Entrevista con Laura de la Uz

Vivir la película de Laura

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Cuando se estrene oficialmente, a partir de esta semana, el nuevo filme de Daniel Díaz Torres, Laura de la Uz volverá a estar en las pantallas cubanas. Justo en ese mismo espacio llegó a ser conocida por el gran público cubano, cuando tuvo la buena suerte de ser elegida por Fernando Pérez para que protagonizara Hello, Hemingway, gracias al cual ganó su primer Coral de Mejor Actuación Protagónica. Poco más de 20 años después, Laura de la Uz tiene a su cargo el rol principal de La película de Ana, y este filme con guion de Eduardo del Llano le ha permitido obtener su segundo Premio Coral en idéntica categoría. Actriz de Teatro de La Luna, dueña de una trayectoria colmada de elogios que ella vive sin aspavientos ni falsos arranques de diva, Laura de la Uz es la misma mujer sincera a la que conocí en 1989, cuando estudiábamos en el mismo grupo de la Escuela Nacional de Instructores de Teatro. Solo que ahora puedo entrevistarla en su nueva casa, en pleno Vedado, y cerca de nosotros, a lo largo de este diálogo en el que se combinan nuestros recuerdos de la escuela, y todo lo que ha ido perfilando su talento, está ese segundo Coral, que a su manera nos dice cuánto de profesionalidad, rigor y perseverancia acompaña siempre a esta, una de nuestras mejores actrices. A punto de entrar en el frenesí que implicará el estreno de este filme, y ya alistándose para asumir el protagónico del primer largometraje de ficción que dirigirá Marilyn Solaya, esta es la Laura de la Uz a la que quiero tanto como admiro.

Imagen: La Jiribilla

Como tantos adolescentes que quisieron imaginarse una vida en el teatro, tus primeras experiencias provienen del movimiento de aficionados. ¿Te acuerdas de tu primer día de trabajo con Humberto Rodríguez? ¿Cómo llegaste a él?

No me acuerdo bien. Llegué a la Casa de la Cultura porque estaba buscando un grupo de teatro aficionado para poder encauzarme, y entonces me hablaron del grupo de teatro que dirigía Humberto, por el que han pasado muchos que luego han tenido una carrera profesional. Fui y empecé a ensayar allá. El día que recuerdo siempre de mi experiencia con Humberto fue el día que me dijo: “Entra y ponte el vestuario de Santa Camila, el de la escena del café amargo y la mujer dura, para hacerla con Bárbaro Marín”. Y yo me quedé así y le dije: “¿Y yo voy a hacer esa escena?” Y me tiró con Bárbaro Marín a hacerla, cuando yo tenía solo 17 o 18 años. Nunca se me olvida por la confianza que él tuvo, y por la manera de tirarte al riesgo, a no temerle a improvisar.

En tu carrera se vincula de manera muy concreta el cine y el teatro. Empiezas prácticamente a darte a conocer como profesional en los dos medios incluso antes, porque estás aún estudiando cuando filmabas Hello, Hemingway. ¿En qué medida se produce este paso de esta experiencia del teatro de aficionados al cine, al mismo tiempo que estás empezando dentro del teatro? ¿Tenías ya claro en ese momento cuán importante sería esa película si conseguías el papel para tu destino como actriz?

