Tres historias de Venezuela, a la salud de Chávez

Yinett Polanco • La Habana, Cuba

Cuando por estos días las noticias sobre la salud del presidente Hugo Chávez ocupan las primeras planas de los principales medios del mundo, no puedo menos que evocar el tiempo de mi primera estancia en Venezuela, cuando por medio año recorrí ese país donde hoy se decide una buena parte del destino de Latinoamérica.

Los medios, el líder

Caracas es una ciudad desierta los domingos. Ni siquiera los comercios abren, solo después del mediodía los grandes centros comerciales se desperezan pero sus puertas se descorren con lentitud, como si fueran los párpados pesados de una ciudad con sueño. Caracas tiene una población aproximada de entre cuatro y cinco millones de habitantes, pero los domingos uno no sabe a dónde ha ido tanta gente.

Cuando llegué a Venezuela por primera vez en 2008, se trasmitía en medio de esa calma dominical Aló, Presidente. En aquel programa televisivo el Presidente Chávez daba largos discursos, llevaba a ministros y otros funcionarios a que rindieran cuentas de sus gestiones, visitaba lugares, proyectos, programas sociales. A esa hora, miles de caraqueños estaban en la playa de La Guaira, o en las casas de campo a donde habían escapado desde el viernes, o durmiendo la resaca de la interminable fiesta del sábado. A pesar de eso, sin saber cómo, la ciudad lo escuchaba.

El lunes, la capital amanecía frenética, llena de bocinazos desde las cinco de la mañana, los titulares de los periódicos gritaban las noticias del día con sus grandes letras. Desde la derecha y desde la izquierda, nadie escapaba de la tentación de opinar sobre lo que Chávez había dicho el día anterior. Sin importar que el motivo fuese la simpatía o la oposición, millones de venezolanos discutían en torno a temas sobre los cuales una década antes ni siquiera se pensaba. Chávez no solo había puesto la agenda política e informativa. También había estimulado la participación ciudadana.

Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador

Barinas es la tierra de Chávez. En cada coro infantil se escuchaba el “Alma llanera”, cual si la canción de Rafael Bolívar Coronado fuese otro himno nacional venezolano. Barinas es lugar de hombres recios que gustan de contar historias de mujeres malditas, como aquella de La Sayona, la de La Llorona y la de el Ánima sola, con las que intentaba asustarnos el chofer que una noche nos trasladaba por una carretera interminable en un viaje de horas a través del inmenso llano venezolano.  

Aquella vez estuve en Barinas una semana. Viajábamos con el circo y con la orquesta cubana Manguaré, que se presentaban en los diferentes municipios del Estado. Pero queríamos conocer, además, el lugar donde Chávez había nacido. Quedaba lejos del centro de Sabaneta y sabíamos que ya no existía la casa, pero aun así fuimos. Íbamos con Nelson Molina, un historiador y miembro del Partido Socialista de Venezuela.

Para criaturas de isla como nosotros, todas las distancias venezolanas parecen excesivamente largas. Cuando acabó la carretera y comenzó un camino de tierra apisonada, supimos que por fin habíamos llegado. Todavía vivían allí unos primos lejanos que nos mostraron el sitio donde había vivido la familia. “Aquí estaba la casa”, decía aquel hombre humilde mientras dibujaba con la mano un espacio impreciso. Recordaba que “era de madera, muy pobre, pero espaciosa, porque la mamá de Hugo era maestra y daba clases en la misma casa”. Evocaba a los padres honestos, trabajadores, a los niños que revoloteaban libres por aquel campo, a Adán, a Hugo, a los más pequeños…

Fue Adán Chávez, en la casa de la gobernación, quien nos completó la historia. Antes de regresar a Barinas había sido embajador de la República Bolivariana en Cuba. Era este el hermano mayor que le habló a Hugo de marxismo y le contó de Fidel, el que rápidamente impulsó en su tierra la Misión Cultura Corazón Adentro que el Presidente había fundado en Caracas. Guardo fotos de aquella entrevista, y también otras donde los demás hermanos de Chávez, todos dirigentes populares, disfrutaban de las peripecias de los magos y acróbatas que, como modernos juglares, habían llegado a esa tierra siguiendo un sueño muy antiguo.

El balcón de Miraflores

Los cerros de Caracas son expresión de lo real maravilloso latinoamericano. Durante seis meses los recorrí entonces con un equipo del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC). Los caminamos palmo a palmo, sabíamos cuáles eran los amigables y los hostiles, cuándo podíamos ir a filmar y cuándo no. Seguíamos entonces los avances de la Misión Cultura, uno de los programas impulsados por Chávez para transformar la sociedad y hacerla más justa para todos.

Mientras asistíamos a una representación teatral organizada por instructores de la Misión Cultura en uno de esos cerros conocimos a un antiguo malandro. Había sido una suerte de Al Capone tropical, en la prisión se había reformado. Cuando lo encontramos era un benefactor local, prestaba su enorme equipo de audio para que los niños del cerro pudieran disfrutar de aquella actividad infantil. Quisimos hablar con él y nos invitó a subir a su casa. “Sin cámaras”, nos advirtió.

Nos llevó a la terraza para contarnos una historia. La vista quitaba el aliento. Estábamos casi en el balcón del Palacio de Miraflores. “Por aquí pasaron volando los helicópteros”, nos dijo como si nos adivinara el pensamiento. Se refería al golpe de Estado de 2002, cuando el pueblo caraqueño salió a las calles a defender la Revolución y en la sede del gobierno que tan bien se observaba desde allí se decidió la suerte de la patria de Bolívar. “Todo esto estaba tomado por el ejército”, rememoraba. Narraba cómo pasaban los tanques, los helicópteros volaban bajo, había muchos cascos y rifles de asalto. Y usted qué hizo, preguntamos. “Yo agarré mis dos pistolas, y me fui para la calle, a defender a mi Comandante”.

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