Rubén Alpízar: soy soporte
de muchas cosas

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

En enero próximo el pintor Rubén Alpízar —junto con los también artistas de la plástica cubana Esterio Segura y René Francisco— está invitado a participar en un proyecto auspiciado por el Museo de Arte de Sonora, enclavado en la ciudad norteamericana de California.

Imagen: La Jiribilla

En ese Museo se exhibirán piezas (de los tres artistas) que pertenecen a Sarah y Darius Anderson, una pareja de importantes coleccionistas estadounidenses y en paralelo a la exposición Rubén, Esterio y René Francisco impartirán un ciclo de conferencias.

Alpízar (Santiago de Cuba, 1965) tiene previsto para 2014 una muestra personal, también en EE.UU., y concurrirá a una colectiva programada para el Museo de Arte e Historia de Cayo Hueso. Con este artista, que ocupa un lugar destacado en el contexto contemporáneo cubano, conversamos sobre diversos temas que tienen que ver con la creación y con su modo de hacer, caracterizado por el más fino humor, casi tocante con la ironía, y a la vez con una profunda reflexión. En cada pieza de este creador se nota que está eso que llaman “el oficio del pintor”, alcanzado gracias a su paso por diversas academias cubanas. Pero ¿cómo fueron sus inicios?

“Mi madre, una ama de casa que no tenía ninguna formación en el mundo de las artes plásticas, fue quien me inculcó el amor por el dibujo. De pequeño copiaba láminas de libros de cuentos que ella me facilitaba. En mi familia no había referencia artística alguna: nadie era pintor ni músico".

¿Cómo llega a la Escuela provincial de artes plásticas José Joaquín Tejada, de Santiago de Cuba?

Por una convocatoria que salió en el periódico. Estaba cursando el quinto grado, acudí y aprobé. Fueron cuatro años de nivel elemental y cuatro de nivel medio. Opté por la especialidad de pintura. Uno de los aspectos más significativos de este tipo de enseñanza es que te daban un amplio abanico de posibilidades y uno podía escoger. Te enseñaban todas las técnicas (grabado, escultura, pintura, etc.) y los rudimentos esenciales del oficio partir de la inclinación que cada cual mostrara, el propio profesor encaminaba al alumno de acuerdo con su vocación.

De esa etapa, ¿cuáles profesores recuerda con mayor cercanía?

Recuerdo con mucha gratitud a Miguel Ángel Lobaina, a Luis Mariano Frómeta, Jesús Montes de Oca y a José Julián Aguilera. A este último lo considero mi profesor de dibujo. Todos eran excelentes maestros.  

¿Cuál fue la mayor ganancia obtenida de la Academia?

Sé que hay muchas personas que desconocen el valor de la Academia y que consideran que lo más importante es el talento, con el que se nace. Es cierto, pero la escuela te lo desarrolla, te lo inculca y, además, te dota de una gran cantidad de herramientas que son básicas.

Luego de graduado en 1984, viene a La Habana a hacer las pruebas para matricular en el Instituto Superior de Arte, ISA. ¿Cómo fue ese encuentro?

¡Imagínate! Un guajirito en La Habana: jamás había salido de Santiago y llegar a la capital fue un choque tremendo, un deslumbramiento. Recuerdo que las pruebas de ingreso duraron una semana e incluían exámenes teóricos y también prácticos. Aprobé y escogí la especialidad de pintura.

¿Y cuál fue la mayor ganancia del ISA?

Los profesores. Recuerdo con particular agradecimiento a Flavio Garciandía, Consuelo Castañeda, José Bedia y Luis Miguel Valdés. Fueron maravillosos maestros, excelentes pedagogos y también grandes artistas y ese legado se transmite. Me siento muy orgulloso de haber sido alumno del ISA en la década de los 80, que me gusta calificarla como ‘época de oro’. Egresé en 1989.

Y en ese mismo año 89, realiza su primera exposición…

Mi primera exposición fue mi tesis de grado —que la hice junto con José Perdomo, otro artista de Sancti Spíritus— en la Galería de L, en el Vedado. Abordamos varios temas, pero fundamentalmente sobre la cuerda de las apropiaciones. Ese fue el principio.

