Reflexiones acerca de la pintura de Wifredo Lam*

Situado ante la realidad, el artista suele ser objeto propicio para hacerse cómplice de un oscuro proceso de revelación. Valores inadvertidos se imponen, de pronto, a su espíritu, dando un sentido preciso a las apetencias creadoras.

Imagen: La Jiribilla
"Los Novios", 1944

 

De ahí esos descubrimientos inesperados, hechos sobre materia conocida, pero inexplorada o menospreciada durante siglos. Un día Mussorgski halla los fundamentos de un estilo nacional ruso en cantos populares que eran del patrimonio colectivo. Rameu descubre la ley de inversiones de acordes en una sustancia musical trabajada desde el Renacimiento, en que nadie había visto la clave reveladora. Wagner dio vigencia a mitos germánicos que parecían haber perdido toda fuerza activa. Picasso nos enseñó a ver un arte negro que se apolillaba, desde hacía años, en las vitrinas del Museo del Trocadero de París.

Hasta que Stravinsky y Milhaud trabajaron con elementos rítmicos norteamericanos, nadie supo escuchar un jazz en Europa. En ese terreno, los ejemplos son incontables.

Es tal vez en la capacidad de crear una atmósfera, con elementos tomados a la realidad y transfigurados por el estilo propio, donde se advierte la presencia del artista superior. Un Caplet, un Ingelbrecht, un Glazounoff, un Teneieff, fueron excelentes músicos, más conocedores de su arte, tal vez, que otros que pasaron a la posteridad. Pero fueron incapaces de traer una atmósfera peculiar al universo de los sonidos —como el pequeño Poulenc, por ejemplo. Lo mismo ha ocurrido en lo pictórico, con hombres como La Fresnay, Lurçat, Metzinger. Lo mismo en poesía, con René Ghil, León Deubel y otros.

Eso es lo que tal vez no advirtiera, entre nosotros, un Poveda, muy al tanto de lo que se produce en París, y que consagraba páginas de delirante enternecimiento a la coronación de León Dierx, como “príncipe de los poetas franceses”... pero ignoraba la existencia visionaria y agorera de Isidoro Ducasse, conde de Lautréamont.

Muchos logran eludir una influencia: no parecerse a nadie. Pero no por ello son capaces de crear una atmósfera. Rompen cadenas y se liberan. Pero no saben qué hacer con su libertad.

Muy a menudo la creación de una atmósfera peculiar, inseparable del estilo, se debe, en el artista, a una obsesión de elementos atados a raíces subconscientes. Las potencias inadvertidas de la realidad eligen sus médiums para darse a conocer a todos. Algo está por escribirse acerca de un proceso cuyo ejemplo más elocuente se encuentra en el buitre de Leonardo da Vinci, descubierto y estudiado por Freud. Todo Wagner está dominado por la idea fija del renunciamiento. Marcel Proust, por su inmovilidad de asmático ante una humanidad terriblemente activa, interesada, por razones de casta, en ocultarle sus pasiones. Hay motivos de atavismo en el amor del Picasso de las naturalezas muertas por guitarras y frascos de Anís del Mono. Silencioso por timidez congénita, Debussy es el músico que más ha especulado con valores de silencio. Por un misterioso proceso de ambivalencia, de self defense subconsciente, Milhaud se muestra más francés en su obra, a medida que su persona se ve más amenazada por una ola de antisemitismo.

Claro está que, en muchos casos, es un colorido, una pauta, un modo de decir y de ver, lo que origina, rápida o lentamente, la atmósfera poética o plástica que identifica la obra de un creador. Pero esto atañe sobre todo al cómo —o sea: al estilo. Si se busca bien, se descubre siempre la presencia de una obsesión —objeto o cosa, idea, símbolo, mito, imagen— en la criatura artística. La columna trunca y el caballo de friso —marco de infancia— en el griego Chirico. El Pan y la Virgen en un Claudel, que nunca pudo despojarse, al hablar, de su acento campesino. La desmedida afición por el uso de las trompas en Ricardo Strauss, hijo de trompista. La exaltación de una sexualidad fuerte y sana en un Lawrence, tímido sexual."...Lam, a pesar de su largo alejamiento de Cuba, no podía arrojar su lastre de visiones subconscientes; recuerdo de vegetaciones conocidas en su infancia semicampesina".

Son estas obsesiones, estas torceduras, las que hacen del artista un sujeto apto a determinadas revelaciones, haciéndole ver al desnudo, en el mundo de la realidad, riquezas que, para la mayoría de sus semejantes, se ocultaban bajo la pátina de lo cotidiano. El artista procede, en cierto modo, como el perito que descubre la existencia de una Anunciación del Greco bajo el óleo mediocre de un principiante, falto de lienzo.

