Salón Internacional de Arte Naïf

Rolando Quintero:
“Somos cronistas de la identidad”

Mabel Machado • La Habana, Cuba

A los artistas naíf se les encuentra mejor en ambientes rurales. Nótese que el campo cubano es lo primero que menciona Rolando Quintero cuando comienza a hablar de su obra. Una pintura verde, predominantemente verde, ha sido laureada con el Gran Premio en el Salón Internacional de Arte Naïf que acaba de concluir en La Habana después de un mes de exposición, talleres y conversatorios. En el paisaje del villaclareño —que fuera reconocido por el jurado como uno de los que mejor utiliza los recursos expresivos, la paleta de colores y las formas en función del tema— la llanura, calva y extensa, se transfigura con el fluir de la corriente del río y el vaivén de las palmeras melenudas. El agua de un riachuelo fluye también en la pintura de Luis J. Rodríguez, el artista santiaguero que obtuvo el Primer Premio del Salón, quien sitúa en un costado a las espigadas palmas, un motivo que se repite también en las obras de Alberto Villalón, Cenia Gutiérrez, Daniel Álvarez y Armando Pertieles (algunos de los nombres que recibieron menciones del jurado entre las casi 200 piezas de Haití, Dinamarca, EE.UU., Francia, Jamaica, España, Burkina Faso, Brasil, Uganda y Polonia seleccionadas para la exposición).  

Las casitas de tablas techadas con guano, las gallinas, los caminos de tierra y las montañas, están presentes en los dibujos de un grupo de niños de la comunidad aledaña a la Casa de la Cultura del municipio Playa, sitio al que han ido también para aprender a moldear barros y a tallar sobre viejas cortezas de madera junto con los artistas participantes, los instructores y activistas locales. El conocimiento del mundo, que comienza con una compulsiva obsesión por tocarlo todo, se mezcla en la infancia con la necesidad de construir un entorno idílico como el de las casitas de guano de aquellos dibujos. Por eso, cuando Rolando Quintero descubrió que había un lenguaje en la rugosidad de las piedras, la aspereza del polvo, la humedad del trillo que conduce al arroyo y el olor de los limones, decidió sintetizarlo todo valiéndose de la festividad y la alegría de los colores vivos. Así, dicen los entendidos, el villaclareño se convirtió en un artista naíf.

¿Cuándo comenzó a pintar?

Nací en Santo Domingo, un municipio del centro de la Isla. Mi madre es artesana, mi hermano, actor profesional de un grupo de teatro y mi papá era obrero. Crecí respirando el arte y me fui interesando por todo esto. Sin embargo, me fui a la universidad a cumplir con la aspiración de mi familia de verme convertido en un profesional. Estudié tres años de Ingeniería Eléctrica y renuncié a la carrera porque sentía que una pasión distinta me halaba hacia otro lado. Siempre pinté e hice artesanías, pero nunca con el objetivo de dedicarme a ello profesionalmente, hasta que me vi en la universidad y decidí que tenía que enrumbar mi vida hacia otra parte.

En la adolescencia me incorporé a los talleres de la Casa de Cultura y tuve muy buenos profesores que me ayudaron a conocer las distintas técnicas de la pintura. Después que dejé la universidad trabajé como promotor cultural y matriculé cursos que me ayudaron a limar un poco la aspereza de mi pintura y a abrirme a nuevos conocimientos, hasta que comencé a participar en salones provinciales de artes plásticas y otros eventos en los que obtuve algunos premios. Aquello hizo que me fuera creyendo la idea de que era posible ser pintor y, finalmente, que determinara dedicarme por completo a ello.

¿Cómo recuerda Ud. la primera vez que trató de experimentar con colores y otros materiales?

Además del contacto con el trabajo de mi mamá, recuerdo que siendo niño hacía dibujitos que colgaban en el mural de la escuela, que me gustaba modelar la plastilina y trabajar con crayolas. Después, al participar en los talleres comunitarios, el convivir con el grupo y compartir materiales e ideas, me fue motivando a explorar; fue como el motorcito que me impulsó a seguir el camino que luego me definiría como artista.

