Entrevista con Ever Fonseca y ni una sola palabra sobre los jigües

“Trabajo por instinto,
pero no soy un salvaje”

Mabel Machado • Cuba

“Yo soy un incomprendido”, me dice el hombre al que otorgaron este año el Premio Nacional de Artes Plásticas. No ha pasado más de una hora desde que Mirna, su mujer, me abrió la puerta de la Casa Amarilla, el lugar donde el pintor tiene su cama, sus muebles viejos, su estudio y su jardín de orquídeas. Ever Fonseca dibuja, mezcla colores, moldea barros y talla maderas desde hace más de seis décadas. No adivino qué puede faltarle si además tiene ocho hijos, un pasado repleto de anécdotas y ahora ha comenzado a grabar un disco con casi diez canciones compuestas por él, e interpretadas por un grupo de músicos egresados del Instituto Superior de Arte. Ever Fonseca debe haber cumplido todos sus sueños y todavía no lo sabe.

Tiene 74 años y se comporta como un niño. Se ríe como un niño. Entreabre la boca y pone ojitos de chino, echa el cuello hacia atrás, y cuando está a punto de descogotarse, suelta un ej, ej, ej, ej, tan contagioso como los bostezos de las ocho de la mañana. La risita y la capacidad de asombro son los rasgos más infantiles de la personalidad de Ever y al mismo tiempo los que mejor explican el contenido de sus obras. En alguna medida él es consciente del asunto, y por ello, cuando descuelga el teléfono y se dispone a responder —entre mi primera pregunta y su respuesta— una entrevista telefónica para Radio Caibarién, comienza por describir el cuadro que esbozaría si tuviera un pincel, mientras está sentado en su butaca: “Ahora mismo estoy sorprendido mirando por la ventana hacia afuera; mirando el cielo, las casas, los árboles y la gente pasar. Estoy obsesionado con el mundo que me rodea que es tan maravilloso”.

El origen de tal fascinación, que es también el móvil de sus canciones, poemas y un libro de memorias, debe situarse cerca de las costas del golfo de Guacanayabo, donde transcurrieron la niñez y adolescencia del artista. En los terrenos de la finca La Aurora sintió Ever “el golpe más festivo y entusiasta” de la naturaleza: “Me veía rodeado de un mundo inmenso por descubrir: las hormigas, las plantas, las hojas, las manchas de las hojas, los colores, las texturas. Todo ese mundo me hacía alucinar, porque percibía en él un lenguaje distinto. Cuando descubro una planta, una montaña, una sombra de noche o de día, percibo ese idioma como si fuera una voz que ejerce hacia mí una atracción emotiva”.

Por aquella época el niño Ever hablaba con las ramas trepadoras de la calabaza, con los peces transparentes, con las arañas tejedoras que se colgaban de la lámpara de noche, con los ocujes, las matas de mango, los cerdos del corral, las libélulas perdidas, los gorriones y los gusanos del arroz. “No podía evitarlo —dice—. Nací viendo cientos de animales: perros, aves y más de cien cabezas de ganado vacuno y caballar. Por la finca pasaban caminos, ríos, había frutales, plantas de todo tipo. Vivíamos en el medio del campo, aquello no era un pueblito ni un batey, sino el campo, campo por los cuatro lados. Allí estaba la casa, y alrededor, solo las estancias para el ganado y el ordeño. Por eso yo siempre digo que la naturaleza es mi casa, y las paredes son el paisaje, las columnas los árboles, el río es mi bañera, mi mesa es el frutal, el techo es el cielo, mi lámpara el sol y mis candiles de noche la luna y las estrellas”.

“Desde muchacho siempre tuve colecciones de plantas, ya fuera por los colores de las hojas o por los de las flores. Siempre la naturaleza me sorprende cuando me revela, por ejemplo, la forma de una flor que perteneciendo a una misma especie, presenta mutaciones y se convierte en otra totalmente distinta. Este tipo de hallazgos provoca en mí una gran sorpresa, una inmensa alegría. Por eso iba coleccionando plantas, caracoles, animales embalsamados. No sabía bien cómo embalsamarlos y les metía algodón, luz brillante y cenizas adentro. También sembraba mucho y buscaba semillas en cualquier parte. Todavía me duele botar las semillas, primero intento ver si se pueden plantar a la orilla de una cerca, en un jardín o en el campo. Anoche mismo, comiendo un canistel, pensaba en que iba a ser una lástima echar la semilla a la basura en lugar de recuperarla”.

