Teatro cubano ahora:
una mera cuestion sanitaria

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Los últimos dos meses han sido un tanto agitados para el panorama teatral cubano. La subida a escena de varios espectáculos que han conseguido impactar al espectador ha desatado una serie de reacciones que, por una vez, no se limita a la simple opinión expresada fuera ya del sitio de representación; sino que, rebasando ese límite, ha llegado al correo electrónico, al cruce intenso de cartas y mensajes, de lo cual se ha hecho eco incluso la prensa extranjera. El estreno de La hijastra, obra del joven autor Rogelio Orizondo según la perspectiva del grupo El Ingenio, resultó para algunos el detonante que ha movilizado parte de lo que comento. Las reacciones que ese montaje desencadenó, a partir de su descarnada lectura de un texto nada triunfalista que mira hacia costados amargos e historias silenciadas de nuestra realidad, sobrepasaron con su onda expansiva las convenciones de lo que un hecho teatral, por polémico que sea, suele ganar entre nosotros. Todo ello puede ser útil para observar al teatro cubano desde otro ángulo, hacerle preguntas a ese mundo virtual que tanto se parece a la vida en pos de redefinir su relación con la vida misma, y aclarar los peligros que suelen generarse cuando se piensa, ingenuamente, que teatro y vida son copia mecánica de una misma cosa.

No me encontraba en el país durante la temporada de La hijastra, obra cuyo texto conozco pero que, lamentablemente, no llegué a ver en escena. Voy a valerme de esa aparente dificultad para hablar del asunto desde otra postura, no apegado únicamente a la anécdota de las consecuencias que el espectáculo originó en el auditorio, sino más bien alrededor de cómo estamos (o no) capacitados para organizar una mirada lúcida a hechos que no debieran quedarse en el borde siempre engañoso del escándalo. La gráfica procacidad de la puesta en escena, comentada ampliamente por algunas de las cartas que dirigieron en tonos indignados varias personas a las oficinas del Consejo Nacional de las Artes Escénicas y otras entidades de la dirección del país, solía dejar esos criterios en la descripción de actos sexuales, agresiones verbales, sugerencias políticas desacostumbradas, etc., pero hablaba poco del hecho escénico en sí. Desconfío del mero anhelo de escándalo, como desconfío de la censura que se anuncia a sí misma a fin de levantar ruido y furia alrededor de ciertos acontecimientos. Todo ello se mezcló alrededor de La hijastra, que hasta donde sé, a pesar de lo dicho en ciertos blogs y en la prensa extranjera, cumplimentó las semanas programadas para su presentación, sin que la cacareada y anunciada prohibición impidiera al público rebosar la sala Tito Junco donde fue presentada. Creo que el teatro debe ser siempre un acto de provocación, y puesto a ser sincero, creo por ello mismo que el teatro cubano carece en gran medida de tal condición; de ahí el aburrimiento a priori que destilan tantos títulos semana tras semana en las carteleras. Creo que el teatro cubano debe poseer espacios de riesgo, y abrir una zona de intercambios donde también quepan la duda, la reacción incluso ante lo imperfecto que se propone molestar e incomodar. Pero para ello tendríamos que tener un movimiento cultural, no solamente escénico, mucho más maduro del que en realidad poseemos.