Lo tenía muy claro. Lo tenía claro cuando me encontré con Jorge Ferrera en el Coppelia que fue quien me dijo: “Fernando Pérez está haciendo un casting, que va a hacer una película de Hemingway”. Vi una oportunidad ahí, una clara oportunidad, pero tenía el miedo de lo que me había pasado en el Instituto Superior de Arte, y además un director como Fernando Pérez, que había hecho Clandestinos, ¿qué iba a hacer yo ahí? Y él me dijo que habían seleccionado gente de grupos de teatro, aunque a mí él no me vio en el grupo de Humberto porque el día que él fue yo no estaba. Pero sí vi una oportunidad, aunque con mucho temor. Fueron mis padres y un gran amigo mío quienes me dijeron: “Tienes que ir y tienes que ir y tienes que ir”. Y bueno, fui con un miedo feroz cuando me presenté al casting, porque todo el mundo se conocía ahí de la Escuela Nacional de Arte, del ISA, y yo no conocía a nadie. Yo era Laurita, yo siempre fui como Laurita. Pero me acuerdo cuando entré a esa oficina donde estaban José Luis Sánchez Fernández y Mayda Royedo y me empezaron a entrevistar, que yo sabía que me la estaba jugando, porque además ahí es donde me entero que están buscando una actriz para el personaje protagónico. Y supe que esa era la oportunidad que estaba esperando, y que tenía que luchar por eso fuera como fuera y dar lo mejor de mí. Con intuición, que era con lo único que yo contaba, y lo que me había enseñado Humberto, y lo que yo había leído en los libros de Stanislavski que siempre me dio por leerlos yo sola. Pero nada más. Pero sí, siempre estuve consciente.

¿Has vuelto a ver Hello, Hemingway recientemente?

La última vez que la vi fue en la televisión y fue muy cómico porque le dije a mi hija: “Amaranta, mira, van a poner Hello, Hemingway de nuevo”, porque a ella antes de eso le gustaba mucho la película. Y me dijo: “¡Ay, no mami!, otra vez?” Y eso me trajo como un recuerdo simpático de la perspectiva de los niños con el trabajo de uno. Recientemente no la he visto. Pero hace dos años sí la volví a ver.

De alguna manera es como un ciclo que se abre y se cierra con el Coral que ganaste con esa película y el Coral de La película de Ana, que va a llegar a los cines cubanos y que tuvo muy buena recepción en el Festival de Cine por parte del público y por parte de la crítica. ¿En qué medida la actriz que está en La película de Ana, no es ya la de Hello, Hemingway?

Creo que la ingenuidad con que empecé en Hello, Hemingway no es la misma. Porque ya tengo una experiencia que no tenía en ese minuto. O sea, ya sé a lo que voy. Cuando fui a filmar Hello, Hemingway iba con una venda en lo ojos en el sentido de que no tenía ni idea de qué se trataba aquello, aunque ya habíamos hecho pruebas de cámara y todo. Pero necesité mucho del apoyo de Fernando, que fue además un director muy paternal conmigo en el sentido de que yo me sintiera bien, de que entendiera, de que pudiera sacar lo mejor de mí. Y fue una actuación muy intuitiva, aunque como ya te dije yo tenía algunos recursos técnicos, digamos metódicos, de trabajo con el personaje. Cuando aquello hice una biografía completa de Laurita tremenda, y la memoria emotiva, cosas básicas así de la actuación que Fernando también me ayudó a utilizar, como la misma memoria emotiva. Ahora son veintidós años después, que estudié, terminé la Escuela Nacional de Instructores de Teatro, después estudié en Chile, trabajé como profesora en Chile en diferentes ramas del teatro, dirigí un espectáculo allá. Ahora el temor es el mismo, porque cada vez que te enfrentas a un proyecto, sea de la magnitud que sea, aunque sea un personaje secundario, hay un miedo muy grande porque te la estás jugando constantemente. Yo diría que tengo un poco más de maña, pero el mismo temor de cuando tenía 19 años.

Imagen: La Jiribilla

¿Este temor también lo tuviste cuando hiciste la prueba de la ENIT?

Ese fue el temor más grande porque yo quería estudiar actuación. Porque la película es la película, y después se acaba y ya. Y yo quería estudiar. Y lo que me pasó a mí en la ENIT es que era como la última oportunidad que me quedaba, porque yo había hecho la prueba en el ISA, no me habían aprobado, y ese año el ISA no abría la especialidad de actuación. O sea, era el único recurso que me quedaba a mí en ese minuto. Era entrar o no entrar. Yo estaba aprobada para hacer la película y recuerdo que le dije a Fernando: “Yo no voy a decir que estoy haciendo la película, porque si no no me aprueban porque después voy a faltar, qué sé yo”. Ya yo estaba con una neura. Y entonces exactamente me acuerdo que hice las pruebas y no dije nunca nada, y solo cuando me aprobaron Fernando fue y habló. Pero mi temor era total, total. Porque yo quería eso o eso. Y fíjate, un poquito antes de que me pasara lo de la película ya yo estaba pensando en la posibilidad de estudiar quizá Historia del Arte, pero era una posibilidad muy triste para mí, era como tomarme una aspirina, a las cuatro horas iba a volver el dolor de cabeza.