En Villa Clara estuvo al frente del Consejo de las Artes Plásticas de la provincia y luego aquí, en La Habana, dirigió la Galería de 23 y 12. ¿Ese trabajo —organizativo y un tanto burocrático— para qué le sirvió?

Soy de los que considera que nada es pérdida de tiempo porque siempre se aprende. Al principio uno choca con la burocracia y con asuntos organizativos y administrativos que nada tienen que ver con la creación, sin embargo, es importante que exista un esquema de trabajo, un plan, una brújula. Y todo eso sirve para que uno mismo se organice. Lo que sí es una realidad: te ocupa un tiempo que se le resta a la creación, entonces, hay que hacer un doble esfuerzo. Estuve casi tres años en Villa Clara y conocí todas las galerías de la provincia y, como es lógico, el arte que se genera en ese territorio, que es muy bueno. También hice grandes amigos.

Se ha confesado admirador de Da Vinci, del Bosco y de Dalí. ¿Y los cubanos?

De Roberto Fabelo admiro su imaginaria y todo su oficio. También siento admiración por la obra de otro gran amigo, Reinerio Tamayo, y por su humor descabellado. Ambos son referentes en mi obra.

¿Por qué en su quehacer los soportes están incorporados totalmente a la obra?

Uno pinta sobre lienzo o sobre cartulina, pero llega un momento que siente que tiene que desprenderse un poco de la bidimensionalidad y empieza a mirar hacia el volumen. Hay un interés por romper la planimetría aún cuando se trabajen marcada y profusamente las texturas. Llega un momento en que uno comienza a buscar la tridimensionalidad con el propósito de que el espectador interactúe: no se trata de tocar la obra, sino de inclinar a la gente a tocarla, a mirarla por detrás, por delante o por un lado.    

Imagen: La Jiribilla

Su obra es, también, muy escultórica.

Cierto y de hecho he realizado dos o tres esculturas —incluyendo un bronce, que es una versión de una obra en pintura—. También tengo una instalación que es como la caja de las espadas de los magos, que incluí en la exposición Cenizas del paraíso que entre enero y febrero de 2010 se exhibió en la galería Villa Manuela de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC.

¿Cuál fue el hilo curatorial de esa muestra? 

Esa exposición agrupó obras que pertenecen a tres series: Caballos de Troya, El sabor de las lágrimas e Ícaro, una temática en la que vengo trabajando en los últimos tiempos (El vértigo de la libertad). Fue una muestra muy interesante, creo. 

¿Temáticas de mayor recurrencia?, ¿cuál es su banco de imágenes?

La vida misma, sin duda. Chocar todos los días con un cuento, con un chiste, con una anécdota, con algo que te leen, con una realidad: eso es básico para un artista. El amor, también es esencial y, por supuesto los problemas que todos los días tenemos que enfrentar.

En su obra, las apropiaciones son, casi, auto-referencias ¿está de acuerdo?

Hace un tiempo en que vengo haciendo autorretratos —nunca de frente, siempre de espaldas.

Imagen: La Jiribilla

En las serie El sabor de las lágrimas, el autorretrato se convierte en soporte expresivo dentro de la propia obra.

Exacto: soy soporte de muchas cosas; es, también, como mi alma, ese nicho que navega y que está hablándome constantemente y haciéndome preguntas e, incluso, cuestionando hasta mi propia existencia.

En muchos cuadros aparece la iconografía religiosa, pero su obra no lo es.

¡Para nada! La religión se convierte en un pretexto para hablar de temas terrenales, universales, humanos. Esa iconografía religiosa la asumí desde las primeras etapas.

¿Y cómo arrastra esa iconografía a eso que llaman “lo cubano”?

Una de las cosas que siempre me han dicho es que mi obra ‘no parece muy cubana’ y, quizá, para reforzar ‘lo cubano’ pongo un poco de humor y hasta de sarcasmo para tocar asuntos de nuestro contexto más inmediato.

