Sergio Boris en Cuba

O de cuánto necesito otra película
de Fernando Pérez

Imagen: La Jiribilla

Pareciera que Sergio Boris delira cuando intenta explicarse y explicar su obra —su trabajo que es proceso y no resultado—. Así han pensado no pocos de sus interlocutores en su Buenos Aires/país —¿qué otra cosa podemos esperar de un teatrista porteño?— y otros enclaves de la escena latinoamericana contemporánea; pero en Cuba, al menos en este primer encuentro, se nos ha parecido a nuestro Fernando Pérez —¿qué otra cosa podemos esperar?, digo—... Y Fernando, lo sabemos, no es un hombre del teatro; pero no solo en los gestos e incluso en la apariencia se asemeja a este alquimista porteño de la textura —que no del texto—, la militancia y la poesía: para el fundador de La Bohemia, como para nuestro descubridor de Madagascar, una mala función, como una mala premier, es aquella en la que solo se ha visto una obra de teatro, o una película, y nada más. Suele ocurrir con las almas delirantes. Siempre hay más.

De ninguna manera habría pensado que Boris, por cuyos cuatro costados transpira militancia y riesgo, ponía por primera vez un pie en la Casa de las Américas al mediodía de este lunes. Y mucho menos, que lo hacía como escala en su primera visita a Cuba. Con tal comodidad atravesó el hall, miró el Matta, sorbió el café bien tinto y ocupó la silla frente al auditorio de la sala Manuel Galich. Desde ese minuto y hasta pasadas casi tres horas, solo calló para escuchar preguntas, y si alguna duda quedaba respecto a aquello de la “dramaturgia de dirección”, la manera en que él mismo transformó la “conferencia”en charla la borraría de cuajo.

Imagen: La Jiribilla

Aun cuando la invitación al encuentro provenía de la dirección de Teatro de la Casa, y muchos de quienes acudían recordaban la firma de Sergio Boris sobre uno de los textos de la Conjunto 136, la presencia del argentino había revuelto también las expectativas de los cinéfilos. Unos esperaban que se refiriese a sus años de formación junto con Ricardo Bartís, con quien hizo El pecado que no se puede nombrar y La pesca; otros, de Whisky Romeo Zulù (E. Piñeyro) o de Mientras Tanto (D. Lerman), cintas protagonizadas por Boris que han tenido una importante resonancia en Cuba. No obstante, a unos y a otros dejaría con curiosidades en el tintero. Ahora lo sabemos: de locos había sido pensar que Boris pudiese en estos días hablarnos de otra cosa que no fuese de Viejo, solo y puto, la pieza teatral que desde agosto de 2011 dirige ininterrumpidamente en Buenos Aires, y cuyo proceso tomó, además, los dos años previos al estreno. Eso, en el contexto de la cartelera teatral más amplia, demandante, dinámica y referenciada de toda Latinoamérica, es mucho. ¡Pero mucho! Habría sido de locos, también, si el propio Boris hubiese pensado en que nos fuésemos a aburrir. Nos vació de nuestras expectativas y nos llenó con nuevas: así se plantea la actuación y la vida, en cuya multiplicidad halla explicación a la vicisitud, la idiotez, el ridículo, la comicidad y el asombro —y dale con Suite Habana

Nos trajo algunas escenas, filmadas durante una puesta reciente. Dos hermanos farmacéuticos, uno graduado y otro no, dos travestis y un visitador médico —en algunos países, como el de Boris, un sujeto cuya sapiencia es la mínima imprescindible para ir de puerta en puerta vendiendo remedios—. Y desde ellos, la metáfora del cruce entre los saberes, las supuestas legitimaciones y las clases sociales; una poesía visual y simbólica que no juzga ni interpela, solo muestra y propone. “Ser alguien en lo negativo”, dice el director, “una tradición fuertemente enraizada en Argentina a partir de herencias como la de Dostoievski y Arlt”. Les tomó dos años creérselo, aun cuando esta hipótesis haya sido, desde el mismo 2009, punto de partida.

Imagen: La Jiribilla

Aunque se termina acordando un texto, Sergio Boris escribe sobre la escena. Dramaturgia en relación con la actuación, dramaturgia espacial y sonora. Por alguna razón, le imagino ante un texto, y le imagino algún día, por qué no, leyendo textos como jurado del Premio Literario Casa de las Américas. Sería bueno. Por unos segundos —espero— me he ido de lo que Boris está diciendo, y cuando vuelvo, lo que escucho me hace repensar. “Viejo, solo y puto nunca fue literatura. La literatura es engañosa en el teatro. No necesariamente un texto bien escrito puede generar una excelente producción teatral: puede ser estimulante, pero también contraproducente. El actor, y no el texto, es quien puede generar el salto abstracto del teatro”. Sí, sería bueno.

Sergio se ha puesto de pie. Habla y se mueve alrededor de un punto imaginario donde, asumo, suele estar el actor. Cuando lleva puesto el traje del director, todo gira en torno a ese cuerpo explosivo donde todo bulle: “los flujos espaciales, el color, lo temático. La actuación tiene que ver con despojarse de cosas, dice, más que con llenarse, y el personaje existe más allá del cuento —otra vez, nuestro Fernando, en la Plaza de San Francisco, conduce a una decena de hombres y mujeres de La Habana que han de habitar su filme coral; les hace ser ellos mismos, con menos culpas—. De ahí que cuando trabaja con la materia social, el director debe cuidar que los actores sean explicativos: por eso asumo lo temático como un flujo. Solo así tiene fuerza teatral. Si no, obedece al territorio de la literatura”.

Aun así, pregunto cómo es posible que en Buenos Aires, reino del “teatro oficial, comercial, alternativo, independiente, europeo y hasta yanqui”, se mantenga llena la sala de Viejo, solo y puto cuando han transcurrido dos años de su estreno. Es una “permanencia que quizá tenga que ver con esa militancia que debe existir en torno al teatro: militancia que es también política, porque te enrola. El estado no entrega limosnas, y eso, sin demeritar la importancia de los apoyos gubernamentales, ha propiciado un teatro de guerrilla que ha ido cultivando un público afín. Es la explicación que se me ocurre” ─claro, a la crítica argentina se le ocurren muchas otras.   

Ojalá sea uno de los placeres del próximo Mayo Teatral: esos diez días por bienio en que La Habana respira por la escena latinoamericana. Pero, siendo realistas, difícilmente podrá Sergio Boris traer a Cuba esta obra, compleja en su escenografía. Nos queda, al menos, el registro de este, su primer encuentro en la Casa, y La pared de las palabras, la primera película independiente de Fernando Pérez, de cuyo proceso de edición ya se escurren las primeras señas.    

 

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