¿Qué aportó la ENIT y este momento en tu vida que implicó tantos años de estudio, para lo que todavía sigues siendo? En términos de generación, en términos de memoria, en términos de pensar sobre ti misma.

He dicho varias veces que cuando hablo de la ENIT siento un orgullo muy grande por la generación a la que pertenecimos. Porque creo que ahí nos reunimos un montón de buenos talentos, muchos que ya no están aquí, pero también muchos que estamos aquí y nos encontramos constantemente. Y es tan bonito crecer como parte de una generación, no como un ente solo, sino como parte de un grupo que marca y seguirá marcando una parte de la historia de la cultura, porque a todos los niveles nosotros todos estábamos muy integrados. Y vernos a todos hoy siendo hombres y mujeres realizados, digamos, con un nivel profesional alto, eso me llena a mí de orgullo y es un impulso más para seguir. Yo creo que si me hubiese desarrollado yo sola no hubiese sido tan rico. Como que todo se empalma, somos partes de algo que no es aislado, somos una posibilidad que comenzamos todos juntos y eso me ha enriquecido como persona, porque nosotros todos juntos pasamos por muchas cosas, seguimos pasando, no nos llamamos todos los días pero cada vez que nos vemos sabemos que tenemos una historia en común. Y esa historia en común nos hace comprometernos mucho más con la obra de cada uno y con la historia del país.

Ese asunto es muy importante porque la gente a veces olvida que pertenece, no digamos mecánicamente a un contexto, pero sí a las vibraciones que van con él. Y viene la pregunta: De pronto sales de la ENIT, con tu título de graduada, con tu película bajo el brazo y viviendo en una década en la cual es muy difícil aferrarse todavía a determinadas utopías y preguntarse si realmente eso que soñabas y que de alguna manera tenías, era lo que te iba a ser útil todavía el resto de la vida. ¿Cómo respondiste tú en aquel momento a esta gran interrogante?

Fue un momento muy difícil porque me había ido muy bien con la película, la gente empezó a tener un criterio muy bueno acerca de mi trabajo, pero de repente ya no podía hacer quizá la misma cantidad de películas que en los 80, o sea, la carrera que pudieron tener inmediatamente Isabel (Santos), Luisito (Alberto García), Beatriz (Valdés), Thais (Valdés), toda esa generación preciosa de actores que nos antecedieron; no iba a ser la oportunidad que iba a tener yo en ese minuto. Y de hecho no lo fue, porque yo no pude hacer nada más en cine hasta cinco años después con Madagascar. Entonces hice un poco de televisión, tuve la oportunidad de hacer cosas muy bien valoradas en ese medio, como Blanco y negro no, que marcó una etapa, una generación, que todavía me para en la calle a decirme cosas lindas de Blanco y negro no, porque influimos en la vida de esos jóvenes. Hice también Contigo pan y cebolla con Héctor Quintero, hice El naranjo del patio que también fue una telenovela con muy alta calidad. Hice cosas. Pero claro, el cine es un bicho que te pica y tú te creas expectativas también, y más en ese momento, ¿no? En un momento no tuve trabajo, me quedé como a la deriva, no sabía qué hacer, no sabía qué inventar. Todo eso fue como una década muy fragmentada. Hasta que me uno a Teatro de la Luna en el `97. Ahí es cuando de verdad vi una luz, porque independientemente de que yo hubiese hecho cine, siempre soñé con hacer teatro y eso creo que también es otra cosa que marca nuestra generación: que nosotros somos teatristas, aunque después haya gente haciendo cine y otras cosas, pero fuimos muy teatristas, somos una generación que ama el teatro, valora el teatro.

