces yo les dije: “Hoy no me esperen que no voy”  […] ese día […] me di cuenta que me alejaba ya del mundo de los deportes.”

En las páginas de su diario, Lezama narra cómo era su vida escolar, la de aquel niño al que sus familiares, incluso de adulto, llamaron Joseíto. Un alumno “temporalmente clásico”, con una permanencia en el mismo colegio durante varios años, lo que según el escritor le brindó una niñez alejada de cualquier anarquía “mental” o “en la reminiscencia”. Ámbito armónico donde se desarrollaron sus juegos y deportes preferidos, y sobre todo su preferencia por la pelota.

No debe asombrar, por tanto,  que Lezama Lima se ocupe del bésbol, ni que incluya referencias a ese deporte en otros textos. En una entrevista4 confesó su pasión beisbolera:

“De todos los deportes, mi favorito para jugarlo y verlo jugar era la pelota. Recuerdo que una vez fui a ver un juego entre los equipos Habana y Almendares que se prolongó durante tanto tiempo que la gente se quedó dormida en los asientos. Duró veintitrés entradas y creo que fue uno de los juegos más largos que se han celebrado en Cuba.”

Y agrega:

“Mi juventud fue muy deportiva. Jugué mucha pelota y llegué a ser un buen field de una novena organizada por los muchachos de Prado y Consulado.”

Y en otra encuesta5, al celebrar los placeres de la lectura, asociados al pecado de la gula, los sintetiza con una imagen beisbolera, común en el habla coloquial criolla:

“Soy como se dice, cuarto bate en la lectura y cuarto bate para los asuntos de sentarme a la mesa a deglutir con pasión, sobre todo si es cordero, sobre todo si es el sencillo mendrugo.”

Parafraseando a Napoleón Bonaparte, no a Napoleón Reyes, conocido manager de la pelota profesional caribeña en los años 50, se puede decir que todo niño cubano lleva en su mochila un guante de pelotero.

En su época de estudiantes universitarios, el escritor Pío E. Serrano cuenta cómo se regocijaba con Wichi Nogueras y otros condiscípulos, organizando una “novena literaria”: “nos entreteníamos imaginando un equipo de pelota formado por los escritores cubanos vivos que más admirábamos”, donde figuraban, entre otros, los origenistas Lezama, Gastón Baquero y Eliseo Diego.

El interés del vecino de Trocadero por el deporte que puso a viajar a Cuba, junto a sus protagonistas, por el mapa internacional, es un reflejo más de esa cubanidad que de manera tan original forma parte orgánica de su sistema literario. Así lo ve, en cuanto a su sincretismo, el poeta y ensayista Juan Nicolás Padrón:

Lezama argumentaba la cubanidad como descendencia nueva de un mestizaje e hibridación con el mundo en la Isla, y para rematar, con su típica amplificación de elementos fantásticos, concluía: “El gato copulando con la marta / no pare un gato / de piel shakesperiana y estrellada, / ni una marta de ojos fosforescentes. / Engendran el gato volante”.

En los primeros versos de “Danza de los oficios”, escrito por el poeta Domingo Alfonso, y que comienza con una cita de José Lezama Lima (“En la noche, disfrazado de peluquero, nadie me reconocía”), Alfonso recrea la voluntad de lo carnavalesco que plasma Lezama en poemas clásicos como “Muerte de Narciso”  (“El espejo se olvida del sonido y de la noche/ Y su puerta al cambiante pontífice entreabre”), retomando, tal vez inconcientemente, al “pelotero bizantino”:        

El primero es el Obispo; pero esta vez, para mi sorpresa

en vez de la mitra viste gorra de pelotero

Su camisa de púrpura lleva bordada una cruz de plata

y en sus ojos se descubre al anciano bondadoso…

Mi admirado Eliseo Diego poco o nada tenía que ver con la pelota. A la pregunta de su deporte favorito, contestaba con la autoridad de lo que no se discute: “Montar en bicicleta”. En las muchas entrevistas que le hicieron, los deportes en general, incluso en sus memorias de niño, estaban ausentes. A una pregunta de su hija Fefé de si de joven le gustaban los deportes, pues le hablaba con frecuencia de Babe Ruht, le responde:

“No me gustaban mucho. Yo nunca llegué a practicar mucho un deporte. Pero Babe Ruht sí me gustaba. Esa es una época romántica del deporte en los EE.UU., por las décadas 1920 y 1930. Babe Ruht era un hombre gordo, grande. No se cuidaba y hacía disparates, prometía locuras a los niños. Hay historias suyas que se han convertido en leyendas, como la del niño que estaba en un hospital y él le prometió dar dos jonrones en un juego y el niño se curó.”

