Alicia bajo su propia sombra, de Ernesto Pérez Chang

Miradas de un narrador

Daniel Díaz Mantilla • La Habana, Cuba

Más que la historia que nos cuenta, más que las peculiares relaciones que sus personajes establecen, más que los motivos o las determinaciones sicológicas que los impulsan a actuar, a relacionarse de la manera en que lo hacen, me ha llamado la atención en la más reciente novela de Ernesto Pérez Chang —Alicia bajo su propia sombra (Ediciones Unión, 2011)—, la mirada del narrador, esa perspectiva desde donde nos muestra una “realidad”, o acaso una “irrealidad”: un escenario pesadillezco, un territorio de ruinosa oscuridad, habitado por seres perversos, torturados por el hastío o ya habituados a él. Más que las peripecias de esos seres hostiles y turbios a fuerza de sucesivas e invencibles decepciones, más que el relato, me ha llamado la atención ese espacio que por momentos parece adquirir matices alegóricos y que, por momentos también, establece inquietantes similitudes con este otro espacio que habitamos sus lectores. Solo por momentos, digo, pues los referentes que el autor maneja en su novela son demasiado vagos, demasiado imprecisos —creo que con toda intención— al punto de que resulta difícil —y más que difícil, improductivo— tratar de superponerlos o reducirlos a este mundo nuestro.

Esa vaguedad del espacio, tanto como el carácter de los personajes que en él actúan y la naturaleza de sus actos, se tornan aún más inquietantes —creo— por ese matiz alegórico o simbólico, por ese extraño halo de significación velada, acaso múltiple, que se respira desde la primera página hasta la última: una textura onírica que invita a leer como podrían hacerlo un sicoanalista o un antiguo hermeneuta. En efecto, hay mucho de símbolo en esos esperpénticos personajes: el viejo profesor Valdemar, con su figura repugnante, su fetidez y su lascivia; el Rey de los vagabundos, que ejecuta sobre el escenario de un teatro en ruinas su representación nocturna; la madre de Alicia, atada a vanas apariencias y convenciones sociales, víctima al fin de un mundo que no llega a comprender y donde no alcanza a vivir de manera auténtica; y la propia Alicia, guiada por su deseo de escapar (de trascender o liberarse) del sinsentido y del aburrimiento que la agobian… todos ellos, están llenos de un vacío generador, de una indeterminación elocuente, por sus intersticios se filtra la esencia de algunos arquetipos humanos que es posible encontrar tras muchos rostros, en circunstancias muy diversas.

Y hay mucho de símbolo también en ese país sin nombre, abandonado a su suerte en medio de un mar extenso y tormentoso. Un país que no es posible localizar en ningún mapa y que, no obstante, resulta siempre familiar: el pueblo asfixiante, los caminos polvorientos y tortuosos, la costa con sus playas, sus esteros solitarios, su mar violento, el laberinto de calles sin nombre donde la ciudad desnuda su cara terrible. Son espacios demasiado comunes y, acaso por eso, transpiran cierto aroma de universalidad, de irrealidad, como si su existencia fuese solo aparente, sígnica.

Un elemento especialmente interesante dentro de ese contexto es la luz, el tratamiento de la luz en el relato, el modo en que esa luz ayuda a percibir la actitud de los personajes ante su entorno. En tal sentido, es muy significativo el momento en que Alicia y Rosa Selavy abandonan el pueblo: la mano abierta de Alicia contra la ventanilla del tren, tratando de tapar con sus dedos abiertos “un paisaje de un rojo agonizante, de luces mortecinas, un panorama de grises, una vista lamentable” [p. 85]. O un poco después, cuando desde la ventana de su cuarto Alicia ve a Rosa huir con su supuesto hijo y advierte que “cuando uno se despierta bruscamente en medio de la madrugada, después de un sueño profundo, las luces y los cristales, las sombras de los espejos más las sombras de los párpados caídos sobre las pupilas y las pestañas fumigadas de humo, te hacen ver cosas que no son” [p. 109].

En ese ambiente de sombras, espejos, confusiones y estados alterados de conciencia —fatiga, fiebre, embriaguez, sueño— transcurre buena parte de esta novela. Desde las primeras páginas se nos revela ya el peso que estas percepciones delirantes tendrán en el relato. Veamos por ejemplo cómo se nos muestra a Eugenio Sautié, “que un día frente al espejo del cuarto, en medio de unas fiebres misteriosas, no vio su rostro de siempre, sino otro irreconocible bajo unas sombras travestidas, y le dio por pensar que todos en la isla habían comenzado a mentir” [p. 13]. Esa sensación de incertidumbre, esa suerte de paranoia o desconfianza ante lo real, que llega a ser un denominador común de todos los personajes, es la materia con que el autor construye sus escenarios y, con ellos, una actitud narrativa, una postura ante la realidad a medio camino entre la distancia crítica y la suspensión del juicio, donde cada acontecimiento —sea terrible, grotesco, hipotético o trivial— se rodea de un fulgor alegórico, como si la historia contada fuese el recipiente de otras historias sugeridas, una caja de resonancias, un amplificador de ecos, un vehículo para explorar los misterios del siempre elusivo subconsciente humano.

Como una densa pesadilla de la cual en balde se busca salir, como una red de circunstancias opresivas, absurdas, ante las que la voluntad cede y se deja llevar (o vencer) por placeres grotescos, es el mundo que se nos muestra en esta novela, escrita con la frialdad de un observador minucioso, como quien mira un rincón del infierno, sin pestañear. Y al terminar de leerla uno se queda con esa rara impresión que nos producen los sueños, con la certeza de que hay algo detrás que se nos quiere revelar, o que quizá no quiere.

Hay quien afirma que las cosas no significan por sí mismas, sino que somos nosotros quienes les añadimos el sentido; y hay quien afirma que detrás de cada cosa se cifra siempre algún mensaje. Entre esas paradojas extremas, víctima en parte y en parte seducido por la polisemia y la ambigüedad de los acontecimientos narrados, tras la lectura de esta novela que Pérez Chang nos ofrece, uno se detiene a pensar, a hacerse preguntas, buscando un ángulo para ver mejor el fondo, sabiendo que esa superficie turbia reflejará mil rostros de ángeles y de demonios, rostros que tal vez no sean el nuestro pero que tal vez también lo sean.

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