¿Qué te permitió redescubrir de ti el llegar a Teatro de la Luna, y qué crees que le aportaste, desde la perspectiva que puedes tener hoy, tú a Teatro de la Luna, para el cual has trabajado en montajes como La boda, Electra Garrigó, Delirio habanero o La dama del mar?

En lo primero que pienso cuando me haces esa pregunta es en mi vis cómica. Porque con Raúl encontré un teatro en el que me sentía a mis anchas. Primero, porque hacía un teatro musical, porque hacía un teatro de movimientos y con elementos danzarios, que siempre fue un reto para mí, y por eso fue que después estudié en Chile. Y por la comedia. Entonces descubrí a Virgilio Piñera, y a través de Virgilio encontré a la comediante que yo llevaba adentro, y que de alguna manera intuía estando en la escuela, pero no estaba clara ni consciente de eso. Eso a nivel de trabajo. Y también con Raúl desarrollábamos una relación —y con Dexter Pérez que también venía de la ENIT— pues de mucha risa, ¿no? De explorar también en lo personal ese lado cómico, de vivencias de uno, y la pasábamos muy bien en ese sentido. Y creo que lo más importante fue formar parte del inicio y de la creación de un proyecto teatral. En ese momento no estaba tan consciente de la importancia que tenía como lo estoy ahora. Tenía una alegría inmensa, estaba feliz por lo que íbamos a hacer. Pero ahora que miro la obra que ha hecho Teatro de la Luna de 15 años para acá, me siento súper orgullosa de haber formado parte de ese momento en que le pusimos el nombre al proyecto.

Imagen: La Jiribilla

Y haber encontrado tu lugar que es tan importante…

Exacto. Haber encontrado mi lugar, un lugar en el que éramos una familia de verdad, y en la que hemos compartido vida y trabajo. Es lo bonito de un grupo de teatro, que tú compartes vida y trabajo y tú creces junto a tu familia, a tus compañeros de trabajo. Y con el que te llevas mal no te queda de otra que terminar llevándote bien, y tratar de entenderlo. Para mí el teatro no es una manifestación artística, es un modo de vida, un modo de ver la vida. Y yo lo necesito mucho, porque me gusta trabajar con el grupo, porque me gusta ese intercambio profesional y personal.  O sea, yo miro a Raúl y yo me sé la vida de Raúl, él se sabe mi vida, y eso a la hora de trabajar enriquece mucho, hemos crecido juntos como artistas y como personas, como amigos y como hermanos. Es una parte de mí, no sé cómo te pueda explicar, no me imagino sin Teatro de la Luna, sin haber pasado por Teatro de la Luna.

¿Cómo fue el proceso de llegar a Chile y encontrarte allí una escuela en la cual tú de pronto sentiste que había cosas que querías aprender?

Llevaba muchos años con ganas volver a estudiar, porque sentía que sí, que tenía un Premio Coral, que tenía el reconocimiento del público, pero no era suficiente para mí. Sentía que necesitaba aprender más. Y también necesitaba mover mi cuerpo, necesitaba desarrollar esa parte de lo corporal que veía en tantos grupos de teatro que venían del exterior, y sentía una envidia muy sana cuando los veía. Siempre digo que lo que tú sueñas y lo que tú deseas, la vida te lo pone delante si eres fiel a ese sueño. Y eso fue lo que me pasó. Llegamos a Chile, estábamos en un local, alguien le dijo a dos de los profesores de la escuela que nos presentábamos ahí y se quedaron impresionados por la calidad actoral de los cubanos. Entonces nos invitan a ver una obra de teatro de ellos que estaba en estilo de clown. Yo nunca había visto eso. Yo veía a todo el mundo con la nariz puesta en la cara, pero hasta ese momento lo que yo conocía era que eso era ser payaso, pero yo vi algo que a mí lo mismo me hacía reír que llorar, y que me dejaba un sentimiento muy raro, pero tan bello y tan poético, y yo decía: eso es lo que quiero hacer. Cuando salí, uno de estos profesores, Ernesto Malbrán, me dice: eso es estilo de clown, mira, te voy a mostrar el folleto de la escuela. Cuando leí el folleto era tal cuál lo que yo andaba buscando. O sea, una escuela como lo dice, la Escuela Internacional del Gesto y la Imagen. Y esa fue la oportunidad que vi. Pedí una beca y me la dieron. Nunca la habían dado en un primer año. Me acuerdo que Ernesto se me sentó delante y me dijo: “mira, te hemos dado esta beca por tu currículum, por tu voluntad, por tu sinceridad a la hora de plantear por qué tú quieres entrar a la escuela, pero sobre todo por cubana y por el Che”.