Eliseo, que como se ve no era muy amante a las lides deportivas, al recordar el entusiasmo que desplegaba su querido Lezama cuando leía su poesía, por demás con fama de hermética, lo describía como si este estuviera convencido de lo contrario, “su impresión era que sus poemas parecían crónicas de deporte”.

Otro origenista fundador, que sentó cátedra en cuanto a la génesis y evolución de la nacionalidad se refiere, Cintio Vitier, también se detuvo en esos vasos comunicantes en un libro capital de nuestro siglo veinte; texto que destaca el historiador Félix Julio Alfonso, quien más y mejor ha estudiado en nuestro país la relación entre béisbol, historia y cultura. Cintio ejemplifica de forma medular el papel del deporte como fuerza de resistencia y reafirmación de la nación, aun en sus peores circunstancias:

“En ese ensayo miliar de la cultura cubana que es Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier sugiere que la poesía de la Vanguardia, nucleada en torno a la Revista de Avance “más que en los versos de los poetas, brillaba en el estilo cubanísimo del pelear y triunfar de Kid Chocolate, en la pálida figura silenciosa de José Raúl Capablanca, en los ojos arrugados por el sol de Adolfo Luque. Todo tiene poco fondo, hay una intrascendencia, un laicismo, una lisura peculiar” y agrega que, ante la necesidad de superar la ingravidez de la República, regida por la codicia y la política venal, “evocamos las estampas de Chocolate, Capablanca, Luque. Lo único que puede escapar a ese causalismo republicano es el deporte; de ahí que en él se concentre la mayor carga de fantasía y estilo”.

Al acucioso investigador y editor que es Carlos Espinosa Domínguez debemos que, en el año del centenario del nacimiento de Lezama, sorprenda  a los “lectores con un libro casi inédito, un libro que hasta ahora no existía como tal”,6 continuación de Tratados en La Habana (1958):

Lezama Lima fue un colaborador asiduo en la página de opinión del Diario de la Marina. […] la singular experiencia de escribir las columnas de “La Habana” le planteó el desafío de dirigirse a un interlocutor mucho más masivo. Esa presencia invisible, pero real, influyó de manera decisiva en el estilo y en los mecanismos creativos que pasó a incorporar: ‘se siente gravitar sobre su prosa, haciéndola más ligera y fácil; en el acercamiento didáctico a los temas; y en la propia elección de los mismos, que podrían calificarse de “populares’”.7

La crónica, solo aparecida con anterioridad en el Diario de la Marina,  con el número XVIII y fechada en octubre del 49, está dedicada a la pelota.  Resulta un texto casi inédito, y me permito citarlo en extenso:

“Sí, señor. El béisbol es uno de los grandes amores de La Habana. Un dinámico fanatismo en el que la Capital no concede alternativa a ninguna otra localidad cubana. La emoción del campeonato que se está jugando ahora es tan intensa como en los años recientes; pero mucho más compleja y bastante alarmada.

La Habana vivió con dolor la gravísima crisis del béisbol profesional cubano y suspiró de alivio, cuando muchas proezas del patriotismo, que todavía están por revelar, lograron la reivindicación o el indulto para aquellos de nuestros peloteros que fueron excomulgados por las Grandes Ligas de los Estados Unidos.

[…]

Pero el supremo béisbol profesional de allá, que acabó por ser tan diferente a las demandas del nuestro, está negando ahora permiso a sus grandes ases para jugar en el actual campeonato cubano.

[…]

La Habana, fantástica, ama demasiado su béisbol, para resignarse a sufrir en silencio los vacíos que en los clubes actualmente se contemplan, si de nosotros depende el superarlos.”

Otra de las “Sucesivas…”, la número XXII, comienza con una mención al popular jonronero camagüeyano cuya carrera deportiva se reflejó en la película de Ramón Peón8 estrenada a principios de los 50, comentario a propósito de cierto desinterés ciudadano:

“La nuestra es una ciudad que se emociona más con un jonrón de Roberto Ortiz, con la perspectiva de recibir a “María Bonita” o con una “múcura” bien sonada que con el empréstito de los doscientos mil millones, el tanto de sus intereses y la administración de ese torrente de «kilos».