¿Sobre qué pintaba por aquella época?

Primero me valía de los lápices de colores como todos los niños, pero nunca llegué a copiar los modelos de los muñequitos de la televisión o las figuritas que aparecían en los libros y las revistas. Siempre traté de crearme un mundo, no porque quisiera marcar una diferencia, sino porque estaba tratando de buscar mi identidad sin darme cuenta totalmente de ello.

Dibujaba sobre la naturaleza, trataba de que el ser humano fuera protagonista siempre, destacando su papel en la familia o insertándolo en el entorno del campo.

Sin embargo, aquellos eran ejercicios, los temas surgían espontáneamente porque no tenía claro que me tomaría la pintura como algo serio. Por eso, más tarde comencé a preocuparme por otras cuestiones, aparecieron otras técnicas y nuevos materiales. Me interesaba que la gente reflexionara sobre problemáticas diferentes, por eso mi primera serie se concentró en el carnaval, porque me sentía atraído por el ambiente popular y festivo, el movimiento de los cubanos. Me gusta la pintura alegre.

Más tarde quedó atrás el óleo y empecé a trabajar con el acrílico, una técnica que me da muchas posibilidades por su brillo, por la sensación de luz que trasmite, porque me estimula mucho más. Incorporar el acrílico a mi trabajo hizo que los temas, los conceptos y lo que quería que quedara atrapado en cada pieza, aparecieran con mayor facilidad. Con este material surgieron también los sueños como una constante en lo que hago. Me gusta pintar mis sueños y los de los demás, que la gente me cuente sus historias y completarlas con mi estilo y con mi imaginación. La gente me dice que les gusta cómo dibujo sus sueños, porque se ven más bonitos, con una mayor dosis de magia.

Esa es la línea que estoy buscando. Todo lo que nos rodea es importante. Cualquier elemento natural o cualquier objeto desprende energía y puede tener vida y me interesa reapropiarme de esa vitalidad.

A pesar de los cambios que ha experimentado su obra, se puede observar una recurrencia al paisaje rural. ¿Quiere esto decir que su Santo Domingo natal lo acompaña también en sus imaginaciones?

Mi pueblo no tiene montañas, pero está rodeado por mucha vegetación y por un río al que iba mucho de niño, cuando la naturaleza había sufrido menos el maltrato de los hombres. Ese ambiente ha influido en los paisajes que hago, piezas de mucho color y claridad. También, Santo Domingo tiene una arquitectura muy peculiar, y aunque no es ni clásica ni moderna, sus columnas y portales me llamaron siempre la atención y también aparecen en algunos momentos en mis trabajos.

Algunos de los pintores nacidos en el campo tienden a utilizar los cuadros para trascender la realidad apacible, pero muchas veces monótona de esos ambientes, de modo que su pintura se vuelve surrealista. ¿Cree que algo así le ha pasado a Ud.?

Tal vez sí. La realidad es lo que todos vemos a través de nuestros ojos. Traspasar ese límite, acceder a otra dimensión, observar la vida de modo diferente, es lo que me motiva a seguir trabajando como pintor. Quiero enseñarle a la gente otras caras de la realidad, lo cual no significa disfrazarla, sino mostrar otros matices para que experimenten la posibilidad de soñar. Intento que, a través de mi pintura, la gente se identifique no solo con la realidad que los rodea, sino con los sueños propios y de los demás.

Por eso trato de que las obras no sean tan “potables”, de que las personas vean la cara bonita de la realidad y que no se vuelva un ejercicio complejo el estar delante de la pieza, pero me interesa más que estas sean completadas con la imaginación de los que las observan, y les busquen así sus propios códigos e intenciones.

Decía que busca en los demás anécdotas que lo inspiren. ¿Qué tipo de personas ofrecen las mejores historias?