La escuela trabaja según el método de Jacques Lecouq. Sin embargo, creo que lo que ha demostrado sobre el curso cuando ha pasado por Cuba es su capacidad de incorporar eso a una identidad, a una manera de ser que no borra al actor, sino que incorpora todo su bagaje, toda su memoria en este sentido. ¿En qué medida esto te permitió descubrir más allá de la intuición, más allá de la autenticidad que siempre te ha acompañado, elementos técnicos que te han ayudado, a partir de este momento hasta acá como actriz?

A mirar la construcción del personaje desde otro punto de vista, y a mirar el teatro como una continuación de imágenes, como un montaje, más que la palabra. Mi construcción de los personajes cambió radicalmente, porque allí encontré algo que siempre buscaba. Yo decía: ¿cómo tú puedes llegar a caracterizar sin caricaturizar? Y lo aprendí ahí. Lo que más me aportó la escuela fue aprender a observar, y cómo llevar lo que tú observas a una obra de arte, o sea, a un personaje en este caso. Y ese fue el descubrimiento mayor. Ese es como mi ABC a la hora de construir un personaje. Y en la parte psicológica seguimos siempre con el gran maestro Stanislavski, ahí no hay equivocación, porque él fue el que sentó esas bases. Pero claro, en la escuela te dan otros elementos físicos, que tienen que ver con tu entorno, que tienen que ver desde la naturaleza hasta un entorno social específico, que es lo que tú absorbes de ahí para tu personaje, para tu historia como personaje. Y encontrar una persona, conocer a Rodrigo Malbrán, que es una persona que ve la actuación como la veía yo, que es algo que tiene que ver con el estudio del comportamiento humano, y que eso solamente se puede hacer a través de la observación detallada y no solo de la persona sino de su entorno. Porque más que una carrera solamente artística es una carrera científica. Al trasladarlo de todo lo artístico hacia lo científico este método me lleva a profundizar cada vez más en cómo puedo mejorar eso, cómo puedo transgredirme más a mí misma como Laura, como persona, con mi voz, con mis gestos, para llegar a otra cosa, que en el teatro se hace mucho más fácil. Porque el teatro te permite más magnitud, más magnificencia, estás más alejado, aunque estás cerca estás más alejado del público. Pero en el cine lo tienes más complicado a la hora de caracterizar.

Por alguna razón que tiene que ver con el cariño que te tengo, con tu talento y algunas otras cosas, desde un tiempo a esta parte cada vez que oigo a Celia Cruz pienso en ti. ¿Cómo llegó a Laura de la Uz el fantasma de Celia Cruz y cómo Laura de la Uz llegó al fantasma de lo que ella cree que es Celia Cruz en Delirio Habanero?

