Violeta se fue a los cielos y Andrés Wood
la trajo de vuelta

Mabel Machado • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

He conocido a un economista devenido en publicista y luego, en director de cine que dice no ser un melómano. Debió tener un tocadiscos viejo para las placas de vinilo por donde se echó a rodar la banda sonora de su infancia, pero ahora solo escucha la radio en el automóvil. No tiene tiempo para mucho más. Tampoco necesita, como suelen necesitarlo los artistas, de las sonatas de Mozart o los tangos de Piazzola para hacer que las musas bajen. Sin embargo, puede llorar con una canción. Una canción puede paralizarlo, puede cortarle la garganta como un hilo de nylon transparente, puede noquearlo como un golpe de George Foreman.

Andrés Wood lloró una vez al escuchar la voz de la chilena Violeta Parra. Aquello no era normal y empezó a preocuparse. Sospechó que le había llegado una corriente de esas que perciben los médiums cuando sostienen las manos de dos o tres personas en un cuarto ambientado con velas y vasos de agua. La curiosidad, quizá no muy distinta de la que Eusápia Paladino sentía por sus muertos en el siglo XIX, le hizo sentarse a escribir el guion de una nueva película.

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Leyó la elegía de Neruda: “ay, señora, qué amor a manos llenas/ recogías por los caminos”.

Hilvanó uno por uno los versos del hermano Nicanor: “Se te acusa de esto y de lo otro/ Yo te conozco y digo quién eres/ ¡Oh corderillo disfrazado de lobo!/ Violeta Parra”.

Se bebió la música de Ángel, el hijo, y tomó prestadas algunas líneas y el título de su libro de memorias.

“Antes de la película —cuenta Andrés— el conocimiento que tenía sobre Violeta era igual al que tienen muchos de los chilenos, solamente a través de sus canciones y con una cierta simplificación de lo que ella representó realmente como artista. Introduciéndonos en su mundo, aparecieron las ganas, la fuerza principal de este filme. Si alguien salía del cine con cierta curiosidad sobre Violeta, entendiendo que no puede abarcarse por entero en una sola película, se iba a cumplir el propósito. En Chile, afortunadamente pasó, mucha gente sintió que al salir de la sala de cine se iba con un secreto que sus vecinos no sabían”.

¿Qué le dejó Violeta Parra después de filmar su biografía?

Siento que estoy en la mitad del proceso para conocerla. Ella es de una profundidad que necesita más estudios, muchas películas. No me siento un súper conocedor, yo me relaciono de otra manera con el material con el que trabajo, con los personajes, siempre trato de incluirme ahí también.

Por eso, la veo como una mujer genio en términos absolutos. Desde afuera pudo haberse reconocido como tal, pero lamentablemente es chilena, y nosotros tenemos poca capacidad para apreciar a nuestros genios. Por otro lado, gracias a Dios nació en Chile, porque ella rescató y nos traspasó un legado profundo, verdadero y moderno de lo que son nuestras raíces.

¿Cuál fue la génesis del proyecto cinematográfico?

Hay temas, personajes e historias que empiezan a hervir en mi cabeza sin que yo lo sepa: la admiración hacia Violeta estaba presente entre esas ideas que rondaban. El proyecto apareció con cierta dificultad —es la primera película de ficción que se hacía sobre la artista, y esto implica una gran responsabilidad—. Este filme no es el primero porque faltara gente con interés de hacerlo sino porque, realmente, cuando uno ahonda en la personalidad de Violeta se da cuenta de que ella es interminable, de ahí que me cuestionara cómo abarcarla en una sola película.

Después de mucho tiempo trabajando con Ángel Parra, él me comentó que pondría a disposición del proyecto el libro sobre su madre. Lo leí con calma y me di cuenta que podía ser un buen punto de partida. Me atreví también porque Ángel nos acompañó de alguna manera. Hay aspectos muy complejos para nosotros como chilenos, desde la manera de hablar hasta otras cuestiones que eran fundamentales para lograr la veracidad de la historia, que sin Ángel y sin su libro no habrían sido posibles.

También la película tiene muchos coautores; es un proyecto colectivo, pero también lo siento muy personal. Eso es lo lindo que tiene el cine: es una mezcla de lo colectivo y lo personal.

¿Hasta qué punto están los sueños y las imaginaciones de Violeta, los de Ángel y los suyos propios en el filme?