La obsesión de lo vegetal suele ser bastante rara en un pintor. La de lo animal es frecuente, siendo el admirable Snyders la más perfecta ilustración del caso. Pero la planta por la planta, el tallo por el tallo, la hoja por la hoja, fuera de todo funcionalismo de fondo o marco de figura, con todas sus implicaciones y deformaciones, es tema que solo solicita muy de tarde en tarde un artista plástico. Es sorprendente observar hasta qué punto nuestra época, tan rica en anatomías y zoologías imaginarias, ha sido pobre en botánicas imaginarias. Las plantas míticas de Giacometti, en escultura, constituyen la única excepción apreciable. (No hablemos de los recientes dibujos tropicales de André Masson, absolutamente lamentables por su grafismo torpe y su indigencia creadora.)

En el cubano Wifredo Lam, la obsesión de la planta cobra la importancia de una idea fija. Aun en sus lienzos de hace años, en aquellos que sus amigos agrupaban, guiados por vagas analogías, bajo el título de época egipcia, advertíase la presencia ineludible del pétalo, del tallo, de la hoja, del tentáculo de enredadera. Era frecuente que un personaje fuese más vegetal que humano, llevando vestido que evocaba el tejido de lianas y parásitos que, en el trópico, suele ahogar lentamente un árbol por proceso de asfixia. Y es que Lam, a pesar de su largo alejamiento de Cuba, no podía arrojar su lastre de visiones subconscientes; recuerdo de vegetaciones conocidas en su infancia semicampesina.

El trópico solo suele comprenderse y sentirse cuando se regresa a él después de prolongada ausencia, con las retinas limpias de hábitos contraídos. Y es entonces cuando se le detalla. Henri Michaux, después de ir del Ecuador al Atlántico por tierra, afirmaba que quienes hablaban de la monotonía de la selva virgen no sabían ver la selva virgen. El método, según él, consistía en elegir un árbol entre millones de árboles — ¡uno solo!— y examinarlo minuciosamente de la copa a la raíz. Por un solo ejemplo se obtenía la síntesis de todo un universo vegetal, con sus luchas obscuras, sus selecciones, sus defensas, su lirismo ciego.

Algo parecido hizo Lam descubriendo lentamente el valor plástico de las plantas que crecen en el jardincillo de su casa. Nunca salió al campo a cazar paisajes con un caballete el hombro. Como Michaux, se sentó ante una caña, una malanga, un plátano, una enredadera de calabazas, examinándolos a fondo. Y rápidamente se operó en él un proceso de revelación. Solicitado por atavismos precisos, libres los ojos de imágenes preconcebidas o de formas d’après l’art en lo criollo, Lam comenzó a crear su atmósfera, por medio de figuras en que lo humano, lo animal, lo vegetal, se mezclaban sin delimitaciones, animando un mundo de mitos primitivos, con algo ecuménicamente antillano, profundamente atado, no solo al suelo de Cuba, sino al de todo el rosario de islas. Ajena al documento, su pintura sin anécdota local no hubiera podido ser concebida, sin embargo, por un artista europeo.

Todo lo mágico, lo imponderable, lo misterioso de nuestro ambiente, aparece revelado en sus obras recientes con una fuerza impresionante. Hay un cierto barroquismo en esas composiciones exuberantes, en gravitación alrededor de un sólido eje central. Las figuras se metamorfosean, haciéndonos pensar en esos prodigiosos infusorios de nuestras costas que hacen de una secreción transparente roca indestructible. Porque así como el paisaje europeo suele ser estático, ordenado, inmóvil, por su índole —como el de Castilla— o por hábitos debidos a la voluntad del hombre —como el de Francia—, el paisaje del trópico se nos muestra en un constante devenir. Un mogote, cuando se le observa de cerca, es fragua infernal, donde la roca, de origen marino, llena de caracoles petrificados, es desintegrada por una vegetación feroz que se encuentra, ella misma, en proceso de desintegración. Hay árboles, como el drago, que ni siquiera observan una disciplina morfológica, adoptando un aspecto distinto con cada ejemplar.

Es esto lo que Lam ha sabido ver y expresar, en su mundo plástico, con raro vigor. El cuadro monumental de “La jungla”, y todos los que lo anunciaron y de él derivaron, constituyen una aportación trascendental al nuevo mundo de la pintura americana. Hay creación en función de ambiente. La realidad y el sueño se confunden. La poesía y la plástica se hacen una. Hay atmósfera de mitos y de color, plenamente original. Hay mundo propio. En ello está la fuerza de Wifredo Lam —fuerza advertida y sentida por los críticos que comentaron, en la prensa americana, su reciente exposición, dada en la Galerie Pierre Matisse de New York.

 

*Alejo Carpentier. “Reflexiones acerca de la pintura de Wifredo Lam”. Gaceta del Caribe, La Habana, julio de 1944, pp. 26-27.
Texto cortesía del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam

 

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