Violencia de género en la narrativa femenina cubana contemporánea

Más allá de los cuerpos

Helen Hernández • La Habana, Cuba

La literatura ha sido uno de los espacios principales desde los que las mujeres han dejado las huellas de su opresión histórica. Relegadas por muchos siglos al hermetismo, la palabra escrita constituye una de las primeras vías desde las que los conflictos relativos a la dominación masculina, los estereotipos de género y la violencia, fueron revelados.

No obstante, no siempre se trata de textos con una clara intención reivindicativa. Si bien el feminismo explícito y consecuente ha tenido su voz en la literatura, a lo que nos referimos aquí es a ese retrato que desde la ficción va dejando las marcas del contexto en el que habitan las autoras a partir de sus peculiares cualidades expresivas, la manera en que asumen la feminidad, así como la elección y el tratamiento de la historia narrada. La lectura feminista de la obra cultural producida por mujeres contribuye a desmantelar sus circunstancias de subordinación, además de hacer visibles el uso de estrategias de cuestionamiento, subversión y denuncia de los órdenes tradicionales del género.

Algo así sucede en Cuba con las narradoras contemporáneas que comienzan a publicar durante la década del 90, una etapa en la que, pese a la fuerte crisis económica con incidencias en todos los espacios sociales, comenzaron a surgir una gran cantidad de autoras de ficción, en las que se percibe el propósito de contar la realidad desde una mirada femenina. Se trata de una promoción en la que confluyen generaciones diversas y en la que las mujeres y sus disyuntivas colmarán el centro de las temáticas abordadas por escritoras como Laidi Fernández de Juan, Aida Bahr, Marylin Bobes, Mylene Fernández Pintado, Karla Suárez o Ena Lucía Portela, entre otras.

La violencia, vista desde diversas aristas, se convierte para esta narrativa en uno de los tópicos más visitados, lo cual no es de extrañar en tanto refleja el devenir mismo de la condición de género heredada a través de la experiencia cultural, subjetiva y simbólica, donde han sobrevivido los rasgos autoritarios del patriarcado. Pese a la escalada pública de las mujeres cubanas en el periodo revolucionario, en el aspecto privado se han mantenido no pocas reglas de sometimiento que las siguen relegando al terreno de lo alterno, en especial por la pervivencia de criterios sexistas al interior de nuestras instituciones sociales.

Por otra parte, estas historias se inscriben en un momento en el que la sociedad toda se encontraba abocada hacia la supervivencia y en el que aflora la agresividad. En palabras de una de las principales exponentes de esta promoción, Ena Lucía Portela: “En nuestra época una historia sin violencia no es ya una historia. Es, en el mejor de los casos, una historia de segunda”. Dicha propensión a narrar los escollos sociales en los que las relaciones humanas adquieren matices coléricos, funciona en estos textos como metáfora de una realidad mayor, ficcionada desde posturas realistas, hiperbólicas o fantásticas; pero presente al fin y al cabo.

Cadenas familiares

Las protagonistas de la narrativa femenina contemporánea concurren frente a conflictos relativos a las estructuras de parentesco, los espacios de la familia, la pareja, la sexualidad y el erotismo; así como ante los requerimientos de un tipo de maternidad que exige de las mujeres la entrega plena de su ser individual. Portadoras en muchos casos de una feminidad que contradice las posturas tradicionales del género, transgresora y por tanto fustigada, las mujeres que habitan estos relatos deberán soportar la violencia, no solo física sino sicológica y simbólica. Más allá del acto de vulnerar un cuerpo, son también el silencio, la invisibilidad, el insulto, la ignorancia, la sobrecarga y la incomprensión; lugares desde los que se perpetúa la violencia de género.

El enfrentamiento intrafamiliar a este tipo de mujeres que contradicen las leyes sociales, resulta recurrente para esta narrativa. Madres, abuelas, suegras y padres intolerantes afloran como censuradores de la diversidad, lo cual apunta hacia una crisis de la familia tradicional patriarcal, representada en muchos de los casos como un espacio de engaño, represión e intolerancia para las protagonistas más jóvenes, o como un territorio de sujeción femenina, desde el cual queda sesgada su individualidad.

Es interesante notar cómo este tipo de personajes casi siempre corresponde a una generación anterior a la de la protagonista, desde lo que se subrayan los conflictos intergeneracionales entre un tipo de feminidad transgresora y tradicional. La respuesta a esta desobediencia será muchas veces signada por el maltrato, las frases irónicas o hasta el daño físico por parte de los padres, madres, parejas y familiares. La necesidad de superar el encarcelamiento femenino dentro de la institución familiar, parece, no obstante, estarse debatiendo en la búsqueda de un nuevo paradigma que marcha hacia la pluralidad de formas para entender los afectos, el amor y la maternidad, con posturas más abiertas y donde se compartan los roles domésticos.