No sé matemáticamente. Tendríamos que hablar también de lo que aportaron los otros guionistas, y Eliseo Altunaga como el principal que logró estructurar esta “majarama” de cosas y encontrar el Norte en un espacio donde era muy fácil perderse.

Era una cinta muy pretensiosa, ¿cómo uno hace una película sobre una gran artista sin quedarse corto y sin sobrepasarse? El punto de equilibrio se logró en la hechura, se me ocurre que hicimos un trabajo como arquitectos que van construyendo y desechando paredes. Tuvimos el privilegio de poder hacerla así, de arriesgarnos a que el flujo emocional estuviera presente.

Mi pelea fue siempre por lograr que el flujo emocional estuviera más allá de la estructura. No me interesaba una armazón difícil que le sacara la cabeza al espectador, sino meterme con el personaje, sentirlo. Unas veces ganamos la pelea y otras la perdimos, pero de manera general resultó algo que me tiene orgulloso, pues la relación de los espectadores con la película ha sido fundamentalmente emotiva. Por lo menos a mí, eso es lo que me estimula a ver cine.

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Puede decirse que la intención de emocionar al espectador se logra con mucha fuerza en momentos como el velorio del angelito, por citar un ejemplo.

Cuando filmamos la escena del angelito me dije: “ya pagué”. Me daba lo mismo lo que sucediera con la película, que fuera mala o que fuera buena, porque ya teníamos ese espacio. Trabajar sobre la vida de Violeta, con sus materiales, ha sido algo muy hermoso para mí.

Ya se me olvida hasta dónde llegamos en relación con lo que quisimos al inicio, pero algo clave fue mostrar que Violeta fue muy transparente en su obra. Ahí estaba su vida personal, ella vivía para lo que creaba y para su familia, ambos sectores se mezclaban todo el tiempo. Quisimos, entonces, fusionar vida con obra y en esa relación, aparecía como uno de los elementos más importantes su intuición y su reconocimiento a las raíces.

Violeta fue una mujer que hizo cuatro años de escuela primaria, una mujer muy pobre, una mujer que no sabía ni escribir ni leer música, una mujer que tenía muchos factores en contra para relacionarse en forma académica con ese conocimiento, y fue, sin embargo, como una esponja gracias a su sensibilidad. A partir de esa sensibilidad alucinante fue capaz de capturar el mundo del folclor, y lo hizo con una rigurosidad y una actualidad tremendas.

Una heroica mujer chilena, diría Pablo de Rokha halagando su actitud en aquellos tiempos. Pero, ¿qué valor puede tener para Chile mirar en el presente a Violeta Parra?

La juventud ya se la había apropiado antes de la película. Violeta murió hace 45 años, pero sus canciones políticas están totalmente vigentes de una manera absurda, porque se mantienen en Chile como problemas candentes los de la educación, la relación con los pueblos originarios y la situación de los trabajadores. Parece que Violeta hubiera compuesto sus versos ayer. Hoy, su personalidad es sorprendentemente moderna y supongo que será así siempre. Es lo que sucede con los clásicos en todas las ramas del arte: pasan a un estado trascendental.

La búsqueda de Violeta como mujer feminista y política en un pueblo machista fue de una valentía absoluta. Fue también una mujer pobre que pensó como una empresaria cuando quiso hacer la universidad del folclor. En cada una de sus luchas se mostró muy intensa, muy amante, muy llena de vida. Por esto me parece que es necesario rescatar su pensamiento moderno, y dentro de él, esa capacidad de mirarse, mirar a sus orígenes, y a partir de allí, salir hacia afuera a crecer.

En un país como el nuestro, Violeta es importante sobre todo por esto. Somos propensos, casi adictos, a pensar en cómo nos están viendo desde el extranjero. Los espejos están puestos hacia afuera para reflejar lo que hay allí, en lugar de estar puestos hacia nosotros mismos, para que se vea lo que somos y hemos sido capaces de hacer nosotros mismos. Violeta también quiere exponer en el Louvre de París, quiere cantar en cualquier parte, pero también tiene esa otra ambición, siente el mandato de dar a conocer el arte de su pueblo.

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Además del libro de Ángel, ¿con qué otros materiales contaron para hacer la película?

Varios libros biográficos, entrevistas y su obra, en la cual se desnuda mucho. Tiene una autobiografía escrita en décima, que llega hasta 1960, que también nos ayudó muchísimo.

Por otro lado, casi no teníamos material visual, que realmente hace muy especial el trabajo, pues permite descubrir cómo habla, cómo se mueve, cómo camina el personaje.

