Ever Fonseca, Premio Nacional de Artes Plásticas

Un artista espectral

Manuel López Oliva • La Habana, Cuba

Hablar de Ever es como hablar del viento, de los árboles. Él es parte ya de la naturaleza cubana. Su obra tiene una gran relación con la flora, con la fauna y con el espíritu del campo nuestro, por los mitos, por las leyendas que fueron cantadas por el Cucalambé, estudiadas por Samuel Feijóo y abordadas por otras figuras importantes de nuestra antropología y nuestros estudios culturales. Ever, aun con la perspectiva que ha tenido de ser un artista de la modernidad, forma parte de la tradición popular cubana. Su obra —que suma lo recibido del Arte Moderno con un espontáneo modo figural coincidente con las iconografías del hombre campesino— quedará igualmente como un símbolo orgánico y sintético de esa tradición.

Ever creyó que por su edad ya no le iba a llegar este reconocimiento, algo que a muchos les parecía extraño. Sin embargo, parece que la vida va situando las cosas en su lugar; hay una dialéctica también expresada por los campesinos que dice que las cosas llegan cuando han de llegar. Por ello, me parece que este es el año adecuado para que suceda la entrega de este Premio Nacional de Artes Plásticas a Ever, pues estamos en la antesala de la celebración del Centenario de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, lugar que lo acogió a él como el primer creador de la generación formada en  la  Escuela Nacional de Arte (ENA) de Cubanacán, dentro de la Revolución. Ever irrumpió —aún siendo alumno de aquel centro docente— con su obra maravillosa y sorprendente en aquellas salas, con una muestra personal inaugurada en 1971.

Después, vino al Museo la generación de la esperanza cierta y la polémica organización de las salas de la colección de arte cubano; pero nadie ha de olvidar que Ever Fonseca llegó allí primero. Una razón lógica lo había colocado en esa posición de avanzada: desde que empezó a definir su expresión, siendo estudiante de la Escuela, comenzó a estructurar un estilo que primero se manifestó en el dibujo, el grabado y la pintura, y con el tiempo ha estado también en peculiares estructuras, obras escultóricas y en algunas realizaciones ambientales que él ha realizado. Se trata de un estilo muy suyo, muy  legítimo, que retoma todo el bestiario tradicional del campo cubano, las fantasmagorías que tienen que ver con las ceibas y otros árboles, que producen en la imaginación una serie de visiones fascinantes, híbridas, sincréticas. Como lógicamente él fue un niño de una pupila rural, ocurrió lo que Piaget, el estudioso francés, definía como la interiorización de la vivencia visual. En Ever, como en muchos niños campesinos, existía la necesidad de recrear lo que vivía. El paisaje campesino no cambia con la dinámica que cambia el paisaje de ciudad. Esto impone al niño el deseo de cambiar constantemente la percepción de su paisaje. La apreciación de ese paisaje cambiante en la consciencia le permitió a Ever, cada vez más, empezar a imaginar la vida.

Recuerdo que estábamos juntos en el albergue de la ENA en Cubanacán, y Jessie de los Ríos y yo, que éramos sus compañeros de cuarto, lo teníamos que llamar a orden, pues encendía la luz a cualquier hora y empezaba a dibujar hasta en plena madrugada. Pero había que entender que Ever era un caso distinto. No es, incluso, de esos artistas que de alguna manera irrumpen con la Revolución o le deben a ella, porque él mismo fue uno de sus forjadores en el tiempo de la insurrección. Ever se incorporó a la lucha revolucionaria en la Sierra Maestra, después fue instructor del Ejército Rebelde y más tarde, descubierto por un instructor de arte del Ejército —que es de donde emerge la concepción de los instructores— matriculó en la enseñanza artística. La llegada de Ever a la Escuela se debe, precisamente, a que hubo dos personas muy vinculadas a este Museo, Marta Arjona y Jorge Rigol, que entendieron sus características; comprendieron que él era un personaje peculiar para el desarrollo del arte cubano, que venía con un mandato distinto del espíritu. Rigol era entonces director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, por lo que siempre apoyó —junto con Fayad Jamís y Antonia Eiríz— el desarrollo formativo con cierta autonomía.

