Juan Formell

Trovar con los pies y bailar con la cabeza

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba

De nuevo ronda el repetido vaivén de los calendarios, en tanto se acerca otro día feliz. Los Van Van, la orquesta proa de la música bailable cubana, suma una vela más a sus cumpleaños. Dentro de este festejo, hay que subrayar otra vez el aporte de un creador en mayúsculas, alma y capitán de esta nave, como lo es Juan Formell. Como arreglista, director y compositor, el trabajo y esfuerzo de este músico ha sido parte vital, y hasta sostén no pocas veces, de la ya larga vida de Los Van Van. Por supuesto, sin dejar de mencionar los innegables pilares que han sido otros excelentes artistas de los que el vanvanero mayor se ha rodeado en tantos años.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Iván Soca

 

Sin embargo, como ocurre en ocasiones, hay también otros cauces en la obra de este artista que son habitualmente menos mencionados. Se sabe ya de sus inicios, donde Elvis y El Beny compartían gustos y jóvenes aspiraciones por igual. De su paso renovador por la Orquesta Revé, hasta la fundación de su propia agrupación, que revolucionó sin duda la música cubana. Pero es sobre algunos matices, cercanos a otra no menos importante manifestación cultural de nuestro patrimonio sonoro popular como es la Nueva Trova, que hablaremos en estas líneas. Vamos entonces en busca de un Juan Formell ¿trovador?

Es que esta vida está llena de matices…

Hay un trabajo irremediablemente perdido en mi archivo, que para mayor escarnio he debido citar con cierta regularidad, de la autoría del maestro Danilo Orozco. Este musicólogo, en el texto de marras, enuncia una definición de trovador, que para el periodista investigador que suscribe estas líneas resulta ser una de las más completas y certeras dentro de las páginas que estudian dicha figura artística y creativa.

Decía Danilo, contado en respetuosa versión libre nuestra, que la esencia del trovador, su cualidad imprescindible, se basa en la actitud, en la constante aspiración cuestionadora de su trabajo. En la postura reflexiva y de perenne búsqueda de su obra. En el convencimiento, y puesta en práctica, de hacer y de ofrecer la canción como objeto y hecho artístico, cultural, y no como simple mercancía, únicamente diseñada para la mera compra-venta. Por supuesto, debe añadirse a esta idea toda la particular tradición trovera de nuestra historia musical, la constancia de sus temas capitales a la hora de componer, y las diversas rupturas y seguimientos que como manera de hacer ha asimilado la trova a lo largo de tres siglos con presencia en Cuba.

Bueno, pero, ¿a qué viene todo esto, si hablamos de Juan Formell? Claro que a nadie en su sano juicio se le ocurrirá, y no se le ocurre a estas páginas, decir que Juan Formell es un trovador, así, a secas y ya. Sin embargo, después de asentado el concepto anterior, demos un repaso por algunas opiniones, trabajos y cercanías del principal maquinista del tren sonoro vanvanero y veremos que la trova para nada le es ajena. Y recordemos, tanto el verso de Formell que encabeza estas líneas, como una frase de la inefable y sabia maestra Graziella Pogolotti, dicha precisamente en un panel sobre la trova, que afirmaba que “en los matices, está la verdad”.

Que de mis recuerdos, yo sí quiero hablar.

De seguro muchas personas conservan aún aquellos discos  de acetato que hoy casi son objetos museables. En uno de ellos, llamado justa y sonoramente Elena, una ya no tan joven pero sí ya imprescindible Elena Burke canta un singular repertorio. A un cartel de 12 temas, donde sobresalen entre las autorías los nombres de Marta Valdés o de Piloto y Vera, además de unos casi recién iniciados Silvio Rodríguez, con “Hay un grupo que dice”, o Pablo Milanés, con “Mis 22 años”, se suma otro compositor. Seis de los cortes de este disco son de Juan Formell y allí aparecen obras como “Lo material”, “Un diálogo” (donde también canta acompañando a Elena), o “Yo soy tu luz”, entre otras, además de ese clásico que es “De mis recuerdos”, que la Burke grabara en la memoria colectiva cubana.