Algo me llamó la atención durante el cruce de palabras, mensajes y opiniones que me fueron llegando acerca de este fenómeno: la ausencia de la voz especializada, capaz de discernir lo positivo y lo perfectible en la puesta en escena desde esa dimensión que limpie la mirada y la mente de quien se acerca al espectáculo para que lo analice y entienda como tal, no como una simple repetición de las carencias y pérdidas que también son nuestra vida. La desconfianza hacia el rol del crítico, hacia la conciencia crítica del acto creador entre nosotros, ha dejado brechas al parecer irreparables entre las zonas de intercambio que deben ser la cultura, y de ahí que cuando ocurre algo como esto, queden a la vista los márgenes más vulnerables de un conjunto de ideas y actos ante los cuales la única reacción posible se mueve entre el simple escándalo o el silencio cómplice. La falta de compromiso, el ahogo en loas repetitivas, la sospechosa costumbre que hace a nuestros espectadores levantarse a aplaudir febrilmente producciones de muy dudosa calidad, son síntomas de una vida cultural que, a pesar de los talentos que la habitan, demora en pensarse como problema, en no temer a pensarse como problema, lo cual ayudaría, en momentos como este, a estar mejor preparados para evitar lo que acarrean esos extremos que mencioné. Preferiría hablar de La hijastra, o que hablaran de ella los colegas que vieron el montaje, como eso: un hecho concebido por un director que puede estar o no equivocado, pero que exija analizarse dentro de sus propios juegos de sentido, y no quedar como simple nota de escándalo que logre recordarse o no cuando el tiempo se lleve los ecos de esta temporada.

El hecho se agrava porque ha podido comprobarse que algunas cartas y correos que supuestamente elevaban sus quejas a varias instituciones son apócrifos. Manipular un acontecimiento de esta índole, querer convertirlo en la máscara de otras sediciones, forzar una lectura política de un hecho cultural, ha sido siempre muy peligroso y suele dejar resultados lamentables, permeados de oportunismos que nunca han terminado por hacer bien al teatro, a la cultura, ni a una cultura de vida. La barrera de contención que podría ofrecer la crítica, incluso desde posiciones opuestas, pero capaz de hacer entender a los más reacios cómo leer la naturaleza de lo teatral y su derecho a impulsar lecturas variadas de la vida, apenas existe en ese marasmo. Vivimos en un país que puede enorgullecerse de formar teatrólogos, algo raro en muchos sitios del mundo. Pero no menos raro es, entre nosotros, ver a alguno de esos teatrólogos firmando columnas, acercamientos críticos o reseñas, desde el instrumental y la sensibilidad que deben afinarse a lo largo de sus carreras, en las páginas de nuestros diarios u otros medios de prensa. Se ha preferido, por años, la mirada pasiva al hecho cultural, rehuir la idea del conflicto, sacralizar nombres y espacios que son sagrados solo en esa letra impresa, pero cuyas constataciones, sobre las tablas, o en otros soportes, no pasan de ser ya lugar común y momificación calcificada. El periodismo bien intencionado, en el mejor de los casos, ha sustituido al criterio del especialista, a la voz de quien se entrenó y preparó para dar con suficiente autoridad una opinión que puede ser esencial en la apreciación de un hecho estético, y de ahí vienen errores, dislates, erratas, ausencias inconcebibles, que se suman al mal mayor de la loa porque sí, de esa crítica embozada en un gesto que pretende ser cortés y acaba siendo, por lo general, no menos falsa que los espectáculos y obras que comenta laudatoriamente. Tal vez si eso no nos faltara, si contáramos con espacios en los distintos medios de prensa donde la opinión polémica pero también argumentada tuviera por derecho propio su lugar, pudiéramos tener ahora una apreciación mucho más diversa y nítida del espectáculo presentado por El Ingenio, y no solo a través de esas protestas detrás de las cuales, evidentemente, quieren hacerse sonar otras alharacas.

