Mariano Rodríguez vuelo y arraigo

Luz Merino Acosta • La Habana, Cuba

El nacimiento de nuestro artista en 1912 se sitúa en aquel Cambio de Siglo, una franja de nuestra historia en la cual confluyó un serial de acontecimientos de capital valor para la nación cubana, entre ellos la institucionalización del país y de la cultura. Hoy desde este nuevo Cambio de Siglo, inmersos en otro horizonte histórico, en otras realidades estético culturales y a partir de la relación distancia proximidad, proponemos asomarnos a la creación de Mariano Rodríguez.

Artista que irá estructurando una poética y si bien es cierto que no siempre gozó de una vida confortable, no es menos cierto que desde épocas tempranas obtuvo un positivo efecto y recepción. Catálogos diversos dan fe de la circulación de su obra y contribuyen a diagramar junto a la crítica su proceso creativo, sus propósitos artísticos.

La muestra Mariano vuelo y arraigo se centra en un período realmente significativo, tres lustros particulares dentro de su trayectoria entre 1950 y 1965. Acompaña a la exposición un catálogo de excelencia, estructurado por un texto, que se propone nuevas aristas sobre la producción de la etapa, un conjunto de imágenes de alta calidad y un depurado diseño.

Ante la documentación sistemática sobre este artistas, la intensa y extensa fortuna crítica que acompaña la obra, los catálogos razonados que agrupan escritura y visualidad y posibilitan darle seguimiento a una trayectoria  Qué decir?

Sin obviar su condición moderna, su proyección de avanzada y la presencia cromática que lo singulariza, Mariano se inserta en la gran tradición de la plástica de todos los tiempos, y eso conduce a indagar en su vigencia y legado. ¿Qué nos dice hoy día a los receptores, al público, en un momento en el cual el canon parece ser las instalaciones y el video arte?

Una de las posible aristas es la inclinación por aportar motivos, evocar ambientes, conformar repertorios de perfil cultural donde lo cotidiano criollo se da cita con lo cosmopolita. Hoy se habla de lo local y lo internacional podríamos también definirlo como la vocación hacia lo universal. No obstante esto no le impide encadenarse con la tradición de aquellos que le precedieron en cuanto a la necesidad de dejar constancia, por ejemplo, de los espacios visitados, las costumbres,  los tipos, los ambientes, el paso por geografías diversas, pero esa tradición Mariano la quiebra con un toque de futuro.

Su apreciación de los grandes maestros no fue la del ejercicio de la copia sino la de una postura crítica, se situaba frente a estos y dialogaba o los increpaba. No creía que Rembrandt era tan luminoso, pensaba que había franjas del Greco de mayor intensidad y que la fuerza del color la tenían Goya y Van Gogh.  Más que intentar parecerse  se inspira en los repertorios  y  posibles modelos, absorbe, conquista, metaboliza desde su yo y la respuesta será nueva, renovada o innovadora.

Le obsesionaba la construcción del espacio pues la pintura es un constructo y el espacio es la zona para colocar los objetos y las representaciones. ¿Por ello cuáles son los puntos de contactos entre el Giotto y Cezanne? Estos creadores en apariencia distantes en la coordenada crono tópica pero fundidos en la apreciación de Mariano por su concepción del espacio,  ambos crean, decía Mariano,  espacios con formas espaciales.

Esta es una de las claves del artista su sensibilidad para agrupar y desagrupar, para desplazar y conjuntar y para establecer un sistema de relaciones entre los objetos en función de las cualidades plásticas. Así ese protagonista que es el espacio se transforma se ejercita y la propia identidad del color es también espacio.

En su producción desfilan modos y maneras de componer al margen de los grupos estilísticos, el artista hace un guiño a la crítica y a los historiadores quienes se empeñan en clasificar, ante la imposibilidad comienzan los enunciados, semi abstracto, semi figurativo, etc., peculiar terminología que trata de apresar lo inapresable, una obra que se mueve entre el ser y no ser, soy y no soy, el artista interactúa con el observador al oscilar entre discursos que reajusta, manipula y otorga nuevas funciones.

Si tuviera que definir a Mariano diría que es el artista del cambio constante, de la mutación, cuando la crítica piensa que se ha estabilizado en una fórmula da una vuelta y de pronto se niega a sí mismo o simplemente reorienta algunos de los motivos iniciales, que ya no serían los mismos, porque nuestro creador no copia no se apropia, los cambios son parte de su singular manera de discursar.

Sin rubores acciona la inspiración, como ejercicio pictórico y ejercicio de vida, que representa el diario avatar de la creación, donde grandilocuencia, silencio, misticismo, dolor, se dan cita con la picardía, la criolliedad y el humorismo a través de  registros y densidades diferentes.

Mariano con empeño, rigor y emoción se muestra original, ofrece esa cara de la producción que no se puede ni medir ni reproducir y donde radica el valor intrínseco de lo singular que se construye con una sensibilidad, una cultura, una mirada de mayor anchura desde la cual incorpora y desecha en un proceso sistemático de des construcción.

Acerquémonos a Mariano desde nuestra conciencia del siglo XXI, tal vez como él hubiera querido que nos aproximáramos a su obra de manera desprejuiciada, intuyendo como él, y percibiendo la cantidad de lecturas posibles en cada una de las piezas,  subamos con una mirada abierta para valorar la pintura, las superficies, la plasticidad de una producción donde palpita ese amor por la vida y el arte.

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