Raquel Revuelta: en el espejo de la memoria

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Tiene al fin La Habana un teatro que lleva su nombre. Algo más que un teatro: un espacio que servirá de amparo a espectáculos, diálogos y otras maneras de ser dentro de ese mundo virtual al que ella dio una elegancia y un aire trágico que parecían estar ligados a su fotogenia, a la belleza de un rostro que se preserva en estas fotos y que ella desatendió tercamente. Raquel Revuelta soñó con ver aquí, en esta esquina del Vedado tan cercana a escenarios donde ganó aplausos y batallas, una edificación que diera nueva existencia a Teatro El Público. No lo logró en vida, pero sí lo ha logrado en la vida de los artistas que perduran más allá de sus presencias físicas, en la perdurabilidad de los gestos que trazaron para que la memoria acoja, a manera de imágenes imborrables, la persistencia de lo que ellos encarnaron.

Imagen: La Jiribilla

Raquel Revuelta fue, a lo largo de su extraordinaria carrera, mucho más que el rostro seductor de Un romance cada jueves. Si a ese famoso programa televisivo debió buena parte de su popularidad y reconocimiento, alternaba con tales emisiones la subida a las tablas para no perder el contacto real con un auditorio ante el cual ella fue Juana de Lorena, Chen Te, Madre Coraje, Santa Juana de América, o una de las tres hermanas. Laurencia en Fuenteovejuna, Laura en La casa vieja, Doña Luciana en El becerro de oro, Alissa en Comedia a la antigua… son otras páginas de ese álbum que ella respiró y nos legó, intercalados entre los arranques de su inolvidable Doña Bárbara y los arrebatos de Lucía y Cecilia, a las órdenes de Garriga o Solás. El tiempo, que suele ser el más cruel espectador, nos arrebató la posibilidad de verla en otros papeles, y no deja de ser irónico que su última presentación teatral haya sucedido en México, encarnando a una especie de diva en retiro. Como sucede con muchos grandes actores, Raquel llegó a sentir el ahogo de enfrentarse cada noche al lunetario, y sus labores como directora, profesora o funcionaria fueron desplazando a la actriz que, dondequiera que fuese, seguía siendo reconocida por encima del olvido y de los años de aparente ausencia. Pero ese desplazamiento es solo una nota biográfica. Ella era la Actriz, hiciese lo que hiciese. Las fotos que de ella vemos, donde esplende en varios de sus mejores empeños o sonríe junto con su madre y su hermano Vicente, nos lo dejan saber sin arrogancia.

Los que llegamos a conocerla, los que sabemos señalar en qué butaca de la primera fila de la sala Llauradó prefería sentarse para dirigir ensayos o ver alguna puesta en escena, recordaremos su paso más o menos ingrávido, y la fuerza de esa mirada que era capaz de paralizar todo a su alrededor. Más que una mujer fue un carácter, y de eso provienen las anécdotas que, para bien o mal, insisten en retratarla de manera extrema. Una actriz talentosa, al referirse a ella hace algunos años, empleó el término “controversial”. Y quién duda que lo era. Escondió armas durante la lucha contra el batistato, salió en defensa de sus actores cuando vino el tiempo gris de los 70, manejó con mano dura el repertorio y los elencos de Teatro Estudio. Renunció a una vida de mayor fama en México para salir, tarde por tarde, a su balcón para contemplar La Habana. Murió para que, entre otras cosas, pudiéramos entender desde su ausencia que la capital y el país perdían a uno de sus mitos más espléndidos. Ojalá este teatro, ahora, nos deje evocarla no solo como un nombre en su fachada. Las actrices y los actores de verdadero genio dejan una estela que, acaso sin saberlo, heredan hoy otros intérpretes: discípulos de lo que ellas y ellos nos regalaron como ilusión.

Raquel Revuelta nos mira ahora desde el espejo que es la memoria. Mirémosla como quien la aplaude, admirémosla como quien le entrega un nuevo ramo de flores, bajo la lluvia habanera que puede ser una ovación.

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