Al seleccionar entre el enorme anecdotario sobre la Parra, no solo quedaron fuera algunos momentos y canciones importantes, también quedaron al margen algunos miembros de la familia que fueron puntales en su vida.

Ella viene de una familia muy peculiar. Nicanor, su hermano mayor, que no aparece tanto en la película —esta es una de las deudas—, fue como un  padre creativo para Violeta, siempre le estaba exigiendo e incentivando a que investigara, a que escribiera, a que escuchara alguna música o probara interpretar algo.

A la vez, hay otro hermano, Roberto, un dramaturgo y folclorista que tiene una obra teatral muy famosa en Chile relacionada con los prostíbulos, los mundos bajos y la vida bohemia entre los años 50 y 60.

Otros cuatro hermanos se suman al universo de Violeta. Todos cantan, o son personajes de circo. La familia Parra es casi una anomalía por ser tan especiales.

A pesar de la influencia que Ud. le reconoce a Nicanor, no se le concede demasiada importancia en la película. ¿Temía que se produjera un desbalance o que se pusieran a emular los talentos de Violeta y el hermano mayor?

No. Incluso teníamos varias secuencias filmadas con Nicanor. Lo que sucede es que la película era muy exigente. No queríamos que este fuera un filme didáctico, sino el viaje emocional de Violeta. Seguramente, ese viaje habría podido compartirse con Nicanor, pero nosotros no fuimos capaces de encontrar las circunstancias en que esto no se mostrara de manera didáctica.

Hay una escena de la película que desborda, a todas luces, esa intención didáctica: el momento del disparo.

A mí me pasa como espectador, que imagino las situaciones límites mucho más interesantes que como me las muestran. Pocas veces he visto escenas de sexo que realmente sean más sensuales de lo que me estoy imaginando, o escenas atroces más crueles de lo que las pienso.

Por otro lado, ese momento de la película tiene un significado, hace que uno se pregunte quién es ella, a qué pertenece, quiénes son los que están alrededor cuando esto ocurre. Hay animales, gallinas, pájaros que vuelan al fondo. Este, para mí, es como el pago de Chile a Violeta.

Ella, a la vez, fue una persona conflictiva. Aunque no está en la película, porque no cabía musicalmente, Violeta terminó escuchando el disco de sus dos hijos, algo que habla de cómo sentía el amor, el rencor, y de cómo todo se le junta. En un mismo disco, por ejemplo, ella maldice y da gracias a la vida.

Por esa complejidad, la actriz Francisca Gavilán cuenta que estuvo al borde de la locura. Para interpretar a Violeta tuvo que aprender a cantar, a pintar, a bordar, tuvo que acostumbrarse a hacerlo todo con la mano derecha a pesar de ser zurda.

Francisca demostró mucha disposición, tiempo y mucho talento. Además, hubo algo en ella que nos conmovió cuando hizo el casting. Sin embargo, desde ese momento hasta que empezamos a filmar, Francisca fue creciendo de una manera increíble. Incluso, en el rodaje llegó a soltarse todavía más.

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Nosotros teníamos claro desde el principio que ni el trabajo de guion, ni el de fotografía, ni ningún otro esfuerzo, cobrarían sentido si el personaje no funcionaba. Sentíamos que allí había una gran responsabilidad pero, a la vez, abordamos el asunto de la actuación con cierta inconsciencia. Trabajamos harto, pero también confiamos harto. Esa mezcla de responsabilidad con confianza terminó haciendo que Francisca, quien originalmente no había cantado, terminara interpretando las canciones de Violeta.

Hicimos un casting de 40 voces en el que ella participó, y allí resolvimos, no porque fuera la más parecida, sino porque era muy importante que cantara ella misma. Fue una decisión muy buena, ella se apoderó finalmente del personaje cuando cantó de verdad. Fue una suerte contar con Francisca, y estoy muy agradecido de que se haya entregado de esa manera al personaje.

¿Qué significa Violeta… en su carrera como cineasta?

Aunque suene como un cliché, tengo que decir que las películas son un poco como hijos, son todas partes de un crecimiento, de un proceso de maduración. Uno tiene relaciones distintas con ellas como con los hijos, pero Violeta… me tiene muy orgulloso, sobre todo por el proceso. Tuve mucha fe en él, estuve muy dispuesto a no llegar a la meta, me arriesgué. Cuando se llega de alguna forma a la meta uno se pregunta medio asombrado: “¿esto lo hicimos nosotros?”.