¿Víctimas o “monstruos”? La violencia en los dominios del Eros

El erotismo constituye otro de los grandes hallazgos de esta narrativa, en la que el cuerpo femenino se libera de ataduras y se asume presto al autodisfrute. Sin embargo, de la misma manera, en muchos casos el acto sexual es asociado a situaciones de violencia, en especial en parejas heterosexuales. La violación asoma en la obra de diversas autoras como Aida Bahr, Karla Suárez o Anna Lidia Vega; mientras para otras como Ena Lucía Portela la agresividad masculina llega a convertirse en una manifestación constante. Este acto invasivo mediante el cual el cuerpo de la mujer se convierte en un objeto ultrajado a través de la fuerza del otro, parte en la mayoría de los casos de personajes cercanos a las protagonistas. Padres, esposos, padrastros o amigos íntimos, serán los responsables del abuso. Con ello, estas autoras se insertan en una de las problemáticas más sensibles en lo relativo a la violencia de género: la relación entre víctima y victimario.

La respuesta al por qué algunas mujeres maltratadas se niegan a inculpar a sus agresores, queda expuesta en cuentos como “Un poema para Alicia” de Karla Suárez, “Olor a limón” y “Madrugada” de Aida Bahr o “Bumerang” de Laidi Fernández de Juan, así como en la novela Cien botellas en la pared de Portela. En ellos, la relación de odio-amor entre la mujer y su victimario parte de un vínculo afectivo o de parentesco, con la intención de problematizar un tema en el cual no caben blancos y negros pues se inmiscuye en la amplia gama de las subjetividades humanas. Si las mujeres de estas historias resisten por mucho tiempo el dolor y el maltrato, lo harán porque han sido educadas en una dependencia que, más allá de lo material, se torna afectiva. En otros casos, ellas pasan de objetos a sujetos de violencia; mas esto casi siempre partirá de una afectación previa, casi siempre hacia alguno de sus seres queridos.

La corporalidad adquiere para las narradoras cubanas una gran relevancia, fundamental para describir la obra de autoras como Anna Lidia Vega y Ena Lucía Portela. En ellas, el cuerpo femenino queda expuesto a merced de los otros y de sí mismo, e incluso puede llegar a alcanzar ribetes peyorativos. Es maltratado, vejado, profanado; al mismo tiempo que estalla en todas las dimensiones del placer. La relación lesbiana funciona en estas escritoras como una contra-hegemonía en la que se describe un acto sexual mucho más creativo, sensible y placentero; en contraposición a los relatos de parejas heterosexuales donde prima la violencia, la incomunicación y el aburrimiento. Tales indicadores, podrían estar apuntando a la inoperancia de un modelo de pareja fundado desde la heteronormatividad y en el que se excluyen las diversidades sexuales.

Este tipo de desobediencia a los designios tradicionales del género ejemplifica lo que la crítica ha dado en llamar las mujeres “raras” o “monstruos”, denominación que atiende a la reiterada aparición de comportamientos femeninos ajenos a sus antiguos valores de pasividad, afecto y contención. Así, aparecen mujeres capaces de utilizar su cuerpo de forma desprejuiciada (“Desnuda bajo la lluvia”, Portela, 2002); mujeres que salen de sus espacios privados a la conquista y la aventura (Noche de ronda, Anna Lidia Vega, 2003); mujeres asesinas, malvadas y sujetos de violencia (Cien botellas en una pared, Portela, 2002 y “Estirpe de papel” Anna Lidia Vega, 2004); mujeres masoquistas que disfrutan el dolor (Cien botellas en la pared, Portela 2002 o Noche de Ronda, 2003 y “Body art”, 2004, Vega) o mujeres que rechazan los lazos afectivos sobre los que se fundan los imaginarios de la feminidad (Silencios, Karla Suárez).

Sin embargo, no siempre se logra esta trasgresión. El suicidio de protagonistas lesbianas, aflora en el cierre de algunos de los relatos como forma de evadirse de una sociedad que aún margina y lacera lo distinto a su propuesta heteronormativa. La imposibilidad de concretar una feminidad verdaderamente transformadora, al menos en el espacio social en el que se desarrollan dichos personajes, emerge además en las constantes mudas del realismo a la fantasía, la