Selección de poesía

Víctor Fowler • La Habana, Cuba

Fotografía
 

En la casa donde el perro escapó, la sombra del perro

duerme en la entrada y todavía vigila. 

En la sábana arrugada que tapó miserias del padre,

la larga figura del padre se remueve, con barba de recién

llegado de la guerra y los hijos esperan permiso para

brincarle encima. 

En la cocina que guarda el recuerdo de las manos de la

madre, los calderos son revueltos por las manos de la

madre que se asoma a la ventana y grita que ya es hora

del almuerzo. 

Donde capas de hielo entumecen, felices aquellos a los

que se permitió seguir siendo parte de alguna memoria,

pues hay otros que nunca más serán siquiera

mencionados.


Cuarenta y siete

No sé lo que soy, no soy lo que sé…
Angelus Silesius, El peregrino querubínico

Ya que disfrutas esto de las confesiones, en la parábola

del cigarrillo supe que no hay paisaje para la imagen

de dos cuerpos a la orilla de un río.

En el olor de la ceniza donde juraste que íbamos

a estar siempre: con el junco que sube a la cintura

y ese modo de andar enlazados por hilos que ningún

otro podía ver. 

Nos conducía la fuga de la locura. Que ―aunque fuera

un engaño o refugio del pensamiento― había oportunidades

aún. Que merecíamos probar el labio mojado. 

Debió de haber un giro, vado que no se cruzó, demora

en un recodo, entre neblina, imprecisable.

O resultaba tan hermoso que merecía ser destruido

y ni siquiera puedo explicar la dejación. 

La cámara que se aleja y las figuras, pequeñas,

hasta que nada las diferencia ya de la Naturaleza. 

Tocarlos quema, pero en el detalle insisto,

como si una pieza, desde entonces, faltara. 

Ya lo dijiste aquella noche:

tonto sin remedio, te empeñas en ir dentro del túnel

con paredes cubiertas de vidrio

y crees que se puede recordar sin sentir

que desaparece la luz.
 


Caminos nuevos

Por entre ramas de infancia rodó la cabeza

del padre y no hubo ayuda que pudieras dar. 

En la corteza desgastada o piel; con el tesoro

de alfabeto por la muerte del lenguaje que olvidó. 

Allí mordieron, con ferocidad de azúcar, y asombró

la garra de una mente para todavía sujetarse:

la metáfora única del televisor que, para él, era

“el cristal que nos divierte”. 

Pero la vecina de enfrente entra al diálogo, luego

de que hace días confunde a la hija y ni siquiera

sabemos con quien. 

Es infinita la capacidad combinatoria en los rostros

de la vecina y el padre, que se entienden,

como en ladrillo común: vestido nuevo, música

de moda y el pavo real del erotismo, abriendo

su plumaje lo mismo que un imán. 

La vibración da fe de la potencia, ansiosa

siempre de recomenzar. 

Salvajes como animales al inicio de respiración,

en la libertad de correr, por caminos nuevos,

hacia un futuro inexistente ya. 

Dulzura de idiomas debilitados y ni siquiera

se percatan de la violencia del sol que consume. 

Pudieran pasar horas curioseando en el cerebro

del otro, hinchados de tanto sentir.
 

Poemas del libro La ciencia de los instantes.
 

Víctor Fowler Calzada: Nació el 24 de febrero de 1960 en  La Habana. En 1987 se graduó como Licenciado en Pedagogía (especialidad Lengua y Literatura Españolas) en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José  Varona de La Habana. Durante varios años ejerció como profesor en el nivel secundario. En los 80 formó parte del colectivo de autores de la publicación Naranja dulce, en la cual dio a conocer diversos trabajos sobre cultura y erotismo. También se integró al proyecto de promoción cultural Paideia, surgido en 1989. Ha publicado los poemarios El próximo que venga (1986, Editorial Extramuros), Estudios de cerámica griega (1991, Editorial Letras Cubanas), Confesionario (1993, Editorial Abril), Descensional (1994, autoedición), Visitas (1996, Editorial Extramuros), Malecón Tao (Ediciones UNIÓN, 2001), Caminos de piedra (Centro Provincial del Libro de Ciudad de La Habana, 2001), Historias del cuerpo (2001; Premio de Poesía en el Concurso “Luis Rogelio Nogueras” en 1999, y el Premio de la Crítica Literaria 2001) y El maquinista de Auschwitz (Unión, 2004; Premio UNEAC de Poesía 2003 “Julián del Casal” y el Premio de la Crítica Literaria 2004). Su poemario La obligación de expresar resultó ganador del Premio Nicolás Guillén en 2008, convocado por la Editorial Letras Cubanas, la Fundación Nicolás Guillén y el Instituto Cubano del Libro.

 

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