Para mí hablar de Celia es como hablar de Fernando Pérez. Siento a Celia viva. Y eso fue gracias a ese trabajo, que es parte de otra cosa también que me regaló Rodrigo: tener el sentido de responsabilidad con el momento que estás viviendo y la época que te toca vivir. O sea, que no estás haciendo un personaje por hacer un tópico más de tu carrera, sino que lo estás haciendo porque tienes una responsabilidad social. Lo que me pasó con Celia fue una cosa muy tremenda, porque yo la veía como nos habían enseñado a verla. Todas esas cosas negativas que se han dicho de ella y que nos alejaron de su cubanía y de su autenticidad. Empecé con ese prejuicio ese trabajo. Lo que me regaló Celia a mí fue descubrir a una mujer maravillosa. No ha habido nadie de los que han estado cerca de Celia que nos haya dicho absolutamente nada malo de Celia como ser humano. Y pienso que era una cubana tremendamente auténtica, una mujer sumamente generosa y que lo que quería era cantarle a la gente. Tenía una vida tan simple como su casa, con su marido, y su mundo que era cantar. Celia me regaló la oportunidad de aprender que uno no debe tener prejuicios acerca de ningún tópico de la vida, mucho menos con una persona, sino que uno tiene que conocer, ahondar antes de hablar o de crearse un criterio. Yo a Celia la siento viva y al lado mío. Y al final nosotros logramos todos los sueños. El sueño mío era ir a Nueva York a presentar esa obra y ese fue, no el cierre, porque yo creo que a Delirio habanero todavía le queda, pero es como el clímax de Delirio, y llegar a la tumba de Celia para mí fue una cosa muy grande, y fue tan redondo ese ciclo que la última función que nosotros dimos en Miami fue justamente el día del cumpleaños de Celia. Y como yo creo en todo, yo digo y creo que nada es casual sino que todo es causal, eso fue un efecto de muchas causas que nosotros hicimos con mucho amor y que hizo ella seguramente con toda su energía para que eso saliera, y sé que Celia está agradecida también con lo que nosotros hemos hecho por ella. En Nueva York fue gente a ver la obra que hacía 50 años no venían a Cuba. Y hubo una mujer que se levantó y dijo “¡Viva Cuba!” con unas ganas, una voz rajada y un amor por Cuba, ¿sabes? Y eso es todo lo que me ha regalado Celia, lo que nos ha regalado Celia. El poder ir ahí y descubrir esa otra Cuba, esa Cuba decente, esa Cuba auténtica, sonora, apasionada, inteligente, culta, que uno a veces ha perdido de vista.

Ahora mismo, rebasados los 40 años de edad, la carrera de un actor o una actriz implica llegar a otros personajes y perder otros, de alguna manera. O sea, la edad evidentemente es un límite. ¿En qué medida la actriz que va a ser Laura de la Uz de ahora en adelante quiere nuevos personajes o está satisfecha con lo que ya ha hecho hasta ahora?

Yo siento que no los perdí, porque ahorita estábamos hablando que había hecho cosas, ¿no? Pero siento que hubo un momento en mi vida, en el cine, que ahora es que lo estoy recuperando y estoy tratando de aprovecharlo lo más que puedo. He tenido ese pensamiento sobre todo últimamente, porque digo: bueno, ahora estoy, entre comillas, en la cresta de la ola y lo único que pido es que la caída de la ola no sea muy brusca ni muy dolorosa. Porque la caída de la ola viene, es la evolución de la vida y el que no piensa en eso está embarcado. Y ojalá que yo la asuma lo más dignamente posible. Cosa que no es fácil, porque además en nuestro país tenemos una producción muy reducida de cine. Por eso cada vez me aferro más también al teatro, porque el teatro es una vía de escape para mí creativamente. Yo necesito crear, donde sea, como sea. Porque el deseo de crear muere con un artista. O sea, es algo que no se pierde nunca, te arrugas, te jorobas, pierdes la vista, pero tú sigues teniendo deseos de crear. Y los personajes, yo no siento nostalgia por no haber hecho algunos personajes. Sí creo que durante los 20 años mío sí pude haber hecho quizá muchos más variados, pero no tengo ninguna nostalgia por lo que no hice, ni tampoco ahora mismo por lo que se me va, porque he podido hacer, y hay actrices que no han podido hacer. Lo que viene de aquí en adelante ya veremos. Solo quiero que si me ves por la calle y me ves media cabizbaja me recuerdes eso que te dije de asumirlo con dignidad, porque sí es bien difícil. ¿Sabes ahora mismo qué es lo que más me preocupa? Son los personajes protagónicos, porque esos roles, cuando son mujeres, son mujeres jóvenes. Mujeres después de los 50, protagonistas, eso es muy difícil en el cine, y eso es algo de lo que uno tiene que estar más que claro. Lo que más me preocupa a mí es cómo lo voy a vivir, de verdad. A mí ahora mismo, a mis 40 años, con una hija de diez años, lo que más me preocupa es de qué voy a vivir. Porque el cine ahora mismo es de lo que estoy viviendo, pero el cine no te paga como para que te dure para cuando no tengas dinero. Entonces yo creo que ese es el problema más serio que enfrentamos los actores en Cuba. Que al uno recibir una determinada cantidad de dinero, que es bien limitada, muy limitada, porque lo que no se acaba de entender yo creo, en nuestro país, es que los actores, como los bailarines, aunque no se crea así, también tenemos una carrera limitada, un poco más larga, pero limitada. Y que si tú estás haciendo una película, esa película se te tiene que pagar para que a ti te dure, para que tú tengas de qué vivir cuando no tengas de qué. Porque no todo el mundo hace teatro, y no todo el mundo puede hacer teatro. Entonces creo que esa es una preocupación más grande ahora mismo, el sistema de pago de los actores en Cuba, más que los mismos personajes. Yo decía: bueno, sí, qué lindo, cuando me daban el Coral. Pero yo no pierdo de vista el mañana. Los cubanos no podemos seguir pensando en el hoy. Somos personas que pensamos en el ahora, en el ahora y en el ahora. Pero yo pienso en el mañana sobre todo por mi hija, pienso en qué le voy a entregar a mi hija. Y sobre todo de qué voy a vivir yo que no tenga que mantenerme mi hija, que además no tiene por qué cargar conmigo. Y yo he trabajado, y tengo una obra como para vivir dignamente a los 70 años. Y hasta ahora no va a poder ser así. Esa es mi mayor preocupación ahora mismo.