Cualquiera puede traer un sueño interesante: un niño, un profesional, la muchacha que despacha en la bodega, un ama de casa…Todos tenemos historias muy ricas. Los niños, con su visión tan desprejuiciada y sana de la realidad, crean cuentos muy hermosos a una velocidad increíble.

Como llevo muchos años trabajando, la gente viene a contarme sueños y anécdotas para que las pinte y eso me da mucho orgullo, aunque a veces no puedo complacerlos a todos por falta de tiempo. Lo que más me gusta de esto es la manera en que las personas me abordan, casi siempre con una pregunta: “¿Tú crees que esto se pueda pintar?” Todo se puede pintar, aunque no sea un sueño propio. Lo que pasa es que yo siempre siento la necesidad de ponerle una parte de mí.

¿Y la artesanía, qué lugar ocupa?

Trabajo el papier maché como medio para hacer moldes sobre los que incrusto semillas de diversos tipos. Hago esta clase de pieza como manera de descargar el estrés después de una jornada intensa de trabajo. La artesanía que yo hago me resulta muy difícil, pues tengo que salir a recolectar las semillas y pegarlas luego sobre la totalidad de la superficie del molde.

Hace unos cinco años este tipo de trabajo formó parte de mi rutina de manera más seria, llegué a participar en salones provinciales de la Asociación Cubana de Artesanos y Artistas (ACAA) y a obtener premios, pero luego la pintura me robó todo el tiempo.

La artesanía es algo pendiente, pero no muerto. Yo mismo me lo quiero exigir como meta y he recibido consejos de especialistas de la ACAA para no abandonar esta manifestación.

¿Las figuras que aparecen en su pintura también están presentes en los objetos artesanales?

Algunos elementos que van conformando mi figuración, como animales, plantas y flores, han aparecido también en las artesanías, pues estaba buscando también con ella un sello más personal. Creo que logré, a pesar de que existe como diferencia definitiva, que no estén presentes en aquella los colores brillantes de la pintura. Esta es una forma de darle más autenticidad y hacer más propias mis artesanías.

¿Qué cree de que le llamen pintor naïf, primitivo, crudo, del corazón…?

El estilo naïf es tal vez más polémico y con mayor denominación dentro de las artes plásticas. Nos dicen amateurs, felices… la cantidad de términos es enorme. Esto no me molesta en lo absoluto. Los pintores naíf cubanos y de cualquier latitud del mundo son los artistas que mejores crónicas escriben sobre los lugares donde viven, hacen una foto de su comunidad, de su entorno, de los elementos más auténticos del pueblo. Los naïf somos quienes más nos acercamos a servir como registros de la identidad cultural de los pueblos.

Lo naïf tiene su propia estética, su propia dramaturgia, sus propios códigos; tiene quizá algunos desbalances técnicos y una apropiación singular de los principios plásticos, pero nuestras crónicas hacen que se rescaten muchas situaciones que forman parte de la vida de la gente de una manera muy auténtica. Hablamos del campo, de las religiones, de las tradiciones, pero nos estamos colando también en el reflejo de otras temáticas, como la ecológica. Esto nos hace, particularmente a los cubanos, estar al nivel de los otros artistas naíf en cualquier otro país. El arte de este tipo en Cuba ha sufrido una metamorfosis para bien, y los creadores han desarrollado sus obras con mucha dignidad, elevada capacidad e interés porque la gente sienta un goce estético cada vez más profundo.

Ever Fonseca decía hace poco, que no le interesa que le llamen naïf, pero que, por la naturaleza de sus impulsos hacia el arte, no le gusta que le llamen bárbaro. ¿Qué piensa Ud.?

Hay que pintar de adentro hacia afuera. Lo que uno quiere trasmitir debe llegarle a la gente después de que uno se lo ha creído primero. Pintar por pintar, sin que las personas se conmuevan ante las obras, sin que sientan alegría o tristeza, es un ejercicio que se hace en vano. En ese sentido, me parece que los pintores naïf van delante, pues generalmente las personas ven reflejado en sus trabajos lo que ellos quieren decir de la manera más pura.

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