Entre los pasatiempos más disfrutados por Ever estaba visitar a Mansita, una vaquita gorda y gris, y a otra con un par de manchas doradas en el lomo a la que bautizaron como Dos de oro, y que respondía con un mugido cada vez que la llamaban por su nombre. Adoraba también al caballo Leovigildo, entrenado por su tío Orlando para pararse en dos patas, tenderse en el suelo como un muerto y decir “sí” con la cabeza cuando le preguntaban si le gustaban las mujeres bonitas. Entre las aves prefería a las yaguasas, porque en su canto, como un silbido, parecía escucharse la frase “Cuba libre”.

Ever solía esperar en el portón a sus tíos cuando traían nidadas de yaguasas en los sombreros, y en primavera, se sentaba afuera para ver cómo las crías se unían a las bandadas de su misma especie que sobrevolaban el patio. Pasaba horas escarbando en la tierra u olisqueando entre los sembrados, y a veces se quedaba inerte, absorto, hipnotizado. “Yo quería traducir lo que me decían de ese idioma al nuestro, pero me di cuenta de que es tan diferente… percibí que era una cuestión ilusoria, emocional, que de una manera especial permite que se mantenga viva una conversación basada en la simpatía”.

Para llevar aquel lenguaje a símbolos comprensibles por los demás, Ever empezó a pintar sobre sus libretas. Mojaba los lápices para que los colores se amalgamaran y llenaba con ellos varias hojas por día. No bastándole con sus propios cuadernos, y queriendo llamar la atención de los mayores, se propuso impresionar a su tío Marrinrro, quien hacía dibujos en las libretas de autógrafos de las muchachas del pueblo. Tenía esa habilidad, como otros parientes de la rama paterna, quienes tocaban guitarra o trovaban sin ejercer de manera profesional, porque los artistas eran vistos como gente “baja” por aquel entonces. Por los años de la Segunda Guerra mundial, todos se mudaron de Calicito para Guantánamo, donde establecieron comercios, entre ellos un alquiler de bicicletas de todos los tamaños. El “bárbaro” del tío Marrinrro, se hizo experto ciclista y hacía piruetas para sorprender a las jóvenes del pueblo. Montaba de espaldas, se paraba de manos sobre el sillín, se vendaba los ojos y saltaba sobre tres o cuatro muchachos tendidos en el suelo.

“Él era de esos jóvenes mimados por todos —cuenta Ever. Se sabía simpático y atractivo, y para ganarse mayor admiración, hacía de todo. A mí se me metió en la cabeza sorprenderlo. Como me animaba tanto el color, y él pintaba sin otro que no fuera el del lápiz, empecé a llenarle un dibujo hasta que se puso como un arcoíris. Me escondí y se lo puse en el mismo lugar donde él lo había dejado, pero cuando lo vio montó en cólera. Fue él quien me dio la sorpresa, y además, tremendo susto; tanto que tuve que echarme a correr”.

Como el tío Marrinrro, el resto de la familia veía a Ever como un niño caprichoso. “Me decían que los artistas se morían tuberculosos, pero yo entendía que me estaban dando la noticia de cómo yo me iba a morir. Yo era artista. Me lo habían hecho creer criticándome, comentando sobre la manera en que yo miraba las cosas. Me llamaba la atención todo un mundo de cosas que para los mayores era extraño. Ellos intentaban asustarme repitiéndome que iba a morir tuberculoso, pero yo sabía ya que iba a ser pintor. Solo me resigné y acepté con tranquilidad la idea de mi muerte”.

¿Entonces, la suya no fue una infancia feliz?

