El papel de bueno, ¿a costa de quién?

Cuando el gobierno de Estados Unidos ofreció hipócritamente 100 mil dólares como ayuda frente a la catástrofe ocasionada por el huracán Gustav previa inspección in situ para comprobar daños, se le respondió que Cuba no podía aceptar donación alguna del país que nos bloquea;  que ya habían sido calculados los daños y lo que reclamábamos era que no se prohibiera la exportación de los materiales indispensables y los créditos asociados a las operaciones comerciales.

Algunos en el Norte se desgañitaron gritando que era inconcebible el rechazo de Cuba.
Cuando el Ike pocos días después azotó el país desde Punta de Maisí al Cabo de San Antonio, los vecinos del Norte fueron un poco más hábiles.  Dulcificaron el lenguaje.  Hablaron de aviones listos para partir con productos por valor de cinco millones de dólares;  que no sería necesario evaluar, porque ya lo habían hecho por sus propios medios, que no pueden ser otros que los de espiar a nuestro país.  Esta vez sí que pondrían en aprietos a la Revolución ¿pensaban?;  si se atrevían a rechazar la oferta, se buscarían problemas con la población.   Tal vez se cre