En la ENA, él hacía apreciables dibujos realistas, acercándose un poco a la atmósfera de Servando Cabrera, que fue un profesor muy influyente en muchos de los primeros grupos de aquel alumnado. Pero, inmediatamente, en Ever se produjo un cambio que llega a su momento de definición con unas litografías que realiza en la clase del grabador y ceramista peruano Francisco Espinosa Dueñas. A pesar de que este maestro tenía a veces conflictos con Ever, porque no lo entendía mucho, nuestro condecorado de hoy lo convirtió en un personaje de su obra, a partir de lo cual empieza a desarrollarse toda una narrativa simbólica que fue abriéndose paso cada vez con más fuerza.

Cuando Ever se graduó en el año 1967 y salió para Matanzas con la cercanía de un artista condiscípulo y amigo, Waldo Rodríguez (que murió asesinado por marginales en instantes de su irrupción creativa), lógicamente se produjo el fenómeno definitorio de tipo estético que lo llevó a hacer la serie de obras que fueron reconocidas más tarde por el Museo de Bellas Artes. Una persona que realizó una travesía de creación importante tan rápido no podía empezar a dar cambios súbitos ni constantes; en él se fundía la naturaleza del artista de la modernidad con la concepción del artista rural, de tipo tradicional-popular. De alguna manera, él está también cerca de las poéticas de los llamados artistas crudos, Naïf, del corazón, de leyendas. Esta obra no se iba a desarrollar en cambios por etapas, sino en cambios internos, algo que ha caracterizado toda su creación. Para entender esto es necesario haber conocido a Ever desde el principio, entender la naturaleza de su personalidad, y ser capaces de aceptar que en nuestra época hay innumerables tipologías de artistas, y que el arte cubano es un múltiple poliedro, una especie de mosaico enorme que se hace rico por las diferencias en los numerosísimos modos de expresión que lo integran.

La lógica de la evolución de Ever está muy marcada por la fantasía. Es un dibujante que boceta antes de pintar, y hasta utiliza para ello lápices de colores. Uno advierte que ahí está también el niño, que el niño no murió, sino que se mantuvo, creció, se expandió; y como niño al fin, tiene la gracia y la osadía de decir las cosas como las piensa y sentir las cosas como las quiere. Esto hace que se trate, en su caso, de un artista que se ha mantenido, durante muchos años, con una expresión de una fuerza, una originalidad e ineditez asombrosa, que ha servido como ejemplo para muchos. Buena parte de los artistas que fueron alumnos nuestros reconocen en Ever esa carga y dinámica interna de la obra. Por eso ha sido, también para una gran mayoría de artífices posteriores a él, un creador espectral.

Podríamos hablar de muchas de sus anécdotas. He tenido  que viajar junto  con él en distintos instantes, y tener inusitadas experiencias a su lado, algunas maravillosas, casi de lo real maravilloso insular. Todo podría quedar para un libro de anécdotas y estampas, aunque una vez escribí uno que corrió con una suerte un poco extraña, pues parece habérselo tragado alguno de los animalejos de sus cuadros. El libro —que ya tenía las convenciones de edición que lo preparaban para ser impreso por la Editorial Letras Cubanas— desapareció de las manos de Ever, se esfumó, sin él saber dónde fue a dar. Pero Ever está ahí, que es lo más importante, él es su mismo libro, porque además es un narrador imparable y tiene la capacidad de activar literariamente las imágenes que crea. Esta capacidad elocuente se debe también a que Ever vive los cuadros como si fueran realidad y vive las realidades como si fueran cuadros.

La entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas es un acto de justicia, se trata de pagar así una deuda que teníamos con su aporte ya de tiempo a las iconografías medulares de nuestro ser criollo y de nuestra plástica. Desde hace mucho él merece nuestro reconocimiento y nuestro aplauso.

Versión de las palabras de elogio durante la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas del 2012 a Ever Fonseca. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana. 28 de noviembre.

Temas: Artes Plásticas, Museo Nacional de Bellas Artes, Ever Fonseca, Escuela Nacional de Arte, Premio Nacional de Artes Plásticas

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