Saldo 2012

Una caja de zapatos vacía:
didáctica de la violencia

Omar Valiño • La Habana, Cuba

A punto de finalizar, el mejor saldo del 2012 teatral, para mí, es la consolidada visibilidad de una nueva promoción de directores escénicos cubanos. Con distintos orígenes académicos y diferentes trayectorias profesionales previas, lo cierto es que algunos debutaron este año, como es el caso de Rocío Rodríguez, en Matanzas, o Eric Morales con Una caja de zapatos vacía, cuyo análisis presento a continuación, mientras varios estrenaron sus segundos o terceros montajes, como, entre otros, Pedro Franco, también en Matanzas; Rogelio Orizondo y Sahily Moreda, en La Habana; o Lisis Díaz, en Pinar del Río. Algunos de estos proyectos ya tienen nombre propio, otros lo persiguen y todos abren una nueva realidad para el teatro insular.

Imagen: La Jiribilla

Una caja de zapatos vacía, de Virgilio Piñera, es, en esta ocasión, la presentación de un nuevo núcleo dentro del Estudio Teatral Aldaba, que conduce Irene Borges, y de un director que se arroja con intrepidez al escenario. Su resultado, en apariencia, se restringe más al campo de lo artístico que al impacto sobre la esfera pública, si pensamos en Aire frío de Carlos Celdrán con Argos Teatro, pero es un espectáculo también cargado de realidad. Busca el espíritu piñeriano al seguir con efectividad el vector con que el autor logra la violencia: el carácter lúdicro de la saturación del signo.

Virgilio hiperboliza la pateadura de una caja. Observamos un descabellado “diálogo” entre un hombre y una caja. La trata, la respeta y la patea. Lo hace porque puede. En otro lugar es el más débil, pero allí, es el más fuerte y patea. Es interesante la construcción de un metadiscurso: Eric Morales, su joven director y actor parece decirnos que en el teatro él es más fuerte y por eso protesta, porque puede, ejerciendo un contrapoder público.

Imagen: La Jiribilla

Asistimos al típico recurso piñeriano: el resultado poético es, o parece, absurdo. Ese hombre, Carlos, obsesionado con patear una caja sin aparente causa. Pero detrás se esconde la rectilínea y apabullante realidad: la violencia contenida de un hombre reprimido que explota, de un débil que se desquita con una caja, más débil que él.

La puesta regula la calidad pendular del juego dispuesto sobre un espacio escénico cuadrado, concebido por Morales y el diseñador Roberto Ramos Mori. Mantiene la conciencia de la caja como instrumento poético, en vez de un instrumento a secas. Tampoco subraya lo metadiscursivo. Los tres actores se entregan al juego, lo toman en serio y le dan vida, lo hacen real. Entran y salen de los personajes y de la situación, oscilan entre sus desempeños como vehículos del juego y los comentarios que les merece el transcurso del mismo.

Imagen: La Jiribilla

Misa profana para enfermos, Una caja de zapatos vacía revela una suerte de oficio de médiums que juegan. Carlos, el hombre, el personaje no quiere “literatura”, abraza la acción, nada de retórica. La mujer se resiste y luego entra en el retozo aportándole lo suyo, después, en medio de intercambios de violentos absurdos, ella se lo cree más que él. Eric Morales construye su personaje desde un paradigma artaudiano: se entrega completo. A Brenda Besada pueden faltarle claves técnicas porque no tiene formación como actriz, pero ilumina su papel con suma inteligencia y sensibilidad.

Se explican que la violencia real viene de afuera: despellejan a otros antes de que los despellejen. Si no mato, me matan. Si no aplasto, me aplastan. Aunque la dimensión puede ser política, Piñera registra muy bien, de modo interno, los absurdos caminos de la discusión cotidiana entre marido y mujer: una nimiedad desemboca en catástrofe. La violencia se dispara en todas direcciones: del hombre contra la mujer, de la mujer contra el hombre.

Cuando entra Angelito, en una segunda parte del espectáculo, las referencias clarifican que este juego se ha desarrollado en estaciones porque lo hacen a diario, como en La noche de los asesinos o en Dos viejos pánicos. Angelito, alter ego u oscuro símbolo, exige dar la primera patada y salta la función de las pateaduras en Los siervos. Curiosamente, Roberto Gacio participó también en el estreno mundial de este texto en 1999, a cargo de Raúl Martín con Teatro de la Luna. En su larga trayectoria actoral son varios los personajes piñerianos asumidos. A Angelito le da la vida con energía juvenil y desde la perspectiva sardónica, torcida y con el toque de opacidad que le corresponde.

En medio de un carnavalesco juego de inversiones, Angelito representa esa violencia que viene de afuera o que reprimimos adentro. Angelito avasalla a Carlos. Después Carlos somete a Angelito, que ha propuesto el trueque de la pateadura. Un guiño o un manifiesto, según se vea, a favor de la homosexualidad masculina desafiando los roles y las creencias populares de quién es o no es. Matar o no matar, he ahí el problema. Casi meter o no meter, una rescritura homo de Shakespeare. Y escena que culmina en beso entre hombres para sellar una interesante lectura del director.

Así, son varios poderes los analizados en la horizontalidad de los ejes entre los personajes: Carlos-Berta; Berta-Carlos, Angelito-Carlos, Carlos-Angelito. Virgilio domina también la violencia pequeña de lo popular: agitar, coger la baja, burlarse, etc.

No obstante, es difícil leer cada uno de los pliegues. Quizá porque Piñera no quiso o porque no llegó a pulir esta zona de la obra, a veces opaca. Se viaja a un mundo de vivos y muertos. Angelito estrangula a Carlos. Carlos renace de Berta y mata a Angelito. Símbolos como el pantalón o la camisa se distinguen, al parecer, en su semántica masculina. Angelito lucha por enquistarse en el poder.

¿Puede ser una proposición redentora de Piñera, tan poco redentor en su literatura? ¿Matar al muerto que está en el vivo? ¿Matar lo reprimido y librarnos todos? ¿O es condenado el cobarde que solo puede ejercer la violencia doméstica contra el más débil huyendo de enfrentar al fuerte?

Frente a Una caja… es decisivo seguir el juego, el escenario lúdico instala preguntas con respecto a la relación entre el poderoso y el débil en distintas circunstancias. Piñera nos asoma a la entropía, a la autodestrucción de sistemas cuando carecen de un renovado canal de información que los oxigene. Una caja de zapatos vacía crea un espacio complejo de protesta y contrapoder. Lo hace esta puesta mediante una didáctica de la violencia.

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