La Señora Sentimiento, ya se ha dicho, es una de las intérpretes cercanas al inicio del filin. Y se ha destacado, además, al igual que Omara Portuondo, por su proverbial capacidad de escoger buenos autores para cantar sus obras. No es de extrañar entonces, que muchas de las primeras composiciones de Formell fueran defendidas y grabadas por Elena. Como suerte de guiño premonitorio, en época de fundaciones, acompañan a Formell un Silvio y un Pablo entre las firmas de este disco.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Iván Soca

Pero mejor escuchemos las opiniones del propio artista, citadas por Radamés Giro, al hablar de sus orígenes. “Yo soy un poco de todo (…) La etapa de los Beatles creo que me influyó en gran medida y creo que el trabajo de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés también lo hizo a la hora de componer, después de los años 60. Ellos por un lado y yo por el otro empezamos en la misma época, a finales de los 60, y nos hemos influido mutuamente”1, expresa el compositor.

Una opinión muy semejante se maneja, en entrevista con Ernesto Juan Castellanos, cuando Formell rememora sus comienzos e influencias. “Yo oía mucho a los Beatles, así como también mucha música brasileña, en aquella época: Vinicius de Moraes, Chico Buarque… A mí me pasó lo mismo que a Silvio y a Pablo. Y luego nos oíamos todos. El trabajo de Van Van creció paralelo al de la Nueva Trova, ellos por su cuenta y yo por la mía”.2 También, dicho en otras ocasiones, es explícito el gusto y la influencia del filin en la obra de Formell, especialmente en sus inicios.

Entonces, ¿la cercanía del trabajo de Juan Formell con algunas de las constantes creativas de la Nueva Trova, sería solo por una coincidencia de orígenes y contextos musicales? No, por supuesto que no.

Existir me interesa más que soñar

Una parte vital de la obra trovera radica, como sabemos, en su proyección textual, que, para decirlo en palabras de Guillermo Rodríguez Rivera, “ha sido capaz de convertir el vilipendiado texto de canción en una genuina manifestación poética.”3 Asimismo, resulta absolutamente imposible soslayar la tremenda importancia que han tenido siempre las letras en las canciones de Juan Formell.

Escuchemos esta opinión de Leonardo Padura, cuando afirma que “la importancia de la obra de Formell también trasciende lo musical para participar de lo literario. Las letras de sus sones y guarachas, extraídas de la realidad cubana y devueltas a ella en pegajosos montunos, han ido conformando una singular crónica de la vida del país. Tras la simpleza aparente de muchos de sus textos, enmascarado en el aura simpática de un costumbrismo picaresco, Formell ha sabido reflejar una compleja circunstancia social a la que, más de una vez, ha debido referirse por caminos subliminares para llegar a decir verdades conocidas pero no reconocidas…”4

El propio Juan Formell, en esa misma entrevista con Padura, afirma que además de la siempre presente preocupación por lograr que su público baile, también se propone “ir dejando una crónica, cantando lo que pasaba en el país, tomando las actitudes y las ideas de la gente, diciendo lo que ellos decían, hablando como ellos…”5 En ese mismo diálogo hace manifiesta su recurrencia a la convivencia con el pueblo, al hacer colas, a oír conversaciones, en una relación de donde extrae la rica savia (también sabia), que después regresa hecha estribillo, código colectivo, memoria popular guardada de baile en baile y de boca en boca.

Por intención creativa, más que por azares, Juan Formell se incluye en un selecto grupo de creadores que, a pesar de cultivar géneros cuyo fin evidente es el baile, también poseen la rara cualidad de ser disfrutados por igual, solo con ser escuchados. Un Rubén Blades, un Juan Luis Guerra, son algunos de los que habitan esta no muy extensa lista. Y en estos casos, en intenciones implícitas o en declaraciones explícitas, hay demostrables cercanías con la Nueva Trova.

