Signos, manos y sueños

Una historia titiritera de 50 años

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

El libro Signos, manos y sueños en el Guiñol de Santa Clara, de la filóloga villaclareña Carmen Sotolongo, publicado por las Ediciones Alarcos, vio felizmente la luz el sábado 24 de noviembre, en uno de los espacios del Complejo Cultural Raquel Revuelta, de la calle Línea, esquina a B, en El Vedado. Siento por ello inmensa alegría, pues conozco de cerca ese proyecto preparado esmeradamente por su autora, digno homenaje al aniversario 50 del guiñol del centro de la Isla, celebrado el día 25 del pasado mes de mayo. Solamente una ensayista paciente, comprometida y enamorada de su labor como asesora dramática en el teatrico de la calle Tristá Nro. 160, podía armar la hermosa historia que, a partir de 1962, protagonizan los maestros Olga Jiménez, Allán Alfonso y el tristemente desaparecido Iván Jiménez, junto con otros colegas fundadores guiados por los hermanos Camejo y Carril. Una escritura amena, detallada y respetuosa, marca la concepción literaria del cuaderno estructurado en dos partes. La primera, con cuatro enjundiosos capítulos a nivel de información, imágenes y sucesos y la segunda, con tres capítulos dedicados a las especialidades del diseño, los mecanismos y el texto para títeres. Introducción, bibliografía y anexos completan la minuciosa exposición de la Sotolongo Valiño, salpicada con citas literarias de Miguel de Cervantes, Hans Christian Andersen, Javier Villafañe, Serguei Obratszov, Nicolás Guillén, Dora Alonso, Eliseo Diego, y Armando Morales, entre otros autores, todos inspirados en la misteriosa ruta del arte titiritero. Varios puntos de vista polémicos, lógicos en cualquier lectura histórica sobre un núcleo creativo con medio siglo de existencia, aportan un atractivo especial a la nueva publicación. Es un placer escuchar, a través de la pluma de Carmen, el verbo guajiro, imaginativo y tierno de Allán, hombre dotado para la invención y el asombro, ser humano humilde y especial. Se siente, en las más de cien páginas, la perseverancia de Olga, el apego de su trabajo a lo ingenuo y artesanal, su clase de diseñadora y directora artística, además de su condición originaria de actriz titiritera. El libro todo es una constatación del carácter empecinado de Iván, ente de teatro: dramaturgo, director artístico, diseñador de mecanismos, actor titiritero y líder imprescindible del Guiñol de Santa Clara. Si no hubiera sido por la fortaleza de su personalidad, que le permitió sobrevivir diversas vicisitudes, otra historia fuera la que estuviéramos leyendo hoy. Con él se cierra un ciclo profesional que pone en manos de Olga —la actual guía del grupo— una inmensa responsabilidad. Imagino con cuanto placer leería Iván este libro. Aplaudo sinceramente a través de este texto, no solo la labor del trío de oro —como le gusta decir a Armando Morales, quien tuvo a su cargo la presentación del nuevo ejemplar—, sino la de todos los artistas y técnicos, cubanos y extranjeros, que han puesto su granito de arena en la consolidación de una agrupación escénica ya mítica en los bronces de nuestro panorama teatral. No creo que la pregunta: “¿Qué joven creador alcanzará en Santa Clara el valioso trabajo del trío que conforman Olga, Allán e Iván?” lanzada por mí en el artículo “Un arte libre a finales del siglo XX. Teatro de títeres en Cuba”, en la revista Tablas Nro. 4, de 2001, esté respondida con el desarrollo de jóvenes manipuladores dentro del conjunto. La mejor respuesta la hallo en la labor de Idania García, quien fuera titiritera del Guiñol y ahora anima singulares montajes junto con su compañero Nelson en la Compañía Teatral El Mejunje. En lo alcanzado por Ariel García, ex miembro también de la prestigiosa agrupación, junto con Osmani Pérez en sus propuestas con títeres para ARTEATRO. Aún con distancia generacional, la encuentro en lo que alcanzan hoy los integrantes del actual Frente Infantil del Teatro Escambray, ellos han recibido indirectamente, como todo el que manipule un muñeco en Santa Clara, de la pedagogía expandida con amor por los fundadores de 1962 y sus alumnos posteriores. Hace unos años discutí acaloradamente con una colega que quiero y respeto, por un criterio de ella respecto al legado de los maestros del guiñol villareño y el alcance de su herencia en el grupo actual. Puede que mi compañera lleve algo de razón en lo planteado aquella vez, puede que no; pero yo volvería a defender lo realizado por estos paladines de la titiritería cubana. Los volvería a reverenciar tanto por lo logrado como por lo no alcanzado. Desde una sencillez que emana luz y pasión por los retablos queda su ineludible contribución al teatro de figuras nacional. Entiendo a Carmen Sotolongo en su apoyo y fidelidad a la célula fundacional del Guiñol. Cuando las nuevas generaciones alcancen de manera fehaciente y constante esa capacidad de liderazgo, habilidad y consagración al oficio titeril que distingue a estos tres maestros, entonces, solo entonces, podremos disentir o finalmente aceptar que la memoria que nos entregan ostenta un linaje que debe ser respetado, continuado y enriquecido. Este necesario libro, cuidadoso no solo en su escritura, sino en su edición y diseño general da fe de ello.

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