Un lucero alumbra la prensa cubana:
el Lucero de La Habana

Cira Romero • La Habana, Cuba

La prensa cubana del siglo XIX es abundante en títulos donde figuran candiles, faroles, y ahora un lucero. El propósito era llamar la atención del lector, mediante la vía metafórica, acerca de que encontrarían en sus páginas luz, amplitud de miras, variedad y riqueza de ideas... Con ese rasgo nació en Matanzas, según afirma Antonio Bachiller y Morales y niega Joaquín Llaverías, Lucero de la Habana el 1ro.. de agosto de 1831, en un momento en que la Atenas de Cuba prácticamente emulaba con la capital en el ambiente artístico y cultural. Familias que podían asumir mecenazgos, publicaciones notables, como La Aurora de Matanzas, surgida en 1828, que arropó en sus páginas a nuestro naciente romanticismo, asociaciones como liceos, escuelas dirigidas por notables figuras de la educación cubana... todo gracias a que la zona era emporio de riqueza cañera devenida en grandes plantaciones, sus correspondientes ingenios y sus dotaciones de esclavos. No por casualidad surgió allí la famosa rebelión de Triunvirato, símbolo de resistencia de la masa sometida. Fuera en Matanzas, lo que es de dudar, dado su título, o en La Habana, sus redactores, estaban deseosos de

“manifestar nuestro agradecimiento al respetable público habanero por la favorable acogida que ha dispensado a este periódico, no hemos perdonado gasto ni fatiga para hacerle cada vez más acreedor a sus bondades, y así nos lisonjeamos de que nuestros suscriptores habrán notado en él mejoras y reformas casi diarias, ya en el empeño que hemos tomado de no retardar ni un instante las noticias políticas más interesantes de todos los puntos del globo, ya en la elección, arreglo y disposición de las materias, ya en fin, en la extensión gradual que hemos dado a la parte judicial, económica y mercantil, tan importante en una gran ciudad centro de un rico y floreciente comercio; todo lo cual es un testimonio irrefragable de nuestro celo y buen deseo”.

Después de muchas contiendas con otro titulado Noticioso Mercantil, que se publicaba desde 1813, decidieron fundirse ambos y crear El Noticioso y Lucero de la Habana, pues la competencia entre ellos era tal “que hubiera acabado con tan importantes publicaciones, si a tiempo no acuerdan sus redactores, que lo eran entonces los señores José Pereira y José María Palmer respectivamente, reunir en uno solo ambos diarios, constituyendo una sociedad anónima”. El Lucero de la Habana publicó su último número el 15 de septiembre de 1832 y al día siguiente ya aparecía con su nuevo y mancomunado título, que en 1834 quedó reducido a Noticioso y Lucero. Al reunirse las fuerzas de las dos publicaciones, ampliaron el formato y sus redactores expresaron:

“La benévola acogida con que los habitantes de esta ciudad e isla han favorecido a los dos periódicos que hasta el día de ayer circularon bajos los títulos de Lucero y Noticioso Mercantil, al paso que llenaba de gratitud a sus redactores, los estimulaba a nuevos y continuados esfuerzos, a fin de hacerlos cada día más acreedor a su indulgencia, y más propios para satisfacer las necesidades de una de las ciudades más ricas y populares del Nuevo mundo. Este deseo los ha obligado en muchas ocasiones a desatender sus intereses, y a no perdonar gastos ni sacrificio de ninguna especie, contando como su más dulce recompensa la satisfacción de hacer un servicio a su patria, y el aprecio de sus numerosos suscriptores”.

La nueva empresa creada prometía “inspirar a un público ilustrado seguridad y confianza” y dar, “además del estado de los graves intereses sociales, una honesta recreación”. Prometieron artículos de artes y ciencias, composiciones “de amena literatura” y en especial los que tuvieran por objeto “el fomento y prosperidad de la isla de Cuba, y de los demás países sometidos al cetro español”, de lo que se desprende que le dieron un particular relieve a las noticias económicas y mercantiles, pues La Habana era “una ciudad populosa, centro de un rico y floreciente comercio, y donde diariamente se terminan tantas grandes transacciones que sostienen una activa circulación y alimentan un gran número de familias, [que] impone al periodista la ley de no perderlas de vista un solo momento”.

Cada mañana, los vendedores de la prensa, apenas pasadas las ocho de la mañana, ya voceaban la venta del periódico, pero el que aparecía a esa hora no era de mayor interés para los españoles y los cubanos acaudalados, pues más bien sus páginas abundaban en frivolidades. Ellos buscaban con afán el vespertino de la propia publicación, que era un boletín de anuncios mercantiles donde se reflejaba cómo se estaba moviendo el mercado, los barcos, que habían atracado, las mercancías que transportaban y las cargas de “carbón” que traían (léase los negros sacados forzosamente de sus lugares de origen) para una próxima venta en la Plaza de San Francisco. Pagar 17 pesos oro anualmente por la suscripción bien lo merecía.

Pronto debieron reducir el tamaño del periódico, pues, dicen

“Desde que los periódicos de La Habana adquirieron las colosales dimensiones a que se los ha visto llegar, comenzó a resentirse la falta de papel de tamaño adecuado a ellas; y como en la Península no se fabrica, o al menos aquí no se importa de ella papel tan grande, se vieron los redactores en la necesidad de recurrir a los Estados Unidos, encargando remesas, ínterin se consumía la pequeña existencia que aquí se hallaba”.

