Fragmento de Vida de Raúl Sendic

Un ministro responsable

Daniel Chavarría • La Habana, Cuba

Cuando el Bebe Sendic ya se aprestaba a movilizar sus tropas peludas y tomar la sede de la azucarera CAINSA para forzarlos a pagar lo estafado a los cañeros, se apareció en Bella Unión el Ministro de Trabajo, con su secretario y dos militares de Paso de los Toros, y desde sus primeros contactos con los huelguistas, pero sí, claro que sí, ustedes tienen toda la razón, y apoyando una mano camaraderil sobre el hombro de seu Pedro Bandeira Lima, el ministro, veterano profesional de la sonrisa demagoga, no faltaba más, tienen que pagar y los vamos a obligar.

Un peludo grita: “¡Viva la huelga, carajo!”. Otros le hacen coro y agitan carteles con las consignas de esos días: Patronales violan las leyes, Por la tierra y con Sendic.

El ministro sonríe condescendiente, aprobatorio. Ahora acaricia a un peludito raquítico y le pregunta cómo se llama. Y el gurí: “Eu no mi shamo nada, mais a yenti mi disi Vica.

Y el Ministro: “Jejé, qué ocurrente el pibe”. ¿Ya iba a la escuela?

Los peludos lo miran como si se hubiera enloquecido; y él: “¿Ah, no?... Pero, claro, en los cañaverales qué va a haber escuelas…”; pero él se iba a ocupar: sí sí sí, sin falta, en el próximo consejo de ministros, tan progresista él, iba a convencer al Presidente; porque lo primero que iban a hacer en aquella zona eran escuelas para los niños; y tras una seña al secretario: “Anotá eso ahí y avisame cuando llegue el día, porque estos botijitas de vida tan dura, desarrollan talentos precoces y la patria tiene que aprovecharlos, no dejarlos perder…”

Y más patria, más niñez ilustrada, mucho porvenir, más blablá; y tras soltar al Vica, ya le iba a apoyar una mano en el hombro a Sendic, animal arisco que no se deja montar ni tocar el lomo, y prefiere saltar sobre el tocón de un árbol con el pretexto de pedir silencio para que todos oyeran lo que el Ministro tenía que decirles; pero lo único que atinó a improvisar el aludido, fue que Sendic y él, ya habían ganado una huelga y ahora también iban a ganar esa otra. Para ese mismo mediodía había propuesto un almuerzo de trabajo con los directivos de CAINSA. Iba a cantarles cuatro frescas y bla, más aplausos, y despedida con gritos y carteles Abajo los violadores de las leyesGuay que se nos acaba la paciencia

El ministro se aleja sonriente con el puño en alto. Los milicos venidos con él, muy serios los dos, entrecruzan miradas de reproche.

Cuando los tres se alejan hacia el coche que los espera detrás del puente sobre el Itacumbú, Sendic ya no se aguanta aquel infundado entusiasmo del peludaje: “Epa, epa, aflojen un poco, coño, que no es pa tanto: este ganso no va a cumplir nada, es como todos los blancos d’este gobierno: se va en puras promesas.

¿Pero… cómo? ¿Y esa huelga que ganaron?

Sendic se echa a reír: “¿Ganar una huelga, Storace? Ganariola. Esa qu’él dice la guapiaron unos metalúrgicos y yo los ayudé. ¿Diande iba ese pituco perfumao a pelear por los obreros? Lo qu’ hizo fue mandarse la parte de que ayudaba porque vio que la patronal estaba jodida; pero de lo que prometió aquí, no hay que crerle ni minga. Lo que nosotros vamo a hacer es bancarle las promesas, callarnos la boca, y esperar a que los patrones vuelvan a incumplir. Ese va a ser el momento de hacernos justicia”.

En CAINSA Mister Henry acogió al Ministro en la elegante sala de reuniones. Lo acomodó en una mullida butaca y señaló un sofá para los dos acompañantes militares. Un camarero rubio vestido de verde llegó con un carrito de tres pisos repleto de licores y copas. “¿Qué desean los señores?”

El Ministro, con idea de estimular a CAINSA a comprarlo caro, inició una perorata sobre la justeza de la causa peluda. Confesó que la contemplación de aquellos pobres cañeros desnutridos y desarrapados, y de los niños sin escuela, le había producido una gran amargura.

El míster, ducho en la esgrima del soborno, le cortó la inspiración humanitaria: Ese tema lo tratarían debidamente después del almuerzo. Mientras tanto, lo mejor para la amargura era una bebida dulce: Let’s see…, podía ofertarli un traipel sec, un marí brizaaar, un cuantrou.

