El Premio Vittorio de Sica

Mario Coyula • La Habana, Cuba

El martes 6 de este mes de noviembre el Presidente de la República de Italia, Giorgio Napolitano, entregó en el Quirinale de Roma el Premio Vittorio de Sica en la categoría de Arquitectura. Fue recibido por los tres arquitectos autores del proyecto de las Escuelas Nacionales de Arte en Cubanacán, La Habana: el camagüeyano Ricardo Porro, el milanés Vittorio Garatti y el veneciano Roberto Gottardi. Ellos habían recibido en 1961 el encargo de hacer en los antiguos campos de golf del Country Club de La Habana las Escuelas de Arte más hermosas de Latinoamérica… y lo consiguieron.

Irónicamente, eso mismo les valió años después ser etiqueteados como elitistas, en un debate absurdo entre los arquitectos cubanos y las instituciones afines sobre el papel de la Arquitectura en la Cuba revolucionaria. Las obras fueron interrumpidas en 1965, y la actitud hacia ellas sirvió como vara de medida para distinguir dos enfoques arbitrariamente enfrentados: los que apoyaban la expresividad en la arquitectura fueron tildados de esteticistas narcisistas concentrados en la belleza y su expresión artística personal, olvidando el funcionamiento y la economía.

Enfrente estaban los pragmáticos, abanderados de la técnica, la industrialización y tipificación de la construcción, y el control de costos; con la belleza subordinada a esos fines. Esa división maniquea identificaba a los tecnicistas con verdaderos revolucionarios, y a los esteticistas con desviados que se alejaban de los grandes objetivos sociales de la joven revolución. El Quinquenio Gris había comenzado temprano para la Arquitectura, y terminaría tarde para convertirse en el Trinquenio Amargo.

Era una lucha dispareja, con un ganador seguro y un perdedor inevitable, la Arquitectura. Convertida en Construcción, dejó de ser Arquitectura; y terminó siendo mala construcción. El conjunto de las Escuelas de Arte fue considerado como un mal ejemplo para los tiernos y maleables estudiantes de  Arquitectura, y fueron abandonadas al tiempo, la humedad y la hermosa pero invasiva vegetación circundante —y la también invasiva acción de vándalos carroñeros. Al paralizarse las obras solamente dos escuelas estaban terminadas, ambas proyectadas personalmente por Porro: Artes Plásticas y Danza Moderna. Música y Ballet, las dos proyectadas por Garatti, quedaron inconclusas, aunque Ballet estaba ejecutada al 90 por ciento. Artes Dramáticas, a cargo de Gottardi, solo alcanzó una tercera parte. Sin embargo, las Escuelas siguieron formando creadores de alto nivel. El conjunto de las cinco escuelas y su entorno fue declarado Monumento Nacional en 2010 y está recogido en la Lista Indicativa para ser designado Patrimonio de la Humanidad.

Las Escuelas de Arte de Cubanacán son una obra magnífica de Arquitectura e integración al paisaje, con los rojos muros curvos o angulosos de ladrillo a vista y las grandes cúpulas y bóvedas de rasilla destacando vivamente contra el verde exuberante de la vegetación. Es un ejemplo magistral de una impactante sensualidad espacial, volumétrica y táctil; sustentada sobre una sólida argumentación conceptual. El conjunto extrajo y reinterpretó sin asomos de pastiche elementos esenciales de la arquitectura colonial y popular, como el ritmo infinito de columnas en los soportales de las calzadas de Centro Habana; y el manejo de la luz y la sombra bajo el violento sol de Cuba.

La obra consiguió —con un lenguaje en definitiva abstracto, como es el de la arquitectura— una alusión al componente afro en la cultura visual cubana, de la misma forma en que Wifredo Lam lo había hecho en su pintura. Esa alusión llegaba, como decía un Porro siempre provocador, a los pechos y nalgas de las mulatas, y ese homenaje corporal culminó en la equívoca escultura suya en la plaza de Artes Plásticas, a la que algunos espíritus pacatos decidieron suspenderle al menos el conspicuo chorrito de agua.

Las Escuelas de Arte reflejan fielmente la época en que fueron gestadas: un momento en que todo parecía posible, y la Revolución se identificó con el país y con el mundo. Fue una obra única, fuera de serie, irrepetible, que ofreció desde sus primeros momentos esa rara impresión de perfección esférica en la que nada sobra y nada falta, dando la apariencia de que todo ha estado allí desde siempre, esperando por uno. Es la obra de arquitectura cubana posterior a 1959 más conocida y apreciada internacionalmente. Pero las Escuelas no crearon una escuela de Arquitectura. No podían, porque fueron hechas a la medida para ese lugar y ese momento. Un intento de imitarlas en el pueblo de El Cano fracasó, como sucede siempre que se trasladan unas formas sin interiorizar su contenido ni el contexto que las condicionan.

En el año 2002 el World Monuments Watch colocó a las Escuelas de Arte en la Lista de Patrimonio en Peligro. Las obras recomenzaron, y en 2004 las Escuelas fueron retiradas de la Lista y el WMW felicitó a las autoridades de Cuba por el rescate de ese bien patrimonial. Solamente Gottardi se había mantenido residiendo en Cuba, pero los tres autores siguieron en contacto con sus obras. Las dos escuelas de Porro fueron completamente  rehabilitadas, y se trabajó en las investigaciones, programas y proyectos de las otras tres, con participación estrecha de los autores. La crítica situación económica del país motivó otra paralización de los trabajos, que actualmente se mantiene.

Los tres arquitectos de las Escuelas, vivos y activos, enfrentan medio siglo después el poco usual reto de restaurar sus propias ruinas. El tiempo transcurrido plantea además algunos problemas conceptuales muy interesantes sobre el alcance de los derechos de autor, las intervenciones en edificaciones patrimoniales, los ajustes y cambios de programa con el paso del tiempo, e incluso de posibles modificaciones físicas; con matices diferentes según el grado de terminación que había alcanzado cada escuela.

Las dos escuelas de Porro, que al paralizarse las obras ya estaban terminadas, son intocables; pero ¿y las otras? Artes Dramáticas estaba muy atrasada, y su propio autor reconoce sabiamente que todo ha cambiado: el contexto mundial y nacional, los programas de enseñanza del teatro… y él mismo como arquitecto y como persona. Pero los programas cambian más rápido que los proyectos, y Gottardi lleva hechos cuatro o cinco diferentes. ¿Cuándo parar?

El caso de Ballet es distinto. La obra estaba casi completada. Tres o cuatro meses más tarde, habría que tratarla como a las de Porro, es decir, como monumentos terminados intocables. Lo que corresponde ahora hacer con ella es reponer todos los elementos que fueron saqueados y completar lo poco que faltaba por hacer en el proyecto de Garatti.

Mientras tanto, la escuela de Ballet, con sus hermosísimos domos de rasilla, sigue enfrentando el acoso del tiempo, el cerco asfixiante de la vegetación tropical, y la amenaza de un río que en ocasiones la inunda. Es vital aprovechar cualquier oportunidad para rescatarla, siempre que sea con dignidad; y librarla de un destino romántico pero doloroso en que termine tragada por la Naturaleza, otra vez testimonio de su época, para ser redescubierta un día como una ruina maya perdida en la jungla.

Desde un rincón del Olimpo, Vittorio De Sica hace un guiño cómplice. ¡Salve, Maestro!

La Habana, noviembre 16, 2012

 

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