Pero no estaban de suerte los dueños del Noticioso y Lucero, pues el papel no les pudo ser suministrado debido a la epidemia de cólera que se desató en la costa este de ese país —también llegó a la capital cubana en 1833 y arrancó más de diez mil víctimas— lo cual impidió la llegada al puerto de La Habana de los barcos con tan preciado bien o, en su defecto, permanecer anclados, fuera de la bahía, por 40 días. Esta situación los obligó a reducir considerablemente el tamaño de la publicación y pedían al público “paciencia, seguro de que vencido este obstáculo, volverá el periódico a su tamaño acostumbrado, y seguirá su marcha, tal cual la redacción lo tiene prometido”.

Solucionado el inconveniente, anunciaban en el número del 26 de octubre de 1832:

Por fin tenemos ya la satisfacción de poder volver a presentar el Noticioso y Lucero en su forma y tamaño natural, por haber salido de cuarentena una de las muchas partidas de papel que nos han llegado de varios puntos de los Estados Unidos [...] en lo adelante no volverá a escasearnos este indispensable artículo, pues contamos, ya en puerto, con cantidad suficiente para más de medio año, y tenemos establecidos varios conductos para que nunca falte un repuesto capaz de hacer frente a cualquier evento extraordinario.

Los editores y redactores de este papel fueron extremadamente cuidadosos en su impresión: una “ingeniosa prensa mecánica, la primera que se ha visto en este país, que tira 1500 ejemplares por hora”, buen papel satinado y tipos de excelente factura. Tan de alta calidad fue todo lo empleado, que en la actualidad este periódico puede ser consultado, pues sus páginas se han resistido al inexorable paso del tiempo y a nuestro clima tropical que engendra las dos causas principales de muerte del papel: el calor y la humedad.

Este “Diario mercantil, político y literario”, cuyo programa se basaba en “...paz, con todos los periodistas: discusiones literarias: constancia en el trabajo, cortesía siempre: imparcialidad constante, y ambición de gloria y de buen fruto en nuestros trabajo: he aquí nuestro deseo y los hechos responderán...”, dedicó amplio espacio a materias culturales, aunque siempre privilegió las mercantiles. Así, publicó trabajos sobre temas educacionales, poesías, novelas, o más bien folletines, por entregas, pequeños relatos, artículos costumbristas, de crítica y de historia literaria.

Desde sus páginas se desarrollaron constantes polémicas, fundamentalmente con el Diario de la Habana. Es de destacar la sostenida sobre el eclecticismo, que sostuvo José de la Luz y Caballero desde las páginas de este último periódico, durante los años 1839-1840, con escritores como Manuel González del Valle, que firmaba sus trabajos con los seudónimos El frenólogo y Fray Gerundio; Domingo de León y Mora, bajo el nombre de El moderado; Isidro Araújo de Lira, que firmaba Lira y José González del Valle, quienes contestaban desde Noticioso y Lucero. Estas discusiones de carácter filosófico se cuentan entre las más importantes sostenidas en Cuba durante el siglo XIX.

Una sección importante de la publicación fue la titulada “Inspección general de periódicos”, en la que se comentaban críticamente, a veces con dureza y apasionamiento excesivo, los trabajos de otros periódicos, tanto desde el punto de vista del contenido como desde el de su forma.

Al recorrer sus páginas encontramos firmas notables de la época, tanto de cubanos como de extranjeros: Antonio Bachiller y Morales, Ramón Vélez Herrera, Anselmo Suárez y Romero, el poeta Plácido, José Jacinto Milanés, los españoles José María de Andueza y Bartolomé José Crespo y Borbón, que firmaba Anfibio, aunque su seudónimo más conocido fue Creto Gangá, con el que hizo historia en las tablas cubanas, pues fue prolífico autor teatral, creador del personaje del “negro catedrático”.

Se ha señalado erróneamente que el periódico Diario de la Marina, que comenzó a aparecer el 1º de abril de 1844,  fue el continuador de Noticioso y Lucero, pero este último continuó publicándose hasta el 23 de julio del citado año, por lo que puede afirmarse que ambas publicaciones coexistieron durante varios meses y que el Diario de la Marina, de tan triste recordación entre nosotros por su sostenida hispanofilia —no olvidar que desde sus páginas “festejaron” la muerte en combate de Antonio Maceo— surgió como un desprendimiento del Noticioso y Lucero, pues los exredactores y el editor de este, Isidoro Araújo de Lira, Nicolás Pardo Pimentel, Antonio Ferrer y Antonio Xavier Martín solicitaron el real permiso, concedido por el gobierno, para fundar el Diario de la Marina.

Al revisar las páginas del Noticioso y Lucero encontramos una poesía de Plácido, entre las cientos que escribió, publicada en este periódico en 1839. Se titula “El veguero”. Leamos algunas de sus estrofas:

 

Si aceptas mi petición

cortaré cedros en Sagua,

y haré para nuestra unión

la más bella habitación

que tenga Manicaragua.

 

Donde sus hojas despliega

la planta, que hasta el confín

del mundo preciosa llega:

allí tengo yo una vega

y entre la vega un jardín.

 

En él hay para tu sien

jazmín, clavel, cambustela,

y tiene calles también

de malambo y la canela

que nacen en Caibarién.

 

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