Selección de poesías

Luis Lorente • Matanzas, Cuba

Agua mustia

Como una flor de mármol dentro del agua mustia
en la calle Obrapía está Soleida limpiando los cristales
opacados anoche por la niebla.
Y piensa que ha venido el tiempo declarado el fin del ostracismo
para su cara verde de lunes improbable ante el espejo
de un silencio mayor al padecido por ella reina pobre
que tal vez se arrepiente de ser la misma reina
por algún rey infame perseguida.

Navaja en mano, con ella corta, despeja el patio del infortunio
sobre las hierbas cuidadas por sus manos de frío
con las que escribe cada vez más epístolas a escuálidos fantasmas
de antiguos conductores de tranvías.
Como si hubiera sólo una mañana, un sólo cielo carente de caminos,
ella habla de aquellos milagrosos surrealistas que pintaron sus trajes
veraniegos de seda, con luces y palmeras, recuerdos de una Habana
mortecina, en donde, rara avis, conquistaba príncipes arrogantes
y cetrinos que mordían su boca y después se espantaban
volando, abochornados de haberle mancillado los labios.

Está sentada entretenida, cuida sus manos que endurece el frío,
cuida también su pelo como una tarántula afligida
y cuida el laberinto de su vientre, pero no deja de mirar al perro
que sueña con tristeza una llovizna, y por el rabo de su ojo sabe que ella
                                                              también lo mira.
Lo está mirando ahorcado, languidecido.
El perro jamás se lo imagina porque él está muy lejos,
boca arriba, en medio de un crepúsculo, abstraído
en el bestiario enorme de las nubes.

El perro finge formas de estar muerto, Soleida fingirá
que ella respira entre el bullicio de tinieblas
y sus oposiciones de aceptar el olvido, simple aire que vuelve,
después de haberle dado suavidad en sus senos
cuando permanecían abiertos, a la intemperie,
en que nerviosa oyó la misa negra y desde entonces tuvo
fieles visitaciones a la jungla donde brillantes tigres susurraban
amor en sus oídos mientras el sol moría acuchillado
y se iba desangrando repleto de metales imprecisos,
dibujados con toda la opulencia de la música.

Sombras de Casablanca, sombras de la bahía,
donde hace ostentación la muerte, nada peor,
ni el invisible incendio de los días, qué desastre
para ella que ensaya una sonrisa para poner en práctica su drama,
vestida siempre de diamantes.
El perro atroz, con estrépito ladra, como si hubiera alguien
colgado desde el techo, o los espectadores llenaran las ventanas
para ver cómo vive la infeliz reina pobre
coronada de flores y de espinas.


Migraciones (fragmento)

Dame un cuchillo, dame un cuchillo ciego

y niquelado que yo pueda empuñar por su hoja

ardiente aunque sus cortaduras lo conviertan todo

en palabras llenas de interminables desacuerdos;

pero dame un cuchillo penetrante, uno de esos cuchillos

resistibles a estos inconvenientes que los años dejan

cuando corre el viento.

 

Déjame otro cuchillo, déjalo aquí ceñido a mi cintura

para con él mañana abrir la noche y sus papeles ilegibles;

un cuchillo oponente y peligroso, que provoque

las heridas profundas, el desvío de la sangre

la oquedad, la caverna y más tarde mi muerte

aplastado en la arena.

 

Dame un cuchillo transgresor, sin dueño, culpable

de sus actos y los míos, solamente un cuchillo

para las manos afectadas por el miedo.

Colócalo debajo de la almohada donde nadie recuerde

que yo tengo un cuchillo cuneiforme que degüella,

e impone su aptitud beligerante.

 

Te veo venir trayéndome el cuchillo, el arma blanca,

mi coraza vieja envuelta en tu vestido de retazos

y delicadamente me lo entregas: toma el cuchillo

manéjalo con la misma destreza de tu padre.

 

Dame el cuchillo de inmediato, lo quiero ver

brillar sobre la mesa alumbrando mi casa

cuando el sol se detenga sobre su hoja ardiente.

 

Dámelo con su punta electrizante, demasiado afilada,

que corte hasta las alas de los ángeles

y esas gotas de lluvia que se quedan colgadas

en las hojas de las rosas de mármol.

 

Dame un cuchillo con vocación, flemático,

que sobreviva el paso de los años

el tránsito invariable de los vientos.

 

Y se hunda, cada vez más se hunda

con desesperación cuando vaya cortando

el nudo como un triángulo de soga

que se desliza sucia, que corre

y se desliza amenazante.


A esta hora de la tarde viene

Una masa de aire comienza a transcurrir

de tarde en tarde y de nostalgia muero.

El noble dinosaurio, guardián de los tesoros

de la casa me mira padecer sentado

al lado de la puerta abierta por donde ayer pasó

Pedro mi hermano dejando atrás desiertos insaciables.

El noble dinosaurio me mira padecer, insustancial

y ambiguo, sin perpetuar yo nada,

sólo viendo venir esa masa de aire

sobre el espacio que ocupan las cabezas.

Quién fui pregunto mientras atardece

en la distancia de playas ocultas

donde se fueron domando las bestias

ante mí que nunca yo fui majestuoso

pero siempre inmerso en la más profunda desesperación,

sentado al lado de la puerta abierta donde el dinosaurio

me ve padecer y sufre conmigo cuando no comprende

por qué estamos bajo los efectos de las mismas llamas

que van a extinguir a Pedro mi hermano que ama la nieve.

Caballos. Caballos surgen de la tarde

y el último de ellos, aunque yo me aferre,

me arrastra a morir, traspasa las nubes,

se eriza y realza su nombre en el cielo.

El último de ellos, sin perder su paso, cerrando la fila

me arrastra a mirar cavernas y desarmonías,

arenas con sombras moradas y espinas,

las bárbaras aves, las flamantes plumas.

Los mortales nunca sabemos morir.

Yo impávido aspiro a quedarme a ver la masa de aire,

sus ínfulas claras traspasar la luz que se hace débil en la tarde

encima del techo y en esta pared retratados juntos

con esmero de ser primordial y no lucir ruinas

hasta las comisuras mismas de los labios,

sin ningún recuerdo de cuando la espuma

del agua del mar los hacía ideales y tan deseables,

mojados, y no como ahora, desierto insaciable

que me habita a mí que me paso las horas

junto a quienes no están.


Díscolo

Tú que escribes por mí, dime

si has visto el aire horizontal

que minucioso en el transcurso

de la noche pasa y lo descubre

todo, incluso el alma muerta

de las cosas, la luz que inclina

su mirada hacia las hojas llenas

de palabras, hacia las hojas donde

unos dibujos de esmerados nervios

acaban diciendo, mejor me acompañas

y escribimos juntos, no las mismas páginas

sino algo terrible, con sangre y desesperado.

Una historia absurda como fue esta historia

de tú y yo sentados en sillones

dando fuertes gritos pero sin hablarnos.

Humildes, sin nombres, como si este tiempo

detenido encima de nosotros mismos

nos borrara el nombre, o no permitiera

que fueras mi amada, repleta siempre

de infortunios que caían del cielo

o yo provocaba, díscolo, inventado

por quién sabe dónde, como