¡Prepárate, que viene el tren…!

Guille Vilar • La Habana, Cuba

Aplaudo la iniciativa de dedicar el dossier de la primera edición de nuestra revista en el 2013 a una orquesta que nos ha abierto los caminos para el goce de su amplia obra musical desde hace más de cuatro décadas. No se podía escoger un tema mejor para empezar con energía y optimismo el nuevo año. Sin embargo, conozco a quienes consideran un desliz dedicar el esfuerzo del intelecto a reseñar el quehacer de una agrupación de música popular bailable —peligrosa dispersión para quien pretenda sentir los fundamentos de una nación, si desconoce los orígenes que conforman el impacto de la impronta de Los Van Van en la cultura cubana.

   Imagen: La Jiribilla
                                                                 Foto: Archivo

 

Bailar con esta orquesta, implica el privilegio de constatar, en vivo y en directo, un producto artístico legitimado cuya vigencia en el presente venturoso no permite que jamás se hable de ella en pasado

Si se ha propuesto a esta orquesta no es, necesariamente, por el tiempo que ha durado, sino porque su obra se encuentra profundamente enraizada en nuestra sensibilidad, cual especie musical endémica de esta Isla. Puede que todo sea más claro si se explica el complejo Van Van a partir del misticismo que singulariza al arte como manifestación espiritual del ser humano y quizá, entonces, podamos entender por qué cuando esta orquesta suena, no hay diferencias de raza, posición social o edades. Sin duda, se trata de un misterio, de una fuerza mayor que mueve multitudes para responder como un conjunto compacto, hipnotizado por la magia de una música ya legendaria.

Y que nadie se moleste en explicar que semejante aceptación se debe a la presencia fortuita de determinados cantantes en las distintas etapas de la orquesta o a ciertas piezas que constituyen clásicos no solo del repertorio de Los Van Van, sino del patrimonio musical de nuestro país. Mucho menos se pretenda abordar la popularidad de la orquesta a partir de la manipulación de un sofisticado estudio de marketing —solución de emergencia estructurada para quienes pretenden vivir de la música sin estar dotados de los ingredientes necesarios para triunfar en dicha profesión—. A estas alturas del juego, tenemos la convicción de que, si bien cada vocalista ha sido imprescindible en el momento que le ha tocado, Los Van Van no han conocido momentos de mala racha.

En cuanto a sus éxitos, cualquier agrupación puede tener en su repertorio una buena dote de estos, pero en el caso de esta orquesta, es algo que se sale de lo normal, porque desde el primer disco de la colección, cada nuevo material ha conseguido colocar una buena parte de las canciones que lo integran en el gusto de la gente. Es que la música de Los Van Van representa mucho más que la motivación para echar un buen pasillo: es compartir una especie de tornado existencial que conmueve la esencia de nuestra identidad; es complementar, a partir de la música, la  satisfacción colectiva que implica ser ciudadanos de este país, desde sus logros y dificultades hasta sus costumbres y tradiciones, conscientes de la honra de ser cubanos.

 

Imagen: La Jiribilla
Foto: Iván Soca

 

Bailar con esta orquesta, implica el privilegio de constatar, en vivo y en directo, un producto artístico legitimado cuya vigencia en el presente venturoso no permite que jamás se hable de ella en pasado porque, sencillamente, este no existe. Para las piezas de Los Van Van, el tiempo no transcurre. Es asumir un concepto aglutinador donde títulos de épocas distantes entre sí como “Por encima del nivel” (conocida popularmente como “La sandunguera”), “Azúcar” y, más recientemente, “Un año después” (bautizada “Que cosa la costurera”), convergen en una inmediatez temporal unitaria.

¿Representan Los Van Van una bendición, un regalo del destino para el pueblo cubano?  Puede ser. Pero, a la vez, sabemos que la respuesta más acertada es bien terrenal. Todo, absolutamente todo, sobre lo que hemos hablado, tiene su origen en el talento, tesón y clarividencia del maestro Juan Formell, quien permanece con las mismas ganas de hacer por y para su orquesta como en aquel lejano 4 de diciembre de 1969, donde ofreció su primer concierto en La Rampa capitalina. De todo esto se desprende que para nada resulta gratuito que en la pieza “Ven, Ven, Ven”, el solista Robertón cuando da entrada al montuno, exclame: ¡Prepárate, que viene el tren…!

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