Natalia Bolívar: “Lam es el gran artista intemporal de Cuba”

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

A mitad de los años 90, como era vecina cercana de Natalia Bolívar, la autora de Los orichas en Cuba, esa suerte de biblia para los seguidores de la Regla Ocha, iba con frecuencia a su casa. En cada una de mis visitas, descubría historias diferentes sobre personas que Natalia conoció, hombres que amó, su parentesco con princesas de sangre real; y veía fotos, muchas fotos.

Una tarde, mientras manoseaba algunas de aquellas imágenes descubrí unos cuantos papeles con bocetos. El color me indicaba que eran viejos y le pregunté a Natalia por qué no los había encuadrado.  “No son míos, son de Wifredo Lam” me dijo, y bajo mi asombro comenzó una larga charla sobre uno de los pintores cubanos más reconocidos. Hoy, con la ayuda de Natalia, trato de reproducir parte de aquella conversación.
 

Imagen: La Jiribilla
Lam en Cuba, rodeado de amigos. Natalia está detrás de su silla.
Foto: Cortesía de la entrevistada

¿Cómo conociste a Wifredo Lam?

Yo tendría alrededor de 10 años cuando mi primo, Pablo Suárez, me llevó a su casa a conocerlo y, sinceramente, en ese momento no tenía suficiente conciencia para valorar ante quién estaba.  

¿En alguna oportunidad te impartió clases?

Desgraciadamente, no tuve esa suerte. Mis profesores fueron otros, pero grandes también: Hipólito Hidalgo de Caviedes, Florencio Gelabert y Baré, estos dos últimos en la anexa de San Alejandro. En Nueva York tuve otros maestros. 
"...su pintura conservará por siempre los colores de la naturaleza tropical y seguirá expresando los sentimientos, la espiritualidad y las energías que irradian todas las razas que habitan en este pedazo de mar y tierra que se llama Caribe".

La fama rodeó al pintor cubano, ¿siguió siendo un hombre asequible cuando se reconoció su valor?

Para mí era un hombre muy sencillo, simpático, hospitalario y, sobre todo, tremendo cocinero. Recuerdo que en 1965, estando embarazada, viajé a París para estudiar en el museo del Louvre, y sentía tanta nostalgia por la lejanía, que iba a visitarlo casi todas las tardes. Los deliciosos platos cubanos que preparaba, incluyendo sus famosos frijoles negros “dormidos”, lograban no solo sacarme el frío de los huesos, sino también olvidar la inmensa tristeza por la distancia de mi familia y mi casa. 

¿Lo viste pintar alguna de sus célebres piezas?

Nunca lo pude ver en plena faena; pero sí tuve el honor de ver muchas de estas piezas aún en su caballete pues, cada vez que llegaba alguien, Wifredo soltaba los pinceles y comenzaban las tertulias. Solo dibujaba bocetos y notas mientras conversábamos. Su casa, a menudo era visitada por grandes figuras del arte, como Juan David y su esposa Graciela…

¿Consideras que Lam era cubano por convicción?

Lam es cubano y caribeño por convicción, por amor, por estirpe y por sólidos principios. Solo es preciso mirar su gran obra para entender sus verdaderas raíces.

Hoy, a 110 años de nacimiento, ¿cómo lo valoras?

Lam es el gran artista intemporal de Cuba, porque su pintura conservará por siempre los colores de la naturaleza tropical y seguirá expresando los sentimientos, la espiritualidad y las energías que irradian todas las razas que habitan en este pedazo de mar y tierra que se llama Caribe.

¿Cuál recuerdo siempre viene a tu mente cuando escuchas su nombre?

En su último viaje a Cuba para recibir tratamiento médico ortopédico, estando enfermo y hospitalizado, vino varias veces a casa, y siempre me pedía que le cocinara algo especial. Por esa época yo, que siempre he disfrutado la cocina (y aclaro, cuando no es por obligación), me hice especialista en inventar pasteles de macarela, de pollo, de carne rusa enlatada… de cuanta cosa apareciera. La noche antes de su partida a París, logré hacer un pastelón tan grandote que decidí invitar a cenar en casa a amigos en común: Adelita, la fotografa chilena; Naty Revuelta; Monseñor Carlos Manuel de Céspedes; Alicia Alonso; Isabel de Amado Blanco, para que no solo degustaran semejante banquete, sino que también nos acompañaran para tener una tertulia de despedida más amena. Esa fue la última noche que lo vi en La Habana.

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