Exposición Agua… lo masculino y lo femenino

Pasadas por agua y otras esencias

Idania Trujillo • La Habana, Cuba

Intentar definir a la fotografía documental como aquella que se apega a la ortodoxia del rigor técnico es como arar en un desierto. Hoy día se hace fotografía documental experimentando, utilizando lo más sofisticado de la tecnología, llevando los materiales fotográficos al límite o prescindiendo de ellos; todo se mezcla y confunde, en el mejor sentido de la palabra.

En todo caso, de qué valen las definiciones técnicas, lo verdaderamente importante, la clave, está en la realidad como sujeto y las múltiples interpretaciones que las miradas de entendidos y profanos en la materia puedan hacer de esta manifestación, sin lugar a duda, artística. ¿Quién podría imaginar, por ejemplo, que “El beso”, de Robert Doisneau, maestro y pilar de la foto directa, era una imagen armada? El artista había descubierto a dos jóvenes estudiantes parisinos en un bar y los convenció para que posaran ante su lente en medio de la plaza. A los chicos les entusiasmó la idea y su apasionado beso se convirtió en un ícono reconocido en todo el planeta, tal vez, porque encerraba muchas lecturas: París, el amor, la libertad… Aún hoy aquel “beso” sigue vendiendo cientos de miles de copias.

Pero acaso testimoniar la realidad significa que todo acto fotográfico sea documental. Claro que no. Lo que pasa es que toda fotografía puede leerse desde una perspectiva documental si consideramos que responde a inquietudes, dudas, afirmaciones o negaciones a una época y un contexto particular del creador; tiene que ver con ideologías, crisis, creencias, sueños, utopías, realidades…

Echemos la mirada unos cuantos años atrás. Recordemos, por ejemplo, cuando se decidió que la fotografía documental en blanco y negro reflejaba la realidad, sin preguntarnos siquiera por qué aceptábamos esto cuando la realidad es en colores. Ahora cada vez es más difundida la idea de que la fotografía es solo una representación de esa realidad y, por eso mismo, está matizada por quien aprieta el obturador (lo que llamamos “autor”). Hablar, por tanto, en estos tiempos de autoría, de fotografía de autor, no es hablar simplemente de firmar una imagen, o de un estilo coherente de fotografiar, sino de responsabilizarse por el contenido de esa imagen (de la misma manera que lo hace un escritor, pintor o cineasta). Documentar es interpretar y comunicar, percibir, reflexionar y compartir, aclarar preguntándose, cuestionar afirmando, negar mostrando, apoyar escondiendo, combatir desplegando, entender confrontando… La fotografía documental está caminando por nuevos senderos de la misma manera que lo está haciendo la comunicación en su conjunto.

En la actualidad es más notable la influencia que puede representar la difusión de imágenes fijas porque la fotografía ha sorteado lo que para muchos era una muerte inminente ante la comunicación en vivo y con imágenes en movimiento. Al mismo tiempo, al reconocerse también la categoría autoral del trabajo documental —donde el actor principal ya no es solo la realidad sino también el creador— se asigna un enorme grado de credibilidad al fotógrafo, potenciando así los usos políticos e ideológicos del medio, sin olvidar el conjunto y contexto donde entra en diálogo la creación y los públicos.

No hace tanto tiempo se discutía la competencia entre la imagen fija y la imagen en movimiento, sin embargo ahora esto pasa a un segundo plano al popularizarse soportes de comunicación que incluyen no solo a estas dos sino también al sonido, al texto, a la comunicación directa de voz.

Pero de lo que no hay duda, es que la fotografía fija se asienta cada vez más en el gusto de los consumidores de información como una manera que permite el repaso sereno y reflexivo sobre el acontecimiento que se nos presenta. Así me sucedió con la reciente muestra Agua… lo masculino y lo femenino1, en la que exponen una veintena de artistas de la plástica en Cuba, organizada por el Proyecto Palomas y expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes todo este mes de noviembre. En palabras de Lizette Vila, directora de este proyecto cultural, se evidencia la cualidad de lo que puede lograrse con una exposición que toma como pretexto el agua como bien natural. Para la realizadora cubana, la muestra actúa como “una ventana para crear una conciencia que contribuya a un civismo ecológico desde la cultura del buen vivir, porque el agua está en nuestras vidas, en nuestro propio cuerpo y en el cuerpo de nuestro planeta”.

