Un ser irrepetible

Lucía Sardiñas • La Habana, Cuba

Mi visión sobre Mirta Aguirre se inscribe en el periodo comprendido entre 1967, año en que la vi por primera vez, y 1980 cuando, tempranamente, nos abandonó físicamente.

La conocí a finales de 1967, a mi regreso de la Expo 67, que se celebró en Montreal, Canadá. En una ocasión, Vicentina Antuña, directora de la Escuela de Letras por esa época, me dijo que Mirta quería conversar conmigo y mis rodillas comenzaron a temblar porque conocía todo lo que sobre ella se hablaba: su rispidez, mordacidad y agudeza crítica.

Cuando me senté en la punta de la silla, delante de Mirta, me relajé completamente. Fue  una mutua atracción espiritual, una identificación pol