Tener un Portillo propio

Marta Valdés • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

Me alegra mucho que La Jiribilla me haya dado la oportunidad de entrar, una vez más, a contar cosas que tienen que ver con Portillo, Portillo de la Luz, César, “el de La Habana, no el de Roma” (así se anuncia él mismo en los mensajes telefónicos cuando me llama para compartir alguno de sus proyectos). Sí señores, porque a mí Portillo me da un timbrazo de vez en cuando, lo mismo para leerme alguno de sus poemas de reciente creación como para poner sobre el tapete los argumentos que sustentan el pliego de preocupaciones de orden social o artístico que ocupan buena parte de su tiempo.

Imagen: La Jiribilla

César, el hoy ilustre y ejemplar vecino del antiguo Reparto Querejeta, no el de Roma ni el que transitaba a diario por las noches de La Rampa, arqueado sobre el estuche de su guitarra, desde los años 60 hasta Dios sabe cuándo, protagoniza algunos de los episodios más bonitos vividos en los primeros años de mi historia musical. Nuevecita de paquete, “Tú, mi delirio” no paraba de asombrarme con aquella insistencia en una nota que vuelve y se repite entrando y saliendo por entre los más seductores juegos de acordes. Sorteando las estrictas restricciones de mis mayores, frecuenté por algún tiempo las noches del cabaret Sans Souci.

Allí estaba el autor de la monumental canción. Delgado, con un bigotico negro y una manera especial de tocar la música en su guitarra eléctrica, formaba parte del grupo que actuaba en el bar del Casino mientras se desarrollaban las interminables partidas del Bingo, juego de moda por aquella época, exitoso hasta el extremo de propiciar las finanzas que hicieron posible el paso estelar por el escenario de aquel cabaret de figuras como Edith Piaff, Tony Bennet, June Christy y Sara Vaughan. Portillo tocaba la guitarra, Frank Domínguez el piano, entre otros destacados músicos que alternaban con las presentaciones del Cuarteto D’Aida. Historia musical a pulso, una inmensa lasca de buena música cubana.

Nuevecita de paquete, “Tú, mi delirio” no paraba de asombrarme con aquella insistencia en una nota que vuelve y se repite entrando
y saliendo por entre los más seductores juegos de acordes.

Yo miraba al pequeño escenario levantado detrás de la barra y decía para mis adentros: “Portillo de la Luz”, hasta que un día pude estrechar su mano pero eso es otra historia. A lo que voy, a propósito de esta fiesta por sus 90 es a la evocación de una obra suya a la que todos en Sans Souci llamaban “La portillana”: un instrumental que nunca he borrado de mi memoria y que, noche a noche, desempeñaba alguna función en el show, quizá como “openning”, tal vez como caldo de cultivo para algún prodigio coreográfico del inmortal Alberto Alonso. Creo que cada una de aquellas noches que la vida me dio la oportunidad de vivir, la “Portillana” sonó en la pequeña orquesta del cabaret, integrada por músicos de primera y dirigida por el Maestro Rafael Ortega (Maruja Sánchez, que está en el cielo con su violín, puede dar fe de esto que les cuento) para que yo la guardara en mi memoria. Expresión admirable del pensamiento instrumental de este músico de cuna humilde crecido entre cantos trovadorescos y amasado al son del jazz, el swing y el bebop de sus primeros tiempos, nunca más me llegó al oído siquiera un mínimo silbido, un tarareo, que marcara el paso de la “Portillana” por el mundo del espectáculo o del disco. Solamente la sensación arrobadora de haberla incorporado al recuerdo de aquellas andanzas, sale a flote cada vez que lustro ese punto vanidoso que alimenta mi certeza de tener un Portillo propio.

Comentarios

Precioso Marta. Es formidable tener recuerdos tales y se agradece mucho la posibilidad de conocer parte de nuestra historia, de aquella que nos acerca al surgimiento de algunos de los tan admirados por valiosos exponentes de la cultura de nuestro terruño.

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