Rodolfo Rodríguez: “El ballet es cosa seria”

Helen Hernández Hormilla • La Habana, Cuba
Foto: Nancy Reyes

Pudo ser basketballista, obrero, cantante de tango; pero lo que no estaba en sus planes era convertirse en bailarín. A sus 17 años aún no había asistido a una sola función de ballet y era un muchacho parecido a cualquier otro de los barrios populares de Buenos Aires. Sin embargo, un día logró juntar el dinero del tranvía para llegar al Teatro Colón siguiendo a una joven de la que se había enamorado. Era bailarina, lo mismo que cada una de las mujeres importantes de su vida, y gracias a ella todo le cambió. La maestra de la chica lo convidó a recibir clases gratis al notar su interés por el baile pues, como siempre, faltaban hombres en la compañía. Luego, le regaló unas entradas para Las Sílfides, con música de Chopin, y la fascinación que le produjo terminó de sellar el destino de Rodolfo Rodríguez.

Imagen: La Jiribilla

 

A solo dos años ya era primera figura del Ballet Estable del Colón, uno de los más importantes teatros de América Latina. No tuvo suerte, aborrece esa palabra pues ese es “el refugio de los fracasados”. Horas de ensayo y trabajo duro, unidas al físico apropiado, la mente abierta, las cualidades para interpretar y el amor al ballet, garantizaron su éxito pese al comienzo tardío. “Me tomé el arte en serio y me esforcé mucho, aunque siempre me llamaban vago porque estudiaba menos que los demás”, evoca.

Trabajar junto con maestros como Sergue Lifar, Antony Tudor, Tatiana Gsovski, David Lichine, Vasili Lambrinos, Michel Borovski y Nicolas Esverev terminó de formar lo que auguraba el talento. En el Colón protagonizó obras del repertorio clásico y contemporáneo, entre las más recordadas, la versión de El pétalo de la rosa que montó Esverev especialmente para él.

Quienes vivieron la etapa fundacional del Ballet Nacional de Cuba (BNC) lo recuerdan como el príncipe Sigfrido del Lago de los cisnes, el Colin de La fille mal gardée y el Albrecht de Giselle, roles que interpretó de manera magistral durante su estancia en la Isla como primer bailarín de la compañía, de 1960 a 1968. Muchas de sus técnicas y movimientos marcaron el estilo del baile masculino de la escuela cubana, de la que fue uno de sus primeros maestros. Bailó con las nacientes joyas de la danza: Loipa Araújo, Aurora Bosch, Mirta Plá y Josefina Méndez, mas su principal estela la dejó como partenaire de Alicia Alonso en Giselle, El lago de los cisnes, Coppelia, Las bodas de Aurora, La fille mal gardée, Don Quijote, Cascanueces, El sombrero de tres picos, Capricho español, Mestiza, entre otras creaciones. Con ella visitó los escenarios de Europa, Asia y América y le ayudó a fundar el proyecto que entonces parecía una utopía: convertir a una pequeña isla en medio del Caribe en referencia de la danza mundial.

Pasaron 46 años antes de que Rodolfo Rodríguez regresara a Cuba, una ausencia llena de reales añoranzas. “No pude extrañar algo de lo que nunca me fui”, sentencia, pues siempre estuvo al corriente del devenir del ballet cubano. Después de partir estuvo nuevamente en el Colón, dirigió el Ballet del Teatro Argentino de La Plata, el del Teatro de la Fundación Teresa Carreño de Caracas y ha sido maître y coreógrafo en numerosas compañías danzarias, sobre todo de EE.UU.

Mas cuando corre la séptima década de vida las decisiones trascendentes deben apremiarse, de ahí que decidiera visitar Cuba nuevamente, para constatar lo que también con su esfuerzo se había alcanzado.

"Casi todo en el ballet cubano viene de Alicia Alonso, sin proponérselo. Tuvieron a quien seguir. La limpieza de la quinta posición, el señorío en las damas en escena, lo tomaron de ella. Las cubanas tienen una feminidad peligrosa y eso llega a la danza. Pero la calidez, la fineza de los cuerpos, nace de la imagen que siempre han tenido de lo que es una bailarina clásica.

