Entrevista con Tomás Cao

Un intro y tres actos de fe

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba

Algunos dicen que es omnipresente en la pantalla cubana de hoy. Y por si fuera poco, pertenece a una rara especie de actor, esa que no sabe por qué quiso serlo ni lo soñó desde pequeño. Así y todo Tomás Cao, matemático y actor respectivamente —ambas carreras inconclusas—, un buen día salió de licencia en el Instituto Superior de Arte (ISA) y no regresó. Antes, en la vocacional Lenin, había probado el teatro. Luego, buscó un camino en un coro de aficionados en la Universidad de La Habana, hasta que los derroteros de la vida le hicieron escoger: iba a actuar. En este momento, buscando sus opiniones sobre la última película de Daniel Díaz Torres en la que participa, me doy cuenta de que para Tomás actuar, y luego conversar sobre eso, es un acto de fe.

Imagen: La Jiribilla

Primer Acto: La película de Ana

Trabajar con Laurita de la Uz fue una experiencia increíble; ella es lo que se dice un “tronco de actriz”, y además es buena persona. Nunca había trabajado con ella, aunque ya nos conocíamos. Aportó mucho a mi personaje y, como hacíamos de pareja, conversamos mucho; se entregó de verdad, por lo que fue todo un aprendizaje.

Sí porque, definitivamente, excepto en el físico, no me parezco a mi personaje. No creo que tomara las decisiones que él tomó, aunque tampoco lo juzgo por ello. En el guion, este cineasta tenía otras características: es un tipo machista, que apabulla a su mujer y le dice lo que tiene que hacer. Entonces, conversando siempre con el director, traté de humanizarlo un poco. Es, simplemente, un director que no tuvo mucha suerte, que terminó haciendo los programas agrícolas que nadie veía y que no gustaban, pero que quiere hacer algo en la vida, y tiene el talento, solo que no tiene “la garra” o, como decimos los cubanos, “bomba” para eso.

Sencillamente, creo que se tiene lástima. Al menos yo nunca permitiría que mi mujer se hiciera pasar por prostituta para ganar dinero filmando su vida con una camarita. Eso sí que no me cabe en la cabeza, y que digan lo que quieran; me hago carretillero, me voy a cargar sacos a un agromercado, no sé, algo invento antes de dejar que eso pase. Aun así, si tuviera que hacer ese personaje ahora, lo desarrollaría un poco más neurótico, menos pasivo.

El proceso de grabación es diferente. Tuvimos mucho tiempo para ensayar y la producción, que estuvo a cargo de Daniel Díaz (hijo), fue muy acertada: había tiempo para todo y no se hizo nada con presión ni apuro.

El kid está en que Daniel, el director, tiene una personalidad tan encantadora, que da gusto trabajar con él. Es como una comedia bien hecha; tiene un gran sentido del humor y, sobre todo, sentido común. Es un director de actores que presta mucha atención a los ensayos y al trabajo en el set de filmación. Uno no se siente para nada presionado. Cuando se actúa, todos los sentimientos están a flor de piel, por lo tanto se está más sensible y vulnerable a todo, y se crea una situación bastante estresante. Pero Daniel siempre busca la manera de decir lo que quiere sin herir. Eso hace que los actores se sientan seguros, respaldados.

Acto Segundo: El cine

Me gustan por igual el cine y la televisión. La diferencia es que el cine llega más, porque puede exhibirse en muchos países y puede verse una y otra vez gracias a las nuevas tecnologías. Y, en ese sentido, la televisión en Cuba sigue siendo más efímera, más inmediata.

El cine me brindó la posibilidad de conocer a personas con criterios muy razonables y certeros. Los directores que he conocido intentan hacer un cine de autor. Ojalá se pueda inyectar economía a nuestra industria cinematográfica porque, sin duda, el cine es un arte muy costoso. Penumbras, por ejemplo, es una película que se hizo casi en 20 días, y con un muy bajo presupuesto. Muchas veces es el ingenio de los directores lo que salva una película.

He participado en las dos últimas producciones del ICAIC, aunque ya no se hace tanto cine como años atrás. Es un problema coyuntural. En los 80 se hacían de 12 a 15 películas por año; en los 90 empezaron a realizar coproducciones, lo cual significó que había que conciliar intereses. Por otro lado, la mayoría del cine que se hace en nuestro país tiene elementos de choteo. Hay un público al que le gusta, que lo necesita además, ya que funciona como una válvula de escape; pero no es solo un  facilismo, es un espejo de nuestra realidad. La sociedad, indiscutiblemente, ha sufrido una gran depreciación de valores cívicos y morales. Algunas películas cubanas no me gustan por esa misma razón, pero cuando las analizas, resulta que nos estamos riendo de nosotros mismos.

