Munífica amazona

Daniel Chavarría • La Habana, Cuba

A Eusebio Leal, que bien merecería el apodo

de Crisóstomo, como Dión el rétor.

 

Aunque las mujeres rubias y muy grandes podían resultar atractivas, la Amazona nunca fue en los burdeles de Atenas más que carne del montón. Hasta que una noche, el Lechuzo vio a tres marinos chipriotas cayéndose de la borrachera mientras ella, que debía el apodo a su origen capadocio, seguía fresca como una amapola y se tomaba los restos de las jarras con las que no podían sus contendientes.

El Lechuzo tuvo entonces la mejor inspiración comercial de su vida, y tras algunos regateos la compró en setecientas dracmas.

Se la llevó al puerto del Pireo y comenzó a retar a los bebedores. Al principio, los que no podían con ella pagaban todo el vino consumido, más diez dracmas. A veces la Amazona bebía con­tra varios que se aso­ciaban; y con un solo desafío el Le­chuzo se embolsaba treinta dracmas, que en vísperas de la Guerra del Peloponeso, era una suma respetable para ganar en un solo día.

Aguijoneado por su afán de ganancias, le cambió su nombre de bárbaro origen por el de Crisóstoma. En su caso, las raíces griegas no ensalzaban la “boca de oro” de un rétor elocuente ni la calidad de sus palabras, sino la cantidad de vino que tragaba su campeona.

Nicéforo, como todos los atenienses que cayeran cautivos en  la Guerra de Samos, fue marcado con un cuño de hierro al rojo. Pero la lechuza que le estamparon en la frente para estigma y mofa, produjo un efecto contrario: el demos y el Estado de Atenas, irritadísimos contra los samios por aquella ofensa indigna de un pueblo griego, reaccionaron con devoto respeto a todo veterano que portara en la frente la lechuza emblemática de Atenea, su amada diosa nacional, la que les diera el olivo, el arado, las embarcaciones, las leyes, los números, el pensamiento sabio, y tantos otros bienes.

Por eso, cualquier lechuzo, por desarrapado que anduviese, merecía una alta consideración, pues era visto como un favorito de la diosa; de suerte que el grotesco pasatiempo de aquella amazona tan grande y desmañada, por ser propiedad de un mártir, nunca provocaba burlas ni malos tratos en el ambiente rudo de los burdeles y tabernas.

Ella, por su parte, se divertía con el nuevo ejercicio. Nunca supo lo que era te­ner la lengua enredada ni tambalearse. No pasaba de una ale­gría bobalicona que le alumbraba el rostro. Le daba por cantar y ser compla­ciente. Una vez en que bebiera veintitan­tas jarras, enternecida, acabó entregándose gratis a un marino cretense. Al enterarse, en un ataque de celos y avaricia, el amo cogió sus tiras de ter­nero y le puso las nalgas como un ramo de peonías.

Para ganar más público y acabar las apuestas en menos tiempo, el Lechuzo inventó un desafío espectacular. Sacaba una angosta tira de lana trenzada, de unos diez pasos, y la extendía en el piso de la taberna. Tras vaciar su ración, cada competidor, por turnos, debía saltar sobre la tira, en un solo pie. Perdía quien dejara de pi­sarla. Era obligato­rio recorrer la distancia de ida y vuelta y ella se lucía con la rapidez y el impecable equilibrio de sus saltos, mientras que sus adversarios, después de la quinta jarra, se iban de lado o trastabillaban. 

La Amazona cobró más fama.

Con frecuencia, los parroquia­nos de una taberna reunían dineros para azuzar a algún con­notado esponja, dispuesto por sed a inmolarse en el ridí­culo; o tripulaciones de paso, en defensa del honor nacio­nal, apostaban a escote por su propio cam­peón.

Aquello le dio al Lechuzo un resultado magnífico durante los primeros meses. Cuando la Amazona adquirió celebridad, habría podido venderla en dos mil dracmas. Pero fue corto de miras. No vislum­bró que cuando su aguante se conociera en todas las tabernas del Ática, mermarían los desafíos.

Y así fue. Al cabo de un año el espectáculo se había visto dema­siado; y reconocida como invencible, no era fácil encon­trar quien apostara en su contra.

Durante las Panateneas del Arcontado de Crates, al Lechuzo le fue mal en el juego; y para peor, dos esclavos aprovecharon una de sus borracheras y se le fugaron hacia Megara. Quedó sin dinero y sin más propiedad que Crisóstoma. 

Por fin, se hizo de una yegua, tiñó la cabellera de la Amazona del color de las granadas y la vistió con un peplo verde de suavísimo lino de Amorgos. Para mayor elegancia le dejó una teta al aire, como su compatriota la reina Pentesilea; y durante la primavera inicial del arconte Apseudes, la puso a cabalgar por los campos de la ruda Beocia, de la hípica Tesalia, y de posada en taberna llegaron a la Calcídica, y a la Tracia monta­ñosa, tierra de fuertes bebedores.

Hasta el Quersoneso Táurico llegó invicta la Amazona. Ganaron casi un talento de oro y vivieron regala­dos. 

Aquella productiva empresa itinerante lejos de Atenas, más la buena vida que se dieron, fue acortando la enorme distancia social entre el hombre libre, propietario de seres humanos y la esclava extranjera cuyas únicas habilidades lucrables eran la prostitución y su resistencia al vino.

La gran lejanía de su patria exoneraba al Lechuzo del severo trato que le imponían las normas rectoras de la relación entre amos y esclavos. Y aquella singular convivencia que duraría dos años propició el surgimiento de una insólita camaradería.

Crisóstoma, simplota e inocente, le entregaba su cuerpo con tan notorias muestras de agrado que Nicéforo, feo y siempre usado por las mujeres para sacarle beneficios, terminó por dedicarle la tolerancia y el afecto que nunca sintiera por otras; y a su modo, ambos fueron felices.

Ya entrada la primavera final del arcontado de Pitodoro, la Amazona compitió contra un soldado de Es­partoco, duro como un mulo y el doble del Lechuzo en tamaño. Se desafiaron a beber de pie, sin ningún apoyo, en medio de sendos círcu­los de tres codos de diámetro, trazados con yeso en el suelo. Una multitud les hacía corro en presencia del mismísimo Espartoco, que apostó cien dáricos de oro por el suyo.

Per­dería quien primero pisara su circunferencia.

Bebían un nigérrimo vino de Tasos, sin mezclar. El táurico babeaba ya y se le doblaban las rodillas, a punto de desplomarse. Sin dar señales de ebriedad, la Amazona se echó a pechos diecinueve cálices, pero con el vigésimo en los labios cayó muerta.

Dos meses después, en pleno invierno boreal, el Lechuzo perdía en Ol­bia, a la taba y en riñas de codornices, hasta su último óbolo. Con aquel frío, sin techo, sin poder acurrucarse entre los senos de la difunta y saborear el único calor maternal que conociera, se sintió un niño desamparado y prefirió la muerte.

También él cayó con una jarra entre las manos. Había macerado un buen manojo de cicuta, que luego mezclara con el hielo derretido de un charco.

Comentarios

habría que revisar los archivos anteriores, en ocasiones no puedo ver publicaciones viejas de algunas secciones

Como siempre, haciendo gala de sus conocimientos y aportando buenas enseñanzas a sus ávidos lectores

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