Tertulia de las damas y La tertulia:
dos periódicos separados en el tiempo

Cira Romero • La Habana, Cuba

Hablemos primero de las tertulias en su acepción más prístina, aquella que la define como “una reunión habitual de personas que se juntan para conversar sobre cualquier tema”. Sus orígenes son casi tan antiguos como el hombre mismo y posiblemente las más relevantes hayan sido las que se generaron alrededor de los intelectuales, preferentemente los escritores. En Cuba su existencia se remonta al primer tercio del siglo xix y la primera de verdadero rango fue la establecida por Domingo del Monte en su casa de Matanzas en el año 1834, trasladada poco después a la capital, a la calle Habana, residencia de su suegro, el acaudalado por vía de la trata negrera entre otros negocios, Miguel Aldama. Para sustraer al lector de un error que se ha repetido hasta el cansancio, aclaremos que en lo que se conoce como Palacio Aldama, sede hasta hace poco tiempo del Instituto de Historia, en la calle Amistad esquina a Reina, y hoy en vías de restauración, jamás puso los pies Del Monte, quien solamente dio ideas para erigir esa construcción, y nunca la habitó, pues debió salir de Cuba en 1842, cuando las autoridades españolas vieron con malos ojos su amistad con el cónsul inglés David Turbull, quien abogaba, en defensa de los intereses de su país, a favor de la abolición de la esclavitud. En esa tertulia, animada por  quien Martí llamó “el cubano más útil de su tiempo”, se concentró lo mejor de la intelectualidad criolla del momento: Cirilo Villaverde, Ramón de Palma, Anselmo Suárez y Romero, Félix Tanco, el poeta esclavo Manzano, manumitido gracias a una cuestación popular,  y en ella se forjaron muchos de los proyectos literarios (obras, publicaciones) que dieron cuerpo inicial a nuestra todavía informe literatura.

Pero muchos años antes, cuando aún no se reconoce en Cuba la existencia de tertulias, surgió en La Habana, en 1811,  un “Papel periódico” titulado  Tertulia de Damas, aparecido en el mes de mayo. Su periodicidad era semanal y aunque no se expresa quién fue su director, por la lectura de algunos artículos se infiere que haya sido Geremías [sic] de Gueroca, nombre que parece ser un seudónimo. Publicó materiales diversos: poesías, casi siempre anónimas, traducciones, trabajos históricos, costumbristas, morales, educaciones, algunas narraciones y artículos sobre modas. Su tono era satírico-burlesco y en ocasiones usó frases violentas. Veamos un ejemplo: 

           La moda y los modos

Se nos va haciendo ya imperiosa la necesidad de hablar sobre la moda y los modos de asumirla. Ya las damas de nuestra próspera sociedad no saben qué hacer: que si más de mil botones en un vestido, que si el largo de la cola supera el que lucen las novias ante el altar, que si los zapatos llevan un tacón tan alto que les va a pulverizar la columna vertebral... con los velos de las viudas, que si jóvenes quedaron en ese estado, jamás volverán a enganchar pareja, que si.... En fin, jóvenes habaneras, cuiden sus modas y sus modos, jaramaqueen menos y sírvanse a portar con discreción sus atuendos, que no por estrafalarios van a conseguir marido más rápido.

Las colaboraciones aparecían firmadas con seudónimos: El sobrino de Antón, El pisaverde, El defensor de la justicia y Z. Tiro. Como algo excepcional en la época, editó gratis para los suscriptores un Aditamento a la Tertulia de las Damas, que publicó poemas, cartas al redactor, notas históricas. En febrero de 1812 desapareció esta publicación.

Sesenta años después, en 1872, veía la luz en La Habana La Tertulia, “Periódico literario y de teatros. Se publica todas las noches de función y vale diez centavos el ejemplar”, como se lee en el primer ejemplar publicado correspondiente al 8 de noviembre. Fue dirigida por Francisco de Paula Gelabert y Fernando Urzáis. Ambos poetas, y el primero muy destacado como autor de artículos de costumbres. En el número 11 (1 de diciembre del citado año), se lee: “Desde el próximo número, La Tertulia no será ya órgano de teatros, puesto que hemos determinado hacerlo semanal y en este concepto su principal carácter será el literario, sin que por eso dejemos de vez en cuando de echar una ojeada a los espectáculos siempre que sea oportuno y necesario”. Su subtítulo varió consecutivamente a “Periódico literario”, “Periódico literario semanal, con caricaturas por Cisneros” y “Periódico literario semanal”.