Es uno de los invitados especiales al 23 Festival Internacional de Ballet de La Habana, pero no le gusta que lo califiquen como “maestro”. Es simplemente un hombre nacido en un barrio de tango que ha vivido por y para la danza. Conversa como tal, sin las poses engoladas, buscándole siempre al asunto algún matiz lúdico. No se piensa leyenda, aunque sabe que los muchachos del ballet llegan hasta el Hotel Presidente solo para saludarlo, porque alguien les contó que vienen de él muchas de las piruetas que aprenden y el modo distintivo con que los cubanos giran a la bailarina.

No pierde el acento, pero difiere del típico argentino. Puede ser que algo del chiste y la elocuencia cubana se le quedaran pegados, comenta su esposa Mercedes. Hacer una escuela como la que tienen acá, me dice, no podía ser más que una cubanada, “porque en esta isla todo se exagera, como los sándwiches enormes que hacen y, así y todo, se los comen”.

A los jóvenes que comienzan aconseja sentido autocrítico: “Que se den cuenta si sirven o no, si tienen un cuerpo apropiado para bailar”. Los que quieren estudiar en Cuba deben saber además que viven en un medio donde se conoce lo que se está haciendo. “La Escuela Cubana de Ballet existe por los grandes maestros que se han formado de esta manera”, arguye, mas existe la deuda de escribir esa historia y metodología, pues hasta que no esté en blanco y negro, “la escuela no existe, no podemos seguirla”.

Cuando le pregunto cómo llegó a Cuba reacciona al momento: “en avión”. Y, luego de mofarse, me cuenta sobre la visita del ballet cubano al Teatro Colón de Buenos Aires en el 59, cuando ya Alicia era, casi, el mito de hoy. “Por ética artística las compañías que van a los grandes teatros invitan a los artistas de allí a tomar una clase juntos y aunque era muy indisciplinado esa vez, por las cosas que tiene la vida, tomé la clase. Lo hice para estar entre mis compañeros de oficio, pero de repente me ofrecieron venir a Cuba porque la compañía estaba agradándose y faltaban hombres”.

Compartir la escena con Alicia lo consideró un triunfo y los tres meses pactados se convirtieron en ocho años donde no le importó perder todo lo que tenía en Buenos Aires: una novia buena, el retiro en el Colón, un apartamento… “Me impulsó el gran prestigio de Alicia y lo que me gustaba verla en escena. Cuando tuve un contrato, hasta me daba gracia que me pagaran por darme el gusto de bailar con ella. Por otra parte, me sedujo el ambiente que encontré, totalmente distinto al que había vivido en Argentina. Los hombres tenían unas ganas enormes de bailar ballet clásico y, aunque no existía la profesión, ellos buscaban su platita en los cabarets y la televisión y después venían a tomar las clases. Tenían más seriedad que cualquier profesional y me enamoré de ese deseo. También de que esta cubana, con su nombre grande en Nueva York, en Argentina, en medio mundo, se estuviera destarrando la vida para sacar adelante el ballet en su islita. Ojalá yo amara a mi patria como Alicia ama a su Cuba, a la que ha dado su vida y arte.

“Cuando me preguntan que aprendí de Alicia respondo que nada, lo cual es una mentira, pero también realidad. Sus mañas se me fueron pegando como la gripe, pero nunca me hizo una corrección que me hiciera sentir menospreciado. Aprendí de ella y de José Parés, porque verlos bailar era una escuela. ¡Cómo creaban en escena!

“A mí no me gustaba bailar con cualquiera. Es una cuestión de piel. Por eso cuando bailé con Alicia me lo creí de verdad, porque acoplamos. El Giselle que hice en Cuba era yo mismo y después de irme no lo hice más que una vez, con Margot Fontaine, cuando se lesionó su parteniere. Llegué a hacerlo bien de verdad y eso no se repite. Después que me fui de Cuba, cuando me tocaba pensar en lo que viví acá, me parecía una ilusión óptica porque hasta el último cuerpo de baile tenía calidad”.

Algo de Rodolfo también fue impregnando el estilo del baile masculino cubano: la manera de desplazarse en la escena, los giros y saltos, el acompañamiento. Una manera auténtica que partió de su propia personalidad y que se transmitió también a los jóvenes bailarines de entonces. “Los rusos también se engancharon y sacaban películas de nosotros para luego estudiar. Recuerdo que Rudolf Nuriev le comentó una vez a un amigo común sobre mí: ‘Rodolfo, ¡con tan poco hace tanto! Fue uno de los más grandes halagos que me hicieron, porque quiso decir que con poca técnica lograba expresarme, porque la técnica no tiene que ser un fin, sino un medio para todas las artes”.

