A propósito de las presentaciones de Tom Gold Dance y Malandain Ballet Biarritz

Los años pasan y pesan

Andrés D. Abreu • La Habana, Cuba

Cuatro años jamás es mucho tiempo, sobre todo si es la edad de una compañía de danza. Por eso Tom Gold Dance evidencia ser una agrupación joven no obstante haber surgido de la mano y  la unión de experimentados bailarines que ya hicieron carrera dentro de las reconocidas filas del New York City Ballet, y amén de que su repertorio esté compuesto en buena medida por piezas de consagrados autores como Georges Balanchine, Jerome Robbins y Twyla Tharp.

Su director y también coreógrafo y bailarín, Tom Gold, ha logrado poner en marcha con esta fórmula una empresa danzaria de éxito pues la ecuación incluye elementos básicos que garantizan la estructura de un buen espectáculo de ballet: formación técnica y experiencia sobre las tablas en los bailarines y seductores programas por la calidad consabida de las piezas en repertorio. Así se han lanzado a conquistar escenarios del mundo y así fueron bien acogidos en el Teatro Mella durante la edición del 2012 del Festival Internacional de Ballet de La Habana, confrontando sobre todo su versión del Apollo, de Balanchine, sorprendiendo al público habanero con los desenfados del Junk Duet (estreno en Cuba), de la audaz  Twyla  Tharp;  y poniendo a prueba la creatividad y singularidad de su director Tom Gold al enfrentarse a piezas musicales de notorio impacto compuestas por los geniales  Georges Gershwin y Astor Piazzola.

Imagen: La Jiribilla
Apollo

 

Con el Apollo bailado por Tom Gold Dance los espectadores cubanos pudieron ver —a diferencia de la preciada versión que habitualmente disfrutan por el Ballet Nacional de Cuba— una apuesta más aligerada y a su vez menos monumental en el manejo de la corporalidad. El hijo del dios Zeus y la humana Leto se muestra  más greco-terrenal mientras induce a las musas en los caminos de las artes y antes de su ascenso al Olimpo aclamado por su padre.

La interpretación del Apollo por Adrian Danching Waring es bien vital en el manejo de los recursos del movimiento y la expresividad teatral y se distingue en esta  puesta por encima del resto del elenco, otorgando a su personaje el poder egregio que merece. Sin embargo esas mismas dotes del bailarín resultaron discordantes en momentos de Tango fantasie cuando compartía escena con el resto de la compañía y la obra de Tom Gold sobre los acordes de Piazzola exigía un trabajo más cuidado de elenco en su acción coral.

Manlandain mueve los resortes de la comunicación simbólica más eficaz y mantiene en equilibrio la belleza de la imagen y la fuerza de la expresión en cada frase de la coreografía...

Dentro del gustado programa hubo otras sensibles notas de desnivel e imprecisión que sugieren una necesidad de esfuerzos en el ajustar la complementación e integración de sus miembros e igualmente Tom Gold Dance precisa de ganar en una  identidad que con el paso de los años corresponderá afinar bajo un estilo más singular.

Catorce años, tampoco es demasiado tiempo, pero si puede ser suficiente para la madurez de una agrupación de ballet. Este es el caso de Malandain Ballet Biarritz, la compañía que en 1998 fundó el súper reconocido Tierry Malandain con la evidente  convicción de establecer una firme pauta universal en el ballet desde sus propias inquietudes como artista (tras una exitosa vida como bailarín continúa una carrera coreográfica de cerca de 30 años e importantes premios internacionales entre ellos el que le otorgara la crítica cubana en el 2004). Es esta una agrupación que igualmente sabe bien procurar la seducción y manejar con audacia creativa hasta los probados efectos del arte escénico pero tampoco deja dudas de que experimenta a su modo sobre los cánones del ballet con las libertades de movimiento que ha ido probando la contemporaneidad.

La compañía que representa a la personalidad y la profesionalidad de Malandain y a  la ciudad de Biarritz juega inteligentemente a los límites pero igual no se compromete al gran susto, sabe muy bien resolver las exigencias de lo académico y se recrea sin problemas en su deconstrucción, baila expansivamente aprovechando el máximo alargamiento de la entrenada línea y rueda por el suelo abrupta con similar definición y resolución, es una maquinaria casi exacta, calculada en todos los detalles incluidos luces, música, elementos escenográficos, guiños teatrales y especialmente el vestuario hasta llevarlo al desnudo. Y también tiene un alma latente, una grácil poesía que hechiza y le permite superar esos miedos que causan dentro del arte la inhumana y autómata perfección.
 

Imagen: La Jiribilla
Una última canción

 

Malandain Ballet Biarritz se mostró tal como es en el XXIII Festival de Ballet de La Habana a través de las obras Una última canción y El amor brujo y conquistó nuevamente y totalmente al público hasta obtener una cerrada ovación. La primera de las coreografías es una reciente producción estrenada en la primavera de este mismo año 2012 y es clasificada por su propio autor como “…un ballet ligero que pretende hacer olvidar, en un instante, el espacio, la existencia dura, inquieta y entristecida por todo lo que aflige al corazón y la razón…” y en verdad lo logra porque uno siente que mientras los cuadros y duetos que conforman esta pieza progresan, una dramaturgia que juega con la alegría, la nostalgia, el amor y la muerte te va desvistiendo como a los danzantes hasta llevarte a una felicidad inocente, casi ingenua.

Manlandain mueve los resortes de la comunicación simbólica más eficaz y mantiene en equilibrio la belleza de la imagen y la fuerza de la expresión en cada frase de la coreografía; enlaza con armonía hasta los más acrobáticos momentos y no los deja destellar ajenos a una composición que discurre todo el tiempo sobre bailes y breves historias que hacen crecer suavemente las tensiones hasta “el encanto de un  final feliz”, dulzón, pero suficiente como para cerrar Una última canción.

El amor brujo de Thierry Manlandain es otra cosa muy suya, es sobre todo pretextos tomados alrededor de la historia de la historia de los amores y miedos gitanos para armar su particular fiesta de pasión y fuegos. Aquí la compañía se luce sin prejuicios en su coordinado tránsito por lo neoclásico y se siente un evitar de la narración mientras se hace más evidente el gusto por el efectismo bien matizado sobre todo en el uso del vestuario y la desnudez. Pero esta es también una obra de hace cuatro años atrás y los años siempre pasan pero también pesan.     

Imagen: La Jiribilla
El amor brujo

 

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