¿Trabajaría en otro filme biográfico en el futuro?

No es lo ideal, porque tiene muchas complejidades; pero sí, a veces pienso que me gustaría volver a contar la vida de otro personaje.

¿Qué valoración puede ofrecer sobre la cinematografía chilena actual?

Tiene varias caras. Por un lado estamos en un proceso de desarrollo que va dando ciertos frutos. Uno ve la muestra de cine chileno que se presenta en este Festival y puede constatar que existe una variedad dentro de nuestro cine. Con lo que muestran estos filmes pareciera que somos un país inteligente emocionalmente, porque las películas son bastante distintas.

Pero, por otro lado, nos cuesta mucho capturar a nuestro público. A una cinematografía que no consiga esto le será difícil permanecer en el tiempo. Es algo que va más allá de lo económico. Estamos asistiendo a un proceso que necesita llenarse, y esto no tiene que hacerse con una enorme cantidad de público, sino con una mayor discusión, con aceptación fuera de nuestras fronteras. Nos falta esa otra parte, donde tengamos el espacio, y la capacidad de llegar a la gente.

A eso se le suma la ausencia de un desarrollo industrial. Tenemos una industria muy incipiente, muy frágil y con un equilibrio precario. Pero también esta es la realidad del 95 porciento de los países del mundo, por eso no me quejo tanto, sobre todo después de ver la calidad de la muestra que nos representa en un festival como este. 

¿Y qué necesitan los cineastas chilenos para capturar al público de su país?

Desde cuestiones tan vulgares como el marketing, hasta ventanas y espacios formales que no tenemos. Salimos a competir con verdaderas franquicias, que son las películas norteamericanas, con exhibidores que están preocupados por su negocio, con un nivel educacional que no es el mejor. Pero también siento que necesitamos tener más respeto por el público, mirarlo siempre, y apoyar a las películas que ya lo están haciendo.

¿No es cuestión, entonces, de los temas que se abordan?

No creo en eso. Cada vez que comienzo una película y alguien me pregunta a quién le va a interesar, yo me vuelvo a preguntar lo mismo. Como dice Eliseo Altunaga, las historias siempre son las mismas y lo que hay que lograr es un buen punto de vista. Tenemos que ser capaces de ofrecer una óptica que atraiga a la gente y le de vida a la narración que cargamos en las manos. Con Machuca nadie creía que pudiéramos hacer que la gente fuera al cine, y lo mismo pasó con Violeta, levantamos las dudas de los exhibidores; sin embargo, se logró. Es rara la relación con el público, pero importante que los cineastas estén presentes y que tengan contacto con la gente.

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Desde el punto de vista emocional, ¿cómo recuerda su entrada al cine y cómo vive en ese universo?

Entré tarde. No había escuela de cine en Chile. Me gustaba la fotografía, pero mi comienzo en este mundo fue muy natural, muy inconsciente, fue un proceso muy orgánico. No fue que soñé a los siete años con ser cineasta y que luché por llegar aquí; por el contrario, jamás me pensé en este papel. Pero, realmente, ha sido una maravilla para mí, me siento como un chico, me fascina estar involucrado en este proceso aunque sufro mucho. Sufro con la escritura, sufro con la filmación, sufro siempre; a la vez, me permite crear vidas, hacer magia. En base a puras mentiras uno crea una emoción real. Por todo eso, el oficio me encanta y me atrapó cuando lo conocí. Siempre fui un buen espectador de cine, me gustaba mucho, pero estar involucrado en el proceso me dio la energía para contar historias bajo este formato.

A la vez, hoy existen muchos desafíos y uno tiene que estar a su altura. Hablo de lo relacionado con los medios con los que se hace el cine, pero también con lo que es relevante o no. Uno tiene que estar tomando todo el tiempo decisiones complejas, desde las relacionadas con lo económico hasta las que tienen que ver con el lugar desde el que nos paramos y frente a quién nos paramos. Como decía D. Anderson, también hay que morderle la mano a quien te da de comer, es una obligación del artista. Igual, pienso a veces en la importancia de lo que hago, el mundo se está cayendo y yo tratando de contar historias… pero soy iluso y creo que el cine tiene un valor, un poder de discusión, ofrece posibilidades para ser agente de cambio y, obviamente, es el espejo de la sociedad. No me interesa contar historias por contar historias, soy enchapado a la antigua en ese sentido.

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