¿Algún ícono recurrente? 

Sí, uno soy yo como Ícaro, navegando o descendiendo con sus alas casi desplumadas y también el propio Cristo.

¿Sería atrevido afirmar que cotidianiza la mitología? 

Ese mito, esa leyenda, la muestro dúctil al espectador y la envuelvo en cierto humor. La pretensión es que el espectador entienda la obra a partir de las claves que le muestro.

Me da la impresión de que utiliza la paleta completa, pero —a la vez— está como apastelada, como contenida. ¿Es esa la idea?

Ahora que me lo dices es que me doy cuenta y sí, creo que tienes razón. Trato de mantener una paleta más bien verdosa, grisácea, que de la sensación de envejecida.

La relación entre el ser y el tiempo parece otra de las constantes en su obra.

El tiempo es para mí básico: uno vive y se desarrolla en un tiempo. Además consumo mucho tiempo en pensar la obra y cuando llego al lienzo ya la tengo totalmente concebida.

La plástica contemporánea cubana se caracteriza por la gran variedad y diversidad, pero a veces uno siente que falta el oficio del pintor. ¿Está de acuerdo?

Hay diferentes intenciones, pero por otra parte hay excelentes pintores, incluso, gente muy joven que está realizando una obra de gran calidad. Lo que sí noto es que falta un poco ese concepto que llamamos ‘de cocina’, que tiene que ver con la paleta, con cómo cocinar el color. Por otra parte, el arte es muy amplio y variado y ofrece muchas opciones y maneras de enfrentarlo.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuál es la obra que ha soñado y que no ha podido hacer?

¡Son tantas! se me han quedado muchos bocetos acumulados y también sucede que hay cosas que uno pensó, pero que otro se adelanta y la realiza. Flavio Garciandía siempre me lo decía: ‘lo que vale es el primero que la haga’. He ido a exposiciones y me he dicho: ¡esa idea es mía, ya yo la tenía! pero como no la llevé a efecto, otro se me adelantó. Eso es así y son muy válidas las coincidencias.

Hay muchos proyectos que tengo por hacer y que no he acometido por problemas de tiempo o por falta de materiales, pero que llegarán en su momento.

¿Y las manías creativas?, ¿se impone horarios?   

Me levanto sobre las ocho de la mañana y alrededor de las diez ya empiezo a trabajar y estoy pintando hasta las seis de la tarde, más o menos. Me gusta trabajar con luz natural porque la artificial daña la vista. No me gusta trabajar de madrugada, solo si tengo que cumplir algún compromiso, pero trato de descansar en las noches. Soy muy puntilloso: no me gusta que me entren al estudio cuando estoy trabajando y que vean obras aún sin terminar; tampoco me gusta mucho contar las ideas. 

¿Trabaja por temáticas?

Efectivamente e incluso recupero temáticas que he tocado tiempo atrás y las llevo al presente o combino.

¿Acrílico u óleo?

Ambos, aunque últimamente estoy trabajando más el acrílico por la rapidez, pero reconozco que el óleo tiene una gran plasticidad. En una obra, por ejemplo, mancho con acrílico y termino con óleo, es decir, voy ajustando.

¿Es un pintor rápido?   

¡Qué va! Hago un boceto, lo llevo a un calco, luego lo traspaso al lienzo, lo  mancho y, después, es que empiezo a pintar. En ese sentido, soy muy tradicional: me estudié los libros de los grandes maestros, los asimilé y sigo sus pasos y por nada del mundo violo un escalón. ¡Creo que me flagelo si me salto un paso!

¿Y el trabajar por encargo?

Lo he hecho. Creo que nadie alguna vez se haya librado de ese compromiso. Hay quienes te piden un determinado personaje y aunque soy condescendiente, al final siempre hago lo que quiero y lo que estimo correcto para la obra.

Lo han calificado como “el artífice de la parodia”. ¿Por qué?

Tal vez por ser cubano y caracterizarnos por tirar todo a broma. En los grandes chistes aparecen las cosas verídicas y parodiando se logran resultados muy interesantes.

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