Un verano en Tenerife
(fragmentos)

Tenerife, la isla bifronte

Tenerife quiere decir la isla de nieve, y se le dio este nombre a la mayor de las Afortunadas porque era la única donde la nieve se encontraba. Naturalmente, solo en el pico del Teide; pero allí los hielos eran y siguen siendo de una límpida y permanente blancura.

Otros nombres tuvo también y otras etiologías de los nombres, entre ellos el de Nivaria, que por igual insiste en referirse a aquella poca nieve suya, la cual, al parecer, impresionaba sobremanera a los antiguos moradores de la isla florida.

Nieve y flores la visten todo el año, y así ella funde en su regazo inviernos y veranos, haciendo de ellos una sola estación de finos aires y delgada luz.

Su historia es para cantarla en metro heroico, y aunque algunos lo han intentado, la verdad es que no tuvieron aliento bastante para lograrlo. De manera que si hay poetas sin poesía, esta es una poesía sin poeta.

Fue la isla de Tenerife la última en rendirse al conquistador. Casi un siglo había transcurrido desde que aquel hollara victorioso tierras del Archipiélago, y ya al final solo ella resistía indómita, rodeada de lanzas españolas.

Pero si el hombre de las Islas es siempre un español de las Españas, el paisaje de las Islas sigue siendo un paisaje anárquico, diferente a todos los paisajes del mundo.

Este de Tenerife me impresiona extrañamente; mucho he viajado ya en mi vida y, sin embargo, no encuentro en mi memoria un poco de tierra para compararlo.

El cielo es azul como el de Cuba, pero de Cuba ya no hay más que el cielo, aunque muchas gentes crean, no sé por qué razón —tal vez por su hermandada condición de islas—, que ambos países guardan semejanza.

El mar no es el mar manso del Mediterráneo, ni los otros que amarran los europeos a sus puertos; más bien recuerda nuestro golfo de México cuando empiezan a soplar los Nortes, pero más verde, más metálico... Es un mar verdiazul anillado de espuma. La luz del sol, aun en verano, suele atenuarse por unos como largos velos de neblina que flotan rotos en el aire.

No baja la temperatura del grado diez, ni sube del veintiséis o veintiocho, generalmente, no obstante, y aunque ellos nieguen este aserto, en apretando agosto yo he sentido allí algunos días un calor quizá más fuerte que el de Cuba: es cuando sopla el siroco africano. Convengo, sin embargo, en que estos días son muy pocos, y aun para pasarlos cuenta la Isla con dos o tres hermosos sitios de veraneo, a más de una carretera de circunvalación que la ciñe como un cinturón de plata.

Por ella hemos salido esta mañana dispuestos a recorrerla en toda su extensión, es decir, hasta volver al punto de partida, que es la ciudad de Santa Cruz, capital de la ínsula.
 

Fragmento de Un verano en Tenerife. Libro de viajes. Aguilar S. A. Ediciones. Madrid, 1958.

 

Dulce María Loynaz: Nació en La Habana el 10 de diciembre de 1902 y falleció en esa ciudad el 27 de abril de 1997. Hija de Enrique Loynaz del Castillo, general del Ejército Libertador, y de María de las Mercedes Muñoz Sañudo. Sus primeros textos poéticos aparecieron en el periódico La Nación en 1920, año en el que también visita los EE.UU. A partir de este momento viaja por Norteamérica y casi toda Europa. En 1927 aprobó los exámenes para doctorarse en Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Viaja, en 1929, a otros países: Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto, y años más tarde a México, Sudamérica y las Islas Canarias. Colaboró en numerosas publicaciones: Social, Grafos, Revista Bimestre Cubana, Orígenes, entre otras. Invitada por la Universidad de Salamanca, asistió a la celebración del Quinto Centenario del Nacimiento de los Reyes Católicos, en 1953. Presidenta de la Academia Cubana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Ha recibido las condecoraciones siguientes: Orden Carlos Manuel de Céspedes, Orden Félix Varela, Distinción por la Cultura Nacional y Medalla Alejo Carpentier (Cuba) y Orden de Alfonso X el Sabio (España). Fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura (1987), Premio de la Crítica (1991) y Premio Miguel de Cervantes (1992). 

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