Velando, mamá, velando

Antonio Martorell • La Habana, Cuba

El cine es el velorio por excelencia. Velamos en silencio, haciéndo oídos sordos al crujir de bolsas y palomitas de maíz. Es una imitación de la vida a escala gigantesca, sus verdades y falsedades, realidades y ficciones. No importa que algunos de los actores lleven muertos décadas, que lo representado ocurra en territorio próximo o remoto, que la historia se desarrolle en siglos pasados o futuros inventados, que el género sea drama o comedia, da igual. Velamos.

Imagen: La Jiribilla

En la noche artificiosa del cinematógrafo, nos aseguramos con la mirada fija en la pantalla, en comunidad con cientos de espectadores, de que la vida allí proyectada no desaparecerá, salvo por un desperfecto eléctrico; que el muerto, en apariencia vivo, continuará deleitándonos o haciéndonos sufrir durante ese promisorio paréntesis por el cual hemos pagado la entrada.

En deslumbrantes panorámicas o acercamientos reveladores, nos cercioramos, como parte de la gran familia refugiada en la inmensa sala oscura de que, con la complicidad de la banda sonora, los cuerpos de luz en falsos y pantalleantes movimientos nos conminan a la quietud expectante, a la suspensión de una realidad por otra, a la memoria y a la profecía tan propia de los velorios.

La exposición Velando, mamá, velando combina elementos afines al cine: una no-vela configurada por monólogos y diálogos apalabrados, impresos y sonoros partiendo de personajes, animales, objetos, paisajes, arquitectura y los colores; materiales, herramientas y accesorios utilizados para la creación de una pintura al óleo sobre lienzo de grandes proporciones y significados en la historia de un país en eterno velatorio.

El cuadro de Francisco Oller y Cestero, pintado en las postrimerías del imperio español y en vísperas del estadounidense en Puerto Rico, y que fuera exhibido en La Habana a pocos años de su realización, constituye uno de los principales iconos en la plástica caribeña de la época. Referente obligado por más de un siglo para artistas boricuas, ha sido recreado por Jorge Soto, Rafael Trelles, Carmelo Sobrino, Pepón Osorio, Norah Rodríguez, José Alicea y Elizam Escobar, entre otros, en medios tan diversos como la pintura, el dibujo, el grabado y la instalación.

Imagen: La Jiribilla

Esta no-vela se hace eco de las voces pintadas, e incluye una selección sonora grabada para completar las imágenes digitales que las ilustran y parte de la cinemascópica tela colorida.

Su exposición en el Festival Internacional de Cine de La Habana pretende atisbar un proto-cine caribeño donde las imágenes provocan las palabras, se hacen legibles y sonoras, respondiendo a la habitual y molesta pregunta que se le hace a los artistas plásticos con pertinente curiosidad: “¿Qué me dice ese cuadro?”

Ante ustedes están los cuerpos y las voces, las letras impresas y los colores en ánimo de contestar y confundir, de decir verdades por medio de la mentira creadora, de no-velar, de sí-velar no solo el cuerpo yacente de un angelito, sino de toda una sociedad agónica, la que vela y es velada en ansiosa espera por señales de vida o, en su defecto, la constatación de la muerte.

Acompañamos la no-vela con reproducciones digitales de una puesta al día por medio de la pintura, el dibujo, el grabado y el collage de El velorio de un angelito de Oller, titulada El velorio ahora. En esta muestra poligráfica El velorio olleriano continúa a más de un siglo de por medio, pica y se extiende en proliferación de armas y víctimas, asesinos y mártires.

Imagen: La Jiribilla

Seguimos velando y somos velados bajo un estado tan policíaco como criminal, donde los derechos humanos son violados cada día en virtud de la llamada seguridad nacional.

Ha cambiado el origen del imperio, pero no su naturaleza colonial e inhumana. La no-vela continúa en la sí-vela, el espionaje electrónico, las masacres indiscriminadas y la injusticia institucionalizada. Pero mientras quede un testigo, alguien que vele y rinda testimonio, aunque se le trate de silenciar, el velorio no será el mismo, y en algún momento asistiremos a un renacer.

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