Imagen: La Jiribilla

Tú has tenido la suerte, y digo suerte en el sentido menos casuístico de la palabra, la suerte en el sentido de orgullo natural, de que cada vez que haces un trabajo, aun cuando no siempre quedes satisfecha con el resultado, siempre hay alguien que se acerca y te lo agradece, sea el público en el teatro, sea la crítica, sea la televisión. ¿En qué medida ese estímulo sirve para ti para saber que todavía lo puedes hacer mejor?

Eso es un compromiso, más que un estímulo es un compromiso. Es el compromiso que tú tienes con la gente, sin temores, aceptando que te puedes equivocar, porque yo me puedo equivocar, Norge, y los errores están para que uno aprenda, si uno no se equivoca uno no aprende. De hecho veo trabajos míos y digo: esto lo hubiese hecho de otra manera, o lo hubiese hecho de aquella manera ahora. Puede que haya trabajos que no me hayan quedado todo lo brillantemente que hubiese querido, pero independientemente de eso y asumiendo que me puedo equivocar, tengo un compromiso con la gente. Porque la gente siente cariño por uno, quiere verlo a uno, la gente lo necesita a uno. El cubano llega del trabajo a ver la televisión, a comer su plato de arroz con frijoles y con lo que haya y su aliciente es la televisión. Y cuando se sienta agradece el doble o el triple de cualquier otro habitante de cualquier otro país del mundo. Porque es lo que tiene. Y el cubano además, es tan amante de su cine, es tan agradecido con el trabajo de uno. Y uno no puede ignorar eso, porque el cubano es un público que es merecedor de que tú le des lo mejor de ti. Te digo, ahora en el Festival yo recibí unas muestras de cariño en la calle, porque además, la gente te habla como si tú fueras su prima, su hermana, y eso es lo más bonito, y las muestras de cariños tan sinceras, yo creo que fue lo más bonito de La película de Ana. Y ahora, bueno, cuando se estrene será tremendo. Pero es eso, es compromiso.

Comentarios

Esta MUJER que desde niña ya auguraba una estirpe como la que tiene, ha sabido ganarse un espacio en los cubanos a pesar de no estar permanentemente en los medios. Muy versátil . esta entrevista descubre en ella la gran persona que es y el respeto se multiplica. Gracias Laura.

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