Los primeros diez números del periódico constituyen una fuente imprescindible para conocer cómo se desarrollaba el teatro en la Isla, pues además de ofrecer noticias de este ámbito, brindaba resúmenes y argumentos de óperas y dramas, algunos cuentos y artículos costumbristas. En el mencionado número 11 los directores insistían  en que

nuestro propósito se funda en propender a que la bella literatura tenga entre nosotros un nuevo órgano que la propague a los vientos de la publicidad y despierte el mayor entusiasmo posible entre los jóvenes y las jóvenes [...] Queremos formar una verdadera tertulia literaria con la cooperación espontánea de todos los que nos consideren dignos de honrarnos con su trabajo.

En el propio número aclaraban: “Debemos hacer presente al público, que los actuales directores de este periódico, son los mismos que fundaron La Tertulia con el carácter literario y de teatros [...]”.

En efecto, la publicación no abandonó sus propósitos iniciales de dar a conocer noticias teatrales, pero además publicó poemas, cuentos, leyendas, novelas por capítulos, crítica literaria, artículos sobre moral, notas costumbristas y traducciones. En sus páginas figuraron colaboraciones de Sofía Estévez, Martina Pierra de Poo, Saturnino Martínez, fundador de la prensa obrera en Cuba con La Aurora, dedicado a los artesanos, José Güell y Renté y otros. Algunos trabajos aparecieron firmados con seudónimos, como Nemo, Abiffl y El mismo.

El caso de la poetisa casi desconocida Sofía Estévez (1848-1901) es interesante, pues además de ser la única mujer que estuvo presente en la antología Los poetas de la guerra (1893), prologada por José Martí, fue una asidua colaboradora de la prensa, pues fundó y dirigió El Céfiro (Puerto Príncipe, 1866-1868), en unión de otra animosa colaboradora de la prensa: Domitila García de Coronado.

El citado volumen Los poetas de la guerra incluyó de esta escritora camagüeyana unas décimas que tituló “A Cuba”, escritas en el campo insurreccional, a través de cuyos versos octosílabos da muestras de poseer un dominio certero de nuestra estrofa tradicional.
En el prólogo de Martí leemos que los poetas allí antologados —Antonio Hurtado del Valle, Miguel Jerónimo Gutiérrez, José Joaquín Palma, Luis Victoriano Betancourt, Ramón Roa, Fernando Figueredo, Pedro Martínez Freyre, Juan de Dios Coll, Francisco La Rúa y la Estévez—

Rimaban mal a veces pero solo pedantes y bribones se lo echarían en cara: porque morían bien. Las rimas eran allí hombres: dos que caían juntos, era sublime dístico: el acento, cauto o arrebatado, estaba en los cascos de la caballería. Y si hubiera dos notas salientes entre tantos versos de molde ajeno e inseguro, en que el espíritu nuevo y viril de los cubanos pedía en vano formas a una poética insignificante e hinchada, serían ellas la púdica ternura de los afectos del hogar, encendidos, como las estrellas en la noche, en el silencioso campamento, y el chiste certero y abundante, como sonrisa de desdén, que florecía allí continua en medio de la muerte.

No menciona en su comentario, aparecido en Patria, a Sofía Estévez, pero de la lectura de su tan conocido texto se desprende el valor sublime que le confería a los versos allí reunidos, y subraya que “Convite y nada más es este libro, a todos los que saben de versos de la guerra, para que, siquiera sea sin orden ni holgura, salven, por la piedad de hermanos o de hijos, todo lo que pensaron en nuestros días de nación los que tuvieron fuego y desinterés para fundarla. [...] Recojamos el polvo de sus pensamientos, ya que no podemos recoger el de sus huesos y abrámonos camino hasta el campo sagrado de sus tumbas, para doblar ante ellas la rodilla, y perdonar en su nombre a los que olvidan, o no tienen valor para imitarlos”.

La Tertulia adquiere, pues, un doble valor: poder palpar a través de sus páginas el estado de la escena cubana, entonces actuada a través de compañías españolas, francesas e italianas, y dar a conocer a poetisas que, como la poco conocida Sofía Estévez, alumbran las páginas de este particular periódico.

Tertulia de las Damas y La Tertulia, cada uno en su época, contribuyeron a enriquecer el patrimonio cultural cubano en sus más diversas modalidades, desde la crítica a la moral, a la educación y las buenas costumbres, hasta la literatura en su perfil artístico y creativo.

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