Y agrega más adelante, sobre «esta alergia de los habaneros para los problemas públicos»:

“Pero tal vez de un momento a otro llegue el Mesías tan largamente esperado. No es pan y circo lo que exige nuestra ciudad para guardarse de estorbar a sus rectores: el pan le abunda y el ring trepita con frecuencia. Pide ‘su’ campeonato nacional de béisbol y lo tiene. […]

Roberto Ortiz debutó con un jonrón. Toda la atención habanera está hipotecada por el acontecimiento. Así bate su propio barro para que lo modelen sus políticos, sin arenillas polémicas, sin comisiones de glosa, con plena burla para manejar la ciudad con la bendita diligencia de unos buenos padres de familia.”

El saber lezamiano es puntual al describir la vida y los sitios cotidianos de sus conciudadanos. Luis Tiant junior, estrella criolla de las grandes ligas, cuenta emocionado al periodista su experiencia, ya entrado el tercer milenio, en la popular peña del Parque Central, ese parque habanero que es durante todo el año, al decir de Lezama en el ya lejano 1949, “una especie de ágora hirsuta”, en lo que devendría hoy la llamada Esquina Caliente.

José Manuel Caballero Bonald al hablar de ese don de recrear la realidad, escribió a tenor del centenario del ilustre vecino de Trocadero:

“El autor cubano no pertenece a otra escuela que a la que él creó y se extinguió con él, una vez cumplida su difícil y espléndida heterodoxia artística. […] un escritor cuya personalísima tarea de invención de la realidad, de juego de espejos y máscaras, fundamenta su entera actividad poética […].

En el universo literario de Lezama comparecen efectivamente unas constantes estéticas de intrincados y exquisitos aparejos, una magistral potencia indagatoria en las contingencias de un lenguaje sibilinamente personalizado: la supra verba entendida como una nueva dimensión simbólica de la palabra […]

Recomiendo a este respecto la correspondencia entre el poeta y Rodríguez Feo9 … donde—aparte de las valiosas referencias a Orígenes, la memorable revista que ambos fundaran— se despliega una luminosa radiografía de los modales humanos y los asombrosos registros culturales del autor de Paradiso.  

Con palabras del destacado intelectual español, pudiéramos resumir el registro cultural del criollo que incluyó, en su amplio universo, la pasión beisbolera de su infancia y sus conciudadanos: “es un paradigma de avidez de conocimiento […] de ese enigma que para entendernos llamamos realidad”.         

 

Notas:
 
1- En diciembre de 1990 el Instituto Cubano del Libro organizó un homenaje por los setenta de Pepe. Me invitaron a formar parte de la batería de oradores, con el consabido tema de la relación del cumpleañero con el béisbol. Pero mi declarado miedo escénico me impidió cumplir con tan grata encomienda, algo de lo que todavía me arrepiento. Sí estuve en primera fila aquella emotiva noche, y por suerte el poeta César López sacó la cara por mí, y en su sentido elogio incluyó con humor un pasaje dedicado al vínculo del homenajeado con el deporte nacional.
2- José Rodríguez Feo. Mi correspondencia con Lezama Lima (Ediciones Unión, La Habana, segunda edición, 2007, p. 55).
3- El 2004 visité el central en un recorrido rumbo a Dos Ríos. Me llamó la atención que pese a los años transcurridos y sucesivos deterioros y abandonos, la casa principal que utilizaban los dueños en sus visitas al batey —hoy local que sirve de sede a una casa de uso social—, conserva mucha de su prestancia de antaño, como testimonio de pasadas glorias y de la opulencia de sus propietarios.
4- Ciro Bianchi Ross: “Asedio a Lezama Lima”, Quimera, No. 30, abril 1983, p.32.
5- Conversaciones con el escritor y periodista Félix Guerra: “Lezama Lima: amo al coro cuando canta”,  La Gaceta de Cuba, No. 2, mayo-abril de 1993, pp. 20-22.
6-  «De este último bloque he escogido, a solicitud de Norberto Codina, tres [crónicas] y las entrego a los lectores de La Gaceta. Es un adelanto de Sucesiva o las Coordenadas Habaneras, el libro que Ediciones Unión publicará este año» (La Gaceta de Cuba, No. 5, septiembre-octubre, 2010, pp. 3-5).
7- Abel E. Prieto: “Sucesiva o Coordenadas habaneras: apuntes para el proyecto utópico de Lezama”, Casa de las Américas, No. 152, septiembre-octubre, 1985, p. 15.
8- Honor y gloria o La vida de Roberto Ortiz (1951), cinta de Ramón Peón basada en la vida del famoso jonronero cubano, y en la cual intervino el propio jugador.
9- Ver ob. cit.

 

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