Después del tercer Triple Sec, el ministro echó el cuento de los cuernos que le estaban poniendo en su propia cama a un corredor de perfumes que en eso llega de vuelta. A la mujer, cuando oyó la bocina que el tipo de las colosales cornamentas siempre le tocaba al regresar, lo único que se le ocurrió fue esconder a su machucante en un armario repleto de muestras de perfume; y el reno astado de las tundras, tras echarse un polvo rapidito y dormir unas tres horas, se levanto y pasó al baño. La mujer aprovecha ese momento para liberar al refugiado en el armario, que ya no aguanta el mareo por tanto perfume olido; y casi a punto del desmayo le pregunta si ella no tendría a mano un poco de mierda para oler.

El míster se muestra encantadou con la simpatética maneira del siñor Ministrou para echar storis; y Storace añade que a él le pasa lo mismo con ese jarabe del Triple Sec, y lo que necesitaba ahora era una bebida bien amarga, y el míster: “Le gustaría al síñor Ministrou un amaretou italianou?

No no, el Ministro prefería una ginebra holandesa, sí sí, esa del porrón.

“Oh, yes, very bitter, indeed”; pero tras dos lingotazos de ginebra, como el míster le anunciara que Jean-Pierre, su chef francés, cocinero compartido por CAINSA y la comunidad angloamericana de la American Factory, había preparado una entrada de lenguado a la vichissoise…

“¿A la bichiqué?” Y el gringo, le explica que era una salsa oríyinari de Vichy en Francia. Ah, sí, entonces Storace iba a abandonar preventivamente la ginebra para combinar el pescado con… a ver, a ver…, sí, un jerez…

“Shit, what an asshole, such a stupid blend…”, pero decide halagarle el good taste; sin embargo el gringo, que no era tal sino un hijo de la pérfida Albión, prefirió un Chateau Yvonne, bien frío, y le dirigió una mirada expresiva al camarero que se alejó con paso rápido.

¿Y eso qué era?

Eso era una surprise, un deliciosou vinou blancou de sómiur…

Cuando el camarero regresó con la botella y el Ministro leyó Saumur, lamentó que sus padres no lo hubieran enviado al Lycée Français, así podría ahora lucirse citando con buena pronunciación comidas, vinos y quesos; y después de empujarse dos copas de jerez al hilo, ya servida la mesa, aceptó probar el vino de sómiur, pero como después del pescado sirvieron perdices asadas con una guarnición de coquillages rellenas de alcachofas en salsa pebre, se pasó para otro chateau, un Chateauneuf du Pape y en diez flat acabó con la botella, más otra media, y ya con un pedo respetable, no quiso comer ningún otro manjar de los siete ofrecidos por Jean-Pierre, pero empezó a tomar coñac, y cuando Mr. Henry le propuso pasar a la sala de fumar, y sugirió que los militares fueran con el mayordomo a ver su colección de armas de caza, una excelente y variada panoplia dispuesta en un pabellón vecino al edificio donde estaban, el ministro tenía todavía suficiente lucidez para comprender que la sala de fumar debía ser en verdad la sala de la coima y el soborno bonachón, y cuando míster Henry comenzó su monserga sobre la humanitaria e incomprendida CAINSA y las otras firmas circunvecinas de las que también era portavoz, fue desoído con inmensos bostezos, y muy británico ahora en su seriedad, blablá, generadoras de empleo, fuerzas vivas de la nación, el Ministro estimulado por los generosos vinos, hizo una sola pregunta:

“¿Cuánto?” Y sin mayores discusiones, ya de regreso los militares, pudieron oír que el Ministro se preparaba para volver al campamento de los desarrapados y cantarles cuatro frescas, y según relata Rosencof:

(El ministro) “Se había tirado sobre la barranca del arroyo flanqueado por el teniente Micale y el jefe de la base militar de Paso de los Toros. Recogió agua en las palmas de sus manos inseguras y se refrescó la cara, empapando las solapas de su traje oscuro. Los cañeros llegaron a su lado. El ministro no pudo incorporarse pese a su buena voluntad y a los oficios de sus acompañantes. Los peludos no dijeron nada. Al ministro se le pudo descifrar un sonsonete en medio de una declaratoria incoherente:

––Ustedes no me van a hacer otro conflicto en la zafra…ustedes no me van… a hacer… otro conflicto… en… en la zafra… Ustedes…

Otasilio Pereyra de Souza lo miró con ojos entendidos y haciendo un gesto afirmativo con la cabeza, comentó:

––Vocé tein uma boa curda, seu ministro.

Cuando el chofer y el secretario, que habían almorzado en la cocina, lo ayudaron a entrar en el coche, el ministro se durmió en el acto. Al cabo de cinco horas, sin enterarse de que los militares se habían quedado en Paso de los Toros, se despertó llegando a Canelones, y se dedicó a murmurar sobre lo hip ingrata que era la vida de un Ministro del Trabajo que se preocu hip, paba por el bienestar de los traba hip, jadores y le contó a su fiel Fermín, ya ducho en lidiarle las curdas, que había tenido un sueño en que las aguas del Santa Lucía venían mezcladas con Triple Sec y con gi hip, nebra holandesa…

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