A la vuelta de 20 años como crítico, como asesor teatral, como dramaturgo, como investigador, sigo pensando en la escena cubana como la familia alternativa que me he inventado. Dialogar con sus maestros, con sus nuevos directores, con las tendencias que se enfrentan, a veces ciegamente, dentro de sus discursos, es mi batalla de cada día. Prefiero eso al silencio, al mutismo cómplice que desdibuja aportes, iguala sordamente a talentos muy distintos, y acaba empobreciéndonos desde una pretendida espiritualidad donde, por supuesto, no todo es lo mismo ni todo está bien. El teatro cubano se debe a sí mismo un ejercicio cabal de replanteos, una serie de discusiones ya impostergables que ahonden en temas tan complejos como la formación de jóvenes en nuestras escuelas de arte y vayan de ahí hasta la dramaturgia, el arte de la dirección escénica, la producción, premios y eventos, la promoción nacional e internacional y que, por supuesto, acoja las razones y disensos del público y la crítica. El crítico es también un espectador. Avisado y suspicaz, pero sobre todo eso. Virgilio Piñera, cuyo nombre ha sido tan traído, ensalzado, invocado, vapuleado y sacudido en este año de su centenario, reclamaba en su impresionante Electra Garrigó “una mera cuestión sanitaria”. Cómo está la salud del teatro cubano, me han preguntado en Cuba y fuera de ella alguna vez. No lo sé, pregúntenle a sus médicos. Eso he respondido. Porque la salud de un suceso cultural no es solamente lo visible, sino el modo a veces subterráneo en que se interconectan muchos de esos fragmentos y cómo, en terreno sumergido, hacen posible o no lo que sobre la escena parece únicamente brillo, divertimento, drama u oropel.

El teatro cubano, que a lo largo del año ha perdido a varios maestros y líderes esenciales, se asoma al 2013 poblado de preguntas. Algunas provienen de muchas décadas atrás, otras son el resultado de carencias más recientes, como la falta de nuevos modelos de acción escénica, la extraña incapacidad de gran parte de nuestros artistas que parecen no ser capaces de asimilar lo mucho que se les brinda en talleres, publicaciones y eventos para dejar ganancia y crecimiento en lo que producen, como retos a su creatividad. El desmemoriado teatro cubano, siempre necesitado de mayores contactos con el mundo, obtiene algunas señales de ello mediante semanas y jornadas que van haciendo una pequeña tradición, pero en las que también asoma la improvisación, el encargo que no se revierte en verdadera calidad artística, la cercanía epidérmica y efímera a varios de esos modelos. La lucha generacional, ahora con más tecnología a favor, va desplazando otras zonas de interacción con la tradición autóctona, negándola a veces desde el insulto o la ausencia de una diplomacia que debe ser útil, incluso, para expresar lo que negamos. Oigo a varias personas autotitularse maestros, doctores, directores, sin el menor recato. Y esa es una mascarada que está fuera de la escena, pero que sin duda la afecta indudablemente. Y que no ocurre, quede claro, solamente en el ámbito de lo teatral. Y a la que se responde con una indolencia que generalmente prefiere escudarse en el comentario de pasillo, en la sobreprotección institucional o en el cinismo y el oportunismo declarado de unos cuantos.

Me habían pedido escribir una breve columna acerca de estas cuestiones y he acabado extendiéndome porque es el único modo de dar voz a mi preocupación. Espero que La hijastra, y otros espectáculos tanto o más polémicos lleguen a escena otra vez, y logren ser apreciados por sus valores intrínsecos, dejando la huella que regala lo auténtico en la medida en que sus creadores sean capaces o no de avivarla. Que no falten espectáculos que nos recuerden que el teatro es un gesto de vida que debe, por encima de todo, inquietarnos, aunque yo prefiera el modo en que lo hace, por poner un único ejemplo, El Ciervo Encantado con Variedades Galiano, por la radicalidad de su compromiso crítico desde un pensamiento eminentemente escénico que activa un espectáculo para nada pasivo ni complaciente. La Cuba teatral no debe ser menos múltiple que la Cuba cotidiana, ese país en el que vivimos para también sobrevivirlo. Entre las voces que son esa Nación, me gustaría que fuéramos capaces de oír los tonos que nos son imprescindibles. Y alzar desde ellos el aplauso cuando, quien canta, nos dice su verdad, por hiriente que sea, como un llamado a reconocernos, y a crecer también desde esa voz.

 

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