Un filme sin concesiones

Manuel López Oliva • La Habana, Cuba

Debo decir que cuando contemplé en la pantalla del Cine Yara La película de Ana, experimenté una agradable certeza: noté que se trataba de un filme serio, sin concesiones y con una factura cuidada, donde se mantenía el apego a la tradición de valor de la cinematografía cubana. Tanto la extraordinaria y versátil  actuación de Laura de la Uz, como el buen comportamiento actoral de la mayoría de los que formaban el elenco, situaban a esa película en un sitio de  significativo nivel en el desarrollo de la narrativa, los diálogos y hasta las introspecciones. Pero también es una pieza de ficción muy sólida en la dirección de actores, el manejo de la historia relatada, el diseño fotográfico y  el uso de los códigos de paisaje, ambiente y sicología local.

Imagen: La Jiribilla

Con esa, su última puesta fílmica, Daniel Díaz consigue una depuración de su itinerario de cineasta, funde sus juicios valorativos  sobre cine con una práctica responsable del  llamado Séptimo Arte, enlaza lo popular con una alta estética paródica, y pone a funcionar el humor criollo y trascendente como “cáscara” de la tragedia en situación de crisis. Que La película de Ana no haya recurrido al evidente morbo sexual, a la violencia gratuita o la superficialidad marginal, como resortes para una fácil venta y  el acceso a espacios propios del consumo de cine tonto y comercial, constituye un considerable mérito. De ahí que me sienta satisfecho —por los artífices de ese filme y sus distintos gestores— de que una pintura mía sobre cartulina, titulada “Máscara de actor”, haya sido el Premio que la Sección cultural de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) le otorgara.

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