Imagen: La Jiribilla

 

Según explica Humberto Mayol, fotógrafo y uno de los artífices de esta muestra, “cuando pensamos en el tema del agua desde la mirada de la fotografía documental, teníamos el temor de que saliera algo caótico porque se trataba de reunir a artistas de varias generaciones, unos con una obra más madura que otros, pero donde cada quien, desde su subjetividad, creara imágenes a partir de esa realidad. Confieso que yo mismo me sentí inquieto porque tenía una doble responsabilidad, por un lado compartir la curaduría del proyecto —que tiene también un componente de video— y, además participar como artista. Mi materia prima es el ser humano y su universo, por tanto el agua es una fascinación. Mi foto es un díptico: una caída de agua en un primerísimo plano y debajo la imagen de una muchacha que desde un interior ve cómo cae sobre un trozo de la ciudad. Intenté jugar con dos símbolos: el agua y el tiempo, y en este sentido, la imagen remite a múltiples lecturas. Es una suerte de juego poético que toma como pretexto el agua para expresar un pensamiento más profundo sobre la vida, la sociedad, el presente, lo que estamos viviendo y lo que nos puede pasar en un futuro.

“Este es solo el comienzo, enfatiza, porque nuestro propósito es que esta exposición camine por Cuba y fuera del país, que se conecte con la vida de la gente, con sus problemas”.

Agua… lo femenino y lo masculino es también un mensaje por la equidad de géneros, la igualdad, la diversidad y la no violencia, principios que desde hace años promueve el Proyecto Palomas. Es también la visión artística de una fotografía que toma partido, se involucra con el tema, lo explora desde su lenguaje y poética para mostrarnos trozos y trazos de una realidad que puede transformarse con la participación de todas y todos. Solo pensar en este dato pone los pelos de punta: casi una sexta parte de la población mundial no tiene acceso al agua. El efecto sobre las mujeres y las niñas es mucho más fuerte sobre todo porque ellas llevan sobre sus hombros la obtención, manejo y distribución del agua. Las niñas sufren con más intensidad la discriminación de género, pues su papel se reduce a quedarse en casa para limpiar, preparar la comida, cuidar de los hermanos más pequeños, además de tener que ir todos los días a recolectar agua.

Imagen: La Jiribilla

Como bien se explica en el catálogo de la exposición, “el agua es una función inteligente de cooperación, concordia y alianza mediante los afectos que brotan en las relaciones privadas y públicas de cada persona, un razonamiento sobre la convivencia, para una cultura de paz”.

Según afirma Sebastián Salgado, paradigma del fotoperiodismo moderno, la fotografía no puede cambiar absolutamente nada, a lo más que puede aspirar es a mostrar que algunas cosas merecen ser cambiadas.

Sin embargo me atrevería a decir que Agua… lo femenino y lo masculino, desde su peculiar discurso fotográfico, intenta mostrarnos que se comunica lo que precisa ser transformado todos los días, incluidas las definiciones y las fronteras, y que lo que hoy está en juego es la necesidad humana de entender nuestro entorno y nuestro tiempo, de responder a los estímulos de una compleja y aparentemente absurda realidad, donde las cada vez más profundas brechas étnicas, religiosas, ideológicas o económicas permean cualquier intento de convivencia, donde utopías políticas se han derrumbado dejando al descubierto odios que siempre estuvieron latentes, donde la hipertecnología convive con la hiperpobreza, donde la confusión pareciera que nos encamina a una situación entrópica en la que, en medio del caos, no se distinguen los errores, donde el concepto de realidad se ve limitado incluso al definir una situación como surrealismo o realismo mágico. En este contexto, la fotografía documental tiene mucho que decir, no solo para estar atenta a una realidad marcada por el reloj de los acontecimientos, sino también por la representación de esta nuestra realidad ambigua que invita a la reflexión, al análisis y a la creatividad, pues la acción de ver y juzgar una obra artística es una acción de pensamiento.

 
Nota:
 
1. Conformada por 12 obras fotográficas, la expo-instalación está integrada además por una colección de aguamaniles creada por el ceramista Raciel Feria y donde navegan las aguas coloniales fabricadas por la alquimista Yanelda Mendoza. Las instantáneas fueron hechas por Juan Carlos Alom, Arien Chang, Julio Larramendi, Raúl Cañibano, Humberto Mayol, Leysis Quesada, Roberto Salas, Liudmila Velasco, Nelson Ramírez, Pedro Abascal, Lissette Solórzano, Mario Díaz y Jorge Luis Álvarez. Integran este proyecto una banda audiovisual con la selección de las obras de los artistas participantes y personas invitadas.
 

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