Fue una infancia alegre porque yo soy alegre. No es un problema de concepto ni de educación, sino anímico. Soy alegre, aprensivo, curioso. De todas formas, en la infancia me hizo padecer mucho la falta de comunicación con los demás, la dificultad para poder expresar las cosas. O no me hacían caso o me decían “abogado de manigua” y “leguleyo”. No me entendían, pero yo sí me entendía con la naturaleza y siempre estuve en contra de hacer daño a los demás. Cuando a mí me hacían algo malo, me daba pena tener que ripostar con una acción parecida. Después tuve que aprender a que había que ser guapo y bravucón aunque fuera fingiendo en determinados momentos para defenderse. Precisamente por eso yo me he refugiado en la naturaleza. A veces soy un poco imprudente. No tengo pedagogía para hacerme entender y llego a acorralarme y me pongo molesto. Cuando me encierro en mí mismo —que es lo mejor— lo hago `con todos los hierros´. En otras ocasiones me exploto. Pero siento un amor muy grande por la humanidad y creo que muy pocos me han comprendido. Pero sé que si me juzgan mal no es culpa mía, porque mis propósitos en la vida han sido invariablemente positivos y humanos. Admiro a los seres humanos que hacen algo por los demás, a los que creen en el bien, a los que tienen fe en que un mundo mejor es posible. Estos merecen de mí toda la entrega y el respeto.

La pintura, y luego la escultura y la cerámica, han sido para Ever el medio para “jugar con las motivaciones que las formas y colores de la naturaleza despiertan en nosotros: sentimientos de euforia, tristeza o melancolía, que hacen emerger recuerdos y trasladan a las personas a otros lugares. Esto es lo que siempre he querido y lo he logrado un poco”.

¿Solo un poco?

Digo “un poco” porque nunca se puede abarcar todo. Para mí la vida es muy relativa, a pesar de que hay muchas posturas absolutas. Cuando los fenómenos pasan por el pensamiento del hombre, por el idioma, por la forma de percibir, se vuelven más relativos todavía. Cada hombre tiene vivencias diferentes de acuerdo con su sensibilidad y sus sentidos.

Sin embargo, Ever Fonseca persiste en su papel de incomprendido. Jamás ha podido expresar nada con la claridad de los espejos. Las formas en sus obras se superponen y se enredan; retozan en las honduras de un universo visceral; le piden al ojo una paciencia mayor de la que a veces espera.

“Creo que donde menos comprendido he sido es en mi pintura, porque hay quienes dicen que soy un primitivo, un salvaje. Es posible que sea así; es que todo hombre que nace lo es en cierta medida, pero no en el sentido peyorativo. Cuando uno por primera vez siente el amor, no es salvaje; cuando un niño balbucea para comunicarse con los otros o cuando dibuja garabatos para mostrar que es capaz de hacer algo con las manos, no es salvaje. El arte clásico que precedió a la fotografía es algo deslumbrante, una muestra simpar de la inteligencia humana y de la dedicación del hombre para conseguir cosas fantásticas. Pero junto con eso el hombre ha producido arte partiendo de sus instintos que es igualmente auténtico y, a pesar de ello no siempre se ha valorado así”.

Ever opuso siempre resistencias para “domesticarse”. Creía que la escuela no era necesaria, por lo que jamás presionó a la familia para que lo ayudara a “echar pa´lante” en Santiago de Cuba o La Habana, como lo hacía la mayoría de los guajiros ilustrados por aquella época. La vida tuvo que dar un vuelco enorme para que el pintor conociera el rigor de la academia. Antes, vivió alrededor de cuatro meses en la Sierra Maestra con los alzados rebeldes. El 23 de septiembre de 1958, la víspera de su cumpleaños, le agarró un tiroteo cerca de la bodega de su hermano Arturo en el poblado de San Justo y subió para el monte junto con toda la gente del pueblo.

“Mi familia era muy patriota y martiana. Sin embargo, ellos tenían mala opinión sobre los ejércitos. Decían que los soldados eran gente que vivía sin trabajar y haciendo atracos. Nosotros nunca pensamos llevar una vida militar, pero cuando triunfó la Revolución el deber llamaba a defender el país. Uno, que seguía sintiéndose patriota, comenzó a comprender que aquella mentalidad era producto de una sociedad diferente. En un nuevo mundo, había que asumir una postura distinta. Por ello cuando terminó la lucha insurreccional, me incorporé a una escuela de Instrucción Militar en Santiago de Cuba. Después fui jefe de transporte en El Caney de las Mercedes, hicimos la primera zafra del pueblo donde le ganamos a emulación a mil granjeros y participamos en la construcción de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos. Estuve también en Canímar, Matanzas, recibiendo e impartiendo Instrucción Militar e Infantería a la Policía. En varios de esos lugares pinté murales”.