Ese sentido de lo profundo y lo complejo es algo que debe recuperar nuestro cine, porque en algún momento lo caracterizó. Hay películas cubanas que son clases magistrales, que tienen mucha fuerza. Ojalá de aquí a cinco años, por ejemplo, se pueda recuperar el vacío que nos dejaron los 90, y lograr que el cine busque la belleza del dolor, que se enfoque en el hombre y en su sensibilidad.

Tercero: El actor

Mi primera vez en pantalla, en el cine, fue en 2004, con Habana Blues; luego, en ese mismo año, hice un teleplay para la televisión que se llamó Cuéntame poeta. No creo que Habana Blues fuera mi impulso, después de todo mi aparición allí fue muy breve. Pero, indiscutiblemente, es una película que tiene mucha fuerza y que, aunque en Cuba no se exhibió mucho, en el resto del mundo sí tuvo una buena distribución. Al menos sí funcionó como una carta de presentación para mí.

Cuando empecé a trabajar me vinculé al ICRT y al Sistema Informativo de la Televisión Cubana. Allí estuve como seis meses desempeñándome como operador de micro, y luego pasé a Cubavisión Internacional, donde hacía la actualización de la página web. Después, estuve en Radio Reloj y también en Radio Taíno.

Un día decidí ir al ISA y preguntar qué hacía falta para presentarse a las pruebas, que eran una semana después. Allí conocí a Corina Mestre, yo estaba en el pasillo y veía que ella se me acercaba, hasta que me dijo: “¿Me puedes prestar para encender?”. En esa época, trasmitían una novela, en la cual ella trabajaba, y que todos reconocían por el parlamento “Niña, saluda a tu novio”, y a mí me impresionó, porque de verdad que es una mujer excepcional.

Finalmente, me aceptaron. Estaba muy feliz porque soy cinéfilo. Para mí el cine es algo increíble, incluso el acto social de ir al cine, porque aunque ya no se hace mucho, uno entra con una energía y sale con otra. El hecho de trasmitir todo eso me fue enamorando, me dio una idea de algo que me gusta hacer para ayudar, porque, al menos a mí, el cine me ayuda mucho. Sin embargo, una vez que empecé a trabajar no hubo marcha atrás: si no lo seguía haciendo tenía que empezar de cero de nuevo, y para seguir, tenía que trabajar y aprender. Así que fui a la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños y pasé muchos talleres; luego, comenzaron a aparecer oportunidades que me hicieron asumir el trabajo con seriedad.

He hecho algunos capítulos de Tras la Huella con el Ministerio del Interior y unos cuantos teleplays en televisión. En el cine he trabajado en varias coproducciones, que por lo general no se exhiben aquí y suelen ser personajes pequeños. Ya con el ICAIC hice La película de Ana, con Daniel Díaz Torres; Larga distancia, de Esteban Insausti; Penumbras, que la dirigió Charlie Medina; y aparecí de soslayo en Boleto al Paraíso, de Gerardo Chijona, y en El cuerno de la abundancia, de Juan Carlos Tabío. Pero los papeles con más peso han sido en las tres primeras. Ahora, acabo de hacer dos. Una se llama La emboscada, que la dirige Alejandro Gil, y la otra se llama Conducta, que la dirigió Ernesto Daranas.

Cada personaje me parece más difícil que el anterior, porque en la medida en que uno trabaja, va aprendiendo, y va incorporando elementos a su método. Eso siempre será así. Cuando uno asume un personaje empieza a descubrir cosas de uno mismo que no había probado con el anterior, y el propio rol te va mostrando aristas y te enriquece como actor. Por eso, cada vez que uno se enfrenta a un nuevo trabajo, la parada sube.

El hecho de que últimamente aparezca bastante en la pantalla se debe, en buena medida, a la suerte, y se agradece mucho. He tenido la oportunidad de conocer a directores con quienes tengo afinidad de criterios en cuanto a la realidad que estamos viviendo. Por ejemplo, estoy ensayando para un mediometraje que va a hacer Eduardo del Llano. Yo no lo conocía, pero nos encontramos a raíz de La película de Ana, en la que él fue guionista, y el hecho de que me incluya en su proyecto se debe a que vio el proceso de elaboración de mi pesonaje, no solo el resultado en pantalla.

Muy pocos actores, y no solo en nuestro país, pueden vivir de la actuación. De hecho, no creo que yo lo esté haciendo. Es muy difícil ser actor en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, lo que me ofrece la actuación como ser humano, sin regodearme mucho, es más grande que cualquier otra cosa.

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