¿Por qué se fue de Cuba?

Por muchas razones. Una de ellas porque perdí las ganas de bailar. Había hecho 100 Giselle y no quise hacer la 101. Además, tengo un sentido de conservación muy fuerte y veía lo que se avecinaba con los muchachitos a los que salían bigotes. Venían graduándose de escuelas como el Cubanacán, y mejor me fui, antes que me fueran. Por otra parte, mi mamá me necesitaba más que nunca.

¿Qué lo hizo demorarse tantos años para regresar?

Lo mismo. Cuando dejas tu país sin un gran nombre te caen en bandada. Por otra parte, qué necesidad tenía de venir acá cuando veía a Alicia bailando con Esquivel.

Me retiré con las botas puestas a los 38 años, todavía entero, pero como soy un bohemio formal siempre he odiado hacer el ridículo, y hacerlo por cuatro pesos es una prostitución. Me llamaban para montar Giselle pero era para parecerse a los cubanos; bailarinas buenísimas me pedían que les enseñara el modo de bailar de Alicia, y no hay plata que me pague esa deslealtad.

Llegué a Argentina sin un centavo en el bolsillo, pero me siento agradecido de haber estado acá. Cuando Alicia me mostró los planos de la Escuela Cubana de Ballet pensé que era demasiado grande, y le pregunté qué haría con tantos bailarines graduados. Ella me respondió que unos como maestros, otros en las provincias, otros en las compañías extranjeras. Y así fue, no tuve una ilusión óptica. Han llenado medio mundo de bailarines y me siento partícipe de eso. Después de 46 años me doy cuenta de que no se perdió nada, porque los muchachos de ahora son mejores, como nosotros aspirábamos. Los que se murieron en el ballet no perdieron la vida, la dejaron allí.

Quienes vivieron la etapa fundacional del Ballet Nacional de Cuba (BNC) lo recuerdan como el príncipe Sigfrido del Lago de los cisnes, el Colin de La fille mal gardée y el Albrecht de Giselle, roles que interpretó de manera magistral durante su estancia en la Isla como primer bailarín de la compañía, de 1960 a 1968.

¿Qué distingue a su juicio a la Escuela Cubana de Ballet?

Esta Isla, que es tan chiquita, tiene aché. Han logrado grandes figuras en el ajedrez, en la música, y también en la danza, sin necesidad de escuela.

Casi todo en el ballet cubano viene de Alicia Alonso, sin proponérselo. Tuvieron a quien seguir. La limpieza de la quinta posición, el señorío en las damas en escena, lo tomaron de ella. Las cubanas tienen una feminidad peligrosa y eso llega a la danza. Pero la calidez, la fineza de los cuerpos, nace de la imagen que siempre han tenido de lo que es una bailarina clásica.

Han dado grandes maestros que han dejado un legado de mucha seriedad, obsesionados con la limpieza del baile, con la técnica. Solo te voy a nombrar los contemporáneos míos: Alberto Alonso, Fernando Alonso, José Parés, Joaquín Vanegas y Ramona de Saá, iniciadora de casi todos los grandes. Ellos son la Escuela Cubana de Ballet, más la base de Alicia. Todos se destacan, sobre todo, por las ganas de bailar.

¿Cuál es su concepto del buen bailarín?

El buen bailarín debe descubrir que le gusta el baile, llegar a entenderlo, pero nada vale si no se sacrifica. Si le gusta porque lo aplauden o porque se va a hacer rico, que no baile. Pero si de verdad quiere dedicarse al ballet debe ir a clase todos los días. Aunque tenga un físico privilegiado, si no hace ensaya a diario, no sirve.

El ballet es cosa seria. Aunque no esté de moda, para mí es una de las artes más completas. Junta buena música, coreografía, diseño de trajes, zapatería apropiada, escenografía, diseño de luces, un buen argumento. Después se necesita el público, porque todos esos artistas no somos nadie sin esa droga maldita que se llama aplausos. Cuando los escuchamos, todos los esfuerzos, disgustos, el trabajo duro y los dolores valen la pena.

Comentarios

lo conoci por los años 1957 gran bailarin muy respetado,un poquito aspero para tratar pero buena persona,

Yo le conoci, tenia un salto maravilloso, era muy buen partenaire.

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