Un instructor de arte que vio las pinturas de Ever, pidió personalmente a Marta Arjona y Jorge Rigol que audicionaran al muchacho para optar por una plaza en la recién inaugurada Escuela Nacional de Arte (ENA). Ever recibió un pasaje para La Habana y fue evaluado, entre otros, con trabajos libres y de paisajes. Regresó a Oriente para licenciarse de la vida militar, pero tuvo que trasladarse a la Policía para que le dieran el permiso. Cuando puso un pie por primera vez en la ENA iba vestido de militar. Allí tuvo que adaptarse a vivir con otros alumnos más jóvenes, mientras él se sentía más maduro después de someterse a una disciplina que había moldeado su carácter.

“No pensaba en la escuela como algo importante. Creía que en el arte las cosas tenía que hacerlas uno solo. Entrar allí era para mí una contradicción, pero a la vez sabía que nada desarrolla más al ser humano que las contradicciones. Después me di cuenta de que era muy importante, porque nos ayudaba a abrirnos camino. Como teníamos profesores-artistas (Servando Cabrera, Jorge Rigol, Antonia Eiriz, Lesbia Vent Dumois), ellos nos permitían mostrar libertad expresiva en los trabajos a pesar de que el programa de estudios era muy académico. Nos dejaban crear, mientras que el rigor académico contribuía a nuestra disciplina.

“Al principio temía contaminarme porque hay muchos artistas a los que les cuesta trabajo salirse de la academia, si se asume como una estructura que da recetas. Los moldes pueden chocar con la creatividad y con la idea del arte como expresión de un instinto natural. Por otra parte, me parecía que lo de nosotros no estaba hace cinco siglos en Europa, aunque en nuestra cultura hay influencias que vienen desde ese lado del Atlántico. Nosotros tenemos una tradición cultural propia, que comenzó con los aborígenes. Esa reflexión sobre el origen de nuestra cultura me lleva a pensar también que el arte está con nosotros desde que nacemos. Es importante dejar que esas expresiones se desarrollen porque eso nos hacen mayores de edad, nos hace dueños de nuestra idiosincrasia y nuestra cultura”.

¿Ha llegado a imponerse un orden para crear?

Mi actitud de trabajar no responde a una disciplina, sino a un instinto. Cuando estoy haciendo un cuadro a veces me desvelo buscando la solución. Son muchas cosas las que intervienen: hablan el color, la experiencia y la aspiración que uno tiene con el futuro de la obra. Lo bueno es que por lo general llega el momento en que todo se ve claro. Todo lo que uno se propone hacer obedece a un conocimiento, es el resultado de ese saber. Lo que uno hace, para que sea arte tiene que conmover, por lo cual el proceso creativo requiere una entrega muy grande. El artista necesita también mucha tranquilidad y no siempre se consigue. Siempre estoy pendiente de la familia, de los hijos, y ellos tienen problemas, como todo el mundo, por lo que nunca uno llega a sentir ese sosiego totalmente. Cuando empiezo una obra, por lo general con un entusiasmo tremendo, arribo a un punto en el que me desconcierto y me quedo solo. A veces me asusto y pienso que no puedo decir nada, pero en ocasiones aparecen personas que me dicen `mira, ya lo lograste´. He tenido momentos en que he pensado en que no sirve lo que hago, y le he dado la razón a los que piensan que mi obra no vale la pena. Pero después, además de que aparece alguien que valora los cuadros, me gana el convencimiento de que a través de mi trabajo estoy comunicando ideas sobre la vida en un lenguaje distinto. Es muy difícil crear. Pero al mismo tiempo uno quiere ponerse a prueba constantemente.

Comentarios

EVER TE ADMIRAMOS Y QUEREMOS fELIZ 2015.

Yo amo a Ever como gran ser humano y valioso artista que es. El instructor de arte que vio las pinturas de Ever y pidió personalmente a Marta Arjona y Jorge Rigol que audicionaran al muchacho para optar por una plaza en la recién inaugurada Escuela Nacional de Arte (ENA), es mi tío Rafael Cerezo López, ya fallecido, a través del cual conocí a Ever cuando yo era una niña. Mi tío nos enseñó a amar a Ever.

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