Entonces, esa aspiración cuestionadora desde la obra. Esa actitud reflexiva y de búsqueda. Ese convencimiento, y puesta en práctica, de hacer y de ofrecer la canción como objeto y hecho artístico, cultural. Las mismas características que antes mencionamos como hábitos del sacerdocio trovero, para nada resultan ser ajenos a Juan Formell como creador. Más bien, esos han sido sus caminos habituales, sus evidentes y realizadas intenciones, durante toda su carrera. De hecho, como sucede con muchas de la Nueva Trova, siguiendo el rastro de las canciones de Formell, es posible hacer un retrato, si no hablado al menos bailado, bastante fiel a no pocos importantes momentos de nuestra historia reciente como nación. Con el valor agregado que siempre será historia escrita por el propio pueblo y devuelta a este con la estatura mayor de la obra artística.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Iván Soca

 

Hay muchas cosas, pero solo te voy a decir así…

Más allá de toda teoría, hay evidencias palpables de esa relación entre Juan Formell y la Trova. Queda, en el libro jamás cerrado de lo que pudo ser y no fue, ese disco planeado entre Silvio Rodríguez y Los Van Van y nunca llevado a término. Disco del cual, la irrepetible versión de “Imaginada”, solo deja entrever las posibilidades y sabores que hubiera cocinado tal unión y que no pudimos degustar.

Están los magníficos arreglos, así como la participación de toda la orquesta, en la grabación de los temas del disco El infierno según Virulo, y luego en las puestas teatrales en vivo que tuviera dicha obra. Un lujazo este álbum, hoy todo un incunable, con la casi increíble unión de un trovador, humorista por más señas, como Alejandro García y Juan Formell. Por cierto, hablando del humor (también una constante habitual en la obra de Formell), es deliciosa en este registro la interpretación de Pedrito Calvo, desdoblado a la vez en cantante y actor, en el delicado papel del emperador Julio César.

Hace algún tiempo, la televisión cubana ofrecía un singular concierto. Juan Formell, a solas, apoyado nada más que por su guitarra, dejaba correr un puñado de canciones. Los que pudimos disfrutarlo, de primera mano constatamos el ángel, la bomba para decirlo en cubano, que acompañaba esas obras. Sencillas, que no simples, pero directas al sentir, hechas de puro filin. Con, a veces, unas pocas notas, con un susurro que casi nos hablaba al oído, con un cantar como de amigo cercano, al alcance de lo sensible, pero siempre acompañándonos. Formell lucía como un trovador más, como ese trovador que ha sido siempre detrás de su orquesta y, en verdad, no se extrañaba la ausencia de su sempiterno tren sonoro. Aun sin orquesta, si en algún universo paralelo no hubiera fundado Los Van Van y siguiera, guitarra a cuestas, desde entonces a hoy, Juan Formell hubiera dejado igual su impronta en nuestro parnaso sonoro.

De cualquier modo, disquisiciones y reflexiones aparte, lo verdaderamente afortunado es contar con la amplia y valiosa obra de este artista. Si en este universo Formell dejó un poco atrás la guitarra trovera a cambio del bajo eléctrico y la batuta de Los Van Van, benditos somos por tal hecho. Mucho de bueno han legado a nuestra cultura esta orquesta y su líder indiscutible, en sus ya más de cuatro décadas. Gracias a sus obras, hemos aprendido a trovar con los pies y a bailar también con el pensar. Y ojalá que así sea, Formell mediante, por los ritmos de los ritmos…

 

Notas:
 
1. Radamés Giro: Diccionario enciclopédico de la música en Cuba. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 2007, p. 116 (Tomo 2)
2. Ernesto Juan Castellanos: John Lennon en La Habana with a little help of my friends. La Habana. Ediciones Unión, 2005, p. 178.
3. Guillermo Rodríguez Rivera: Ensayos Voluntarios. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 1984, p. 163.
4. Leonardo Padura Fuentes: Los rostros de la salsa. La Habana. Ediciones Unión, 1997, p. 93.
5. Leonardo